Revista Libros y Letras edición 93

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#LibrosyLetras15años


La revista Libros & Letras está cumpliendo 15 años de actividades culturales y para celebrarlos, a partir del próximo 20 de Octubre circulará una edición especial dedicada a su aniversario y un merecido homenaje a Jorge Consuegra. Además de artículos, notas y entrevistas:


  • Los 15 libros fundamentales por Luis Fernando García Núñez.
  • El degüello por José Libardo Porras
  • Juan Pueblo, el juglar de la rebeldía por Consuelo Triviño Anzola.
  • Entrevista a Patricia Pardo sobre su proyecto “Engánchate con la lectura”.
  • Escribiendo sobre monstruos reales por Esteban Cruz Niño.
  • No todo libro antiguo es incunable por Carlos Castro Arias
  • La diversidad es lo que nos une por Enrique Patiño.
  • Lo que siempre admiré y agradecí de Jorge por Jorge Franco Ramos.
  • 15 años dando pluma, especial Libros & Letras.
  • Las letras latinoamericanas que enamoraron a Jorge Consuegra por Juan Camilo Rincón.
  • Pocos como él por Fernando Araújo Vélez, 
  • 15 responsabilidades del buen lector por Pablo Hernán Di Marco (Argentina)
  • Crítica. Una sucesión de historias de amor por Jaime Báez Peñuela.
  • Entrevista a Andrés Mauricio Muñoz por Paul Brito.
  • Taikú, el dioa de la orfebrería.
  • 10º Festival de Libros para Niños y Jóvenes.
  • Cuento. “Sordo” por Felipe Lozano.

La revista podrá ser adquirida de forma gratuita en librerías como Tornamesa, San Librario, Wilborada, Lerner, La Tienda Javeriana, La Madriguera del Conejo, el Fondo de Cultura Económica, entre otras.

Ilustración de portada por: Jorge Consuegra


No. 7615 Bogotá, 5 de Diciembre de 2016 


Mientras unos dan plomo, nosotros damos pluma
Jorge Consuegra





Enviado por Nelson Pérez / Arauca / Colombia.


Cuando lo miró sintió un miedo tan terrible que no pudo mover ni un músculo. El animal tenía ojos intimidantes, su cuerpo estaba extendido completamente sobre el agua, medía unos cinco metros: era bastante fuerte. El hombre pensó que debía actuar con calma, hacer todo lentamente. La mujer abrazó al niño, con miedo lo hizo. El niño no sabía qué estaba pasando. El animal movió la cola con sutileza, y avanzó. El hombre tenía el canalete en la mano, quiso meterlo al agua para recular, pero continuó inmóvil. El animal cada vez estaba más cerca. La mujer soltó un quejido, un lamento. El animal respiró y produjo un sonido escalofriante, ya estaba a menos de un metro de la canoa. El hombre iba a empezar a llorar cuando un movimiento rápido le hizo cambiar el llanto por el silencio de la confusión. El agua del río se agitó con fuerza, en el aire quedaron el chapoteo que causaron las mandíbulas y el llanto del niño. El hombre no comprendió nada, sólo vio que la cola fue lo último en sumergirse. Miró a su mujer, buscando una explicación. Ella tenía las pupilas dilatadas y una mueca extraña. El hombre le mantuvo la mirada. Ella, con la misma mano con la que sujetaba un zapatico, lentamente fue subiéndose el vestido hasta mostrarle el fundillo, como indicándole que podían hacer otro.

Escrito por Luis Fernando García Núñez


Fidel Castro se fue para el infierno. No había otra alternativa y tampoco tendría porque no ser así. Fidel se merece el infierno. Sobre todo él y algunos de sus amigos, entre otros García Márquez. Allá los enviaron, antes de morir, algunos de estos sátrapas de corte tropical que, ellos sí, tienen asegurado el cielo. Farsantes de la farsalandia mediocre. Para ellos sí la vida eterna, como si con la que han vivido aquí no fuera suficiente. Al cielo irán algunos a quitarle la tranquilidad a san Pedro y a fastidiar al Señor. A comprarle todo lo que se pueda comprar y a hacerle trampas y decirle mentiras, y venerarlo mientras, como buenos hipócritas, provocan hecatombes. Embaucadores, machos esperpénticos con sus hembras adoradoras del falo, mal maridos y padres lejanos.

Esos serán, imagínense ustedes, los vecinos del paraíso. Claro que vivirán en lujosas y muy seguras residencias, y gastarán millones en su seguridad, y tendrán a los periodistas del edén a sus rodillas, dispuestos a llevarle malas noticias al Padre, y tratar de hacer guerras y buscar réditos para ellos solitos. Ese será el cielo de estos sátrapas y de sus postrados y humillados adictos.

A mí que me toque el infierno, el cabal infierno, para no encontrarme con estos fingidores, con estos prevaricadores y sus ejércitos de bribones, sus gerentes de campaña, sus abogados, sus publicistas, sus fieles y perversos aduladores. Ese averno, sin embargo, está aquí y sus demonios salen a flote, con caras de patrones, de jefes indiscutibles, con persistencia de salvadores, hasta con peluquín y presencia demoníaca, homofóbicos, racistas, intolerantes, excluyentes. Quizás no nos hayamos dado cuenta, pero rondan por ahí demontres, fantasmas que recorren este mundo para quedarse por los siglos de los siglos, torturando la vida de los buenos ciudadanos, de los decentes, de los pacíficos.

Ya Fidel no tendrá que vivir este tártaro. Se ha ido para la otra sede, una más segura, sin tantos hipócritas merodeando, sin tantos tránsfugas, ahora podrá encontrarse con sus amigos, oír y participar de conversaciones inteligentes, ya no tendrá que estar pendiente de los cientos de mercenarios que lo quisieron matar, ni tendrá que oír las sandeces de sus aduladores, ni las provocaciones de los fingidos demócratas, ni la insistencia de los buscadores de la libertad y la paz, ni la demagogia de los populismos, ni tendrá que ver la intransigencia de los que no quieren un mundo en paz, ni tendrá que asistir a las cumbres del despilfarro y la desfachatez. Se ha ido para no asistir a este desparrame fatal. Se ha marchado en el momento oportuno. Siempre lo hizo así. Siempre supo salir cuando tocaba, solo castró a los panfletarios, que nunca faltan, a los maledicentes, a los prosternados por su incapacidad de ser verdaderos seres humanos.

Se fue, y con seguridad se fue para el infierno. Por culpa de él los cubanos no tienen que pagar para estudiar. Sí, por su culpa en Cuba no hay pordioseros, ni desaforados capitalistas, ni nadie se muere en la puerta de un hospital. Por su culpa miles de cubanos invadieron la Florida y convirtieron el inglés en una lengua indigna. Por su culpa Celia Cruz cantaba como una diosa y sus médicos sanan millones de enfermos en África y América. Por culpa de Fidel Cuba avanza desmedidamente en la medicina. Por su culpa sabemos para qué sirve la OEA.

Se fue Fidel a su cabal infierno. Allí se estará asando y se soltará con sus largos discursos, con sus cifras, con sus datos, con sus odios al imperialismo. Despotricará contra todos. Pero allí nadie lo perseguirá por lo que dice, no habrá un Kissinger que contrate asesinos a sueldo para matarlo, ni un Nixon que lo desacredite. Ni siquiera un Trump, con su ignorancia y su mal gusto, que lo amenace. En el infierno nadie amenaza y si no dejaría de ser infierno, sería también Tierra. Fidel Castro podrá hablar y extender su verbo por mucho tiempo y su recuerdo será tan imperecedero como el de otros posibles habitantes de su postrer destino. Seguro allá estará con Patricio Lumumba, Mandela y Gandhi, y con Charles Chaplin y Cantinflas. Allá estará con los buenos poetas —los malditos—, y con pintores como El Bosco o Picasso. Allá estará con Frank Sinatra y con los grandes tenores y también con científicos, con hombres y mujeres ilustres, y las parrandas serán eternas, pues nadie querrá irse. Y habrá comunicación directa con el paraíso, sin chuzadas ni caídas de las llamadas, ni costosos minutos. Todo será un poco mejor que en este infierno en que se ha convertido este pobre y huérfano planeta. Sí, Fidel está en el infierno. ¡Se lo merecía!

*Luis Fernando García Núñez.


Periodista, profesor y escritor.




A 26 años de su estreno mundial y con más de cinco mil funciones alrededor del mundo, esta extraordinaria obra de Lorca Massine sigue recibiendo ovaciones por parte del público en todo el mundo. Es una preciosa historia que enseña el valor de la amistad y que deja como moraleja que hay que vivir la vida al máximo. Participa la Orquesta Filarmónica de Bogotá.

Zorba el griego, con música de Mikis Theodorakis, está basada en la novela de Nikos Kazantzakis publicada en 1946. Posteriormente, en 1964, se estrenó la cinta protagonizada por Anthony Quinn y Alan Bates, ganadora de tres premios Oscar y génesis de la música que hoy es símbolo de la cultura griega; y finalmente se realizó este ballet.

El Teatro Municipal de Santiago es el centro cultural más antiguo del Chile y uno de los escenarios más importantes de América. Es reconocido a nivel internacional por sus temporadas de ópera, ballet, música sinfónica y de cámara y teatro.

Fue inaugurado el 17 de septiembre de 1857 con la ópera Ernani, de Verdi, con montaje a cargo de una compañía italiana. Desde sus inicios, el teatro desarrolló una actividad sumamente relevante para el desarrollo y difusión de la cultura.

Conversatorio previo con Alberto Sanabria.



Fecha: 8 de Diciembre

Teatro Mayor Julio Mario Santo Domingo Avenida Calle 170 No. 67-51 - San José de Bavaria, Bogotá

Tipo de evento: Danza


Bogotá.


Los pueblos indígenas de Colombia son portadores de una gran diversidad de saberes palpables en sus prácticas ancestrales y su cultura. Para estas etnias el trabajo artesanal representa la transmisión y preservación de sus tradiciones y el progreso de sus economías.

Con el propósito de generar oportunidades de negocio, promover nuevos mercados y fortalecer el rescate y reconocimiento de las prácticas productivas propias de los pueblos indígenas, Expoartesanías 2016, la principal feria artesanal de Colombia y Latinoamérica, se prepara para traer el tercer Encuentro de Saberes, donde se busca generar ingresos sostenibles, promover la igualdad de oportunidades para la libre competencia y la apertura de nuevos mercados de los pueblos indígenas.

“Desde Artesanías de Colombia el programa ha sido una oportunidad para que los artesanos indígenas de nuestro país puedan obtener el sustento económico, y de esa forma seguir transmitiendo sus tradiciones de generación en generación, y probando que es posible vivir de este oficio milenario” asegura Ana María Fríes, Gerente General de Artesanías de Colombia.

Artesanías de Colombia, en alianza con el Ministerio de Comercio Industria y Turismo, ha brindado procesos de fortalecimiento en diseño, producción, formalización y administración financiera. Esto ha permitido que aproximadamente 730 integrantes de las comunidades indígenas participantes hayan avanzado en la mejora de sus capacidades productivas y comerciales.

“Gracias al apoyo de Artesanías de Colombia, hemos podido participar en diferentes eventos, entre ellos Expoartesanías, permitiendo que la gente aprecie el arte, valore mi labor como artesana con legado cultural y pensamiento propio (…) mis diseños reflejan mis costumbres, porque en todas las artesanías que yo hago está plasmado lo que soy, el símbolo de cada pensamiento, de cada historia de dónde vengo”, precisa, Doris María del Carmen Jajoy Chindoy, artesana de la ciudad de Pasto, perteneciente a la Comunidad Camënsá de Sibundoy.

Del total de artesanos colombianos, el 48,32% aprende en el hogar, el 14,39% en talleres particulares como aprendiz y el 7,32% en cursos de capacitación en oficios. Los Encuentros de Saberes son el espacio donde ellos pueden compartir, profundizar y conocer sobre las diferentes técnicas y procesos internos en torno a la actividad artesanal y su producción.

Para la Gerente General de Artesanías de Colombia, estos espacios propician el empoderamiento de las comunidades a partir del intercambio de experiencias que generan reflexiones sobre sus fortalezas y debilidades, marcando así un camino para robustecer sus procesos económicos. “Durante los Encuentros realizados en este 2016, tocamos un tema muy relevante para las comunidades y para el país, el papel de la mujer como artesana y constructora de historias”.

“Para nosotras ha sido enriquecedor lo que el programa ha hecho por nuestra comunidad, nos ha dado capacitaciones para mejorar nuestros bolsos, nos ayudaron a rescatar los símbolos de origen de nuestra comunidad y logramos identificar nuestras mochilas en el mercado, una labor que permitirá continuar homenajeando a nuestra mujeres Misak luchadoras, sabias y artesanas”, concluye Mama Agustina Yalanda Tumiña, artesana Misak.

Una feria conmemorativa llena de nuestra identidad, cultura y herencia ancestral. Así será la XXVI edición de Expoartesanías, el encuentro artesanal más importante de Colombia y Latinoamérica que estará en Corferias del 5 al 18 de diciembre.



Libros y Letras es un espacio abierto en donde se publican notas y artículos sobre literatura, artes y cultura en general. Los interesados en compartir sus escritos pueden hacerlo en el siguiente link: http://www.librosyletras.com/p/envie-un-articulo.html





No. 7614 Bogotá, 4 de Diciembre de 2016 


Mientras unos dan plomo, nosotros damos pluma
Jorge Consuegra




Por: Violeta Serrano / Tomado de Pagina12


En los once perturbadores relatos de Mala letra, la española Sara Mesa elige retratar situaciones incómodas y crueles, protagonizadas por niños y también por mujeres. Cuentos que hurgan en las lecciones y los mandatos inculcados ante los que sólo queda la culpa o la rebeldía.

Es como un chasquido. Algo que no termina de cuajar. No sabemos bien por qué sucede y, sin embargo, ahí está, como una canilla fallada. Y nos pasamos el resto de la vida intentando que la rosca no se rompa del todo, que se cierre en el giro exacto, que nadie note que al mínimo empujón el líquido abandonará la contención y saldrá despedido hacia todas partes. Cuando la causa de algo así sucede no se oye apenas nada. Pertenece al pasado. A un tiempo del que ya no recordamos los porqués si no acudimos a alguien que venga a escarbar en las situaciones fundacionales. Y sin embargo suele distinguirse, claro, un momento exacto, preciso, en el que una rama seca se quiebra bajo un pie dudoso o un vaso se escurre entre las manos y después ya todo es cristal desparramado y transparencia acuosa que sólo va a lograr sacar de ahí una evaporación natural y ajena sobre la que no tenemos poder alguno.

Sara Mesa, la autora española de este libro de cuentos, Mala Letra, se propone sacar el bisturí y hurgar. La mayoría de las veces en situaciones incómodas pertenecientes a esa edad temprana que está ubicada ahí al fondo, donde viven las experiencias de infancia que nos configuran. O algo más cerca: en los desarrollos adolescentes que nos van abriendo un camino que, más tarde, nos dejarán una huella amarga. Sobre todo porque, en la mayoría de los casos, las lecciones y los mandatos que nos fueron inculcando mientras crecíamos no habrán servido para casi nada. Salvo para llenarnos de culpa. Por no haber seguido las órdenes. O justamente por haberlas seguido y sin embargo, no haber llegado a conquistar ningún Edén.

La adolescencia y la infancia no son acá una simple transición a la edad adulta. Al contrario. Lo que hay que subrayar está siempre antes, donde está la rama rota y el vaso desparramado. Pero no hay respuestas. En este conjunto de once cuentos no se ofrece ningún salvavidas. La crueldad y las situaciones desagradables son parte del pacto de lectura. Los personajes al borde de sí mismos y de su propia noción de moralidad son una excusa narrativa perpetua. Tan pocas pistas quiere dar acá Sara Mesa que, en muchas ocasiones, los cuentos quedan demasiado abiertos. La exigencia para el lector es tal que éste podría rebelarse y acusar a su autora de ofrecer unas construcciones demasiado vagas.
Sara Mesa nació y creció en la periferia. Primero en Madrid y luego en Sevilla, donde se trasladó a vivir y de donde procede ese deje andaluz que se le escucha al hablar y que, sin embargo, no está en ninguna de las voces de los personajes de este libro. Asegura que empezó a escribir a los treinta años, cuando su vida se desocupó un poco. Dice que sus obras nacen, por lo general, de una imagen. Algo que suele ocurrir con los narradores que son, además, poetas. En 2008 fue ganadora del Premio Nacional de Poesía Miguel Hernández por su obra Este jilguero agenda. Y desde ahí la carrera de galardones se fue abultando hasta tal punto que es una de las narradoras jóvenes más laureadas de la narrativa española actual. En 2012 quedó finalista del Herralde de Novela con Cuatro por cuatro y se convirtió en autora de Anagrama. Pero lo que la catapultó fue su obra Cicatriz, que ha publicado hace más bien poco. Razón por la cual muchos sospechan que este libro de cuentos, Mala letra, no es más que una forma de que su nombre siga en boga y que, quizás, esta publicación, reste en vez de sumar.

Es cierto que no todos los cuentos son excelentes. No hay un equilibrio en la potencia de sus tramas, aunque sí una calidad innegable en lo que respecta a las formas. Su literatura, de tono realista al estilo de Rafael Chirbes, queda esta vez incompleta. Suele argumentar que esta característica es voluntaria. Una forma de hacer, justamente, mala letra. No escribir el cuento que el lector espera. No darle la posibilidad de encontrar respuestas sino de abrir aún más interrogantes, de enfrentarse con dilemas que la mayoría de las personas preferirían no abordar. El cuento “Apenas unos milímetros” es uno de los casos más claros. Sin embargo, resulta también obvio y este es un rasgo que se debería evitar en el género por ser algo así como un pecado mortal. En “¿Qué nos está pasando?” la claridad en la separación esperable entre buenos y malos se diluye y da lugar a que lo turbio se ocupe del desenlace. “Mármol”, sin embargo, destaca como uno de los textos mejor desenvueltos. Todos, como suele demandársele a un conjunto de relatos, contienen una unidad temática. Acá es, sin duda, la culpa. Y hay, incluso, guiños metaliterarios en los que la misma autora se incluye, aunque siempre jugando a camuflarse en el espejo de algún otro personaje que la interpela.
Dicen que se trata de su obra más autobiográfica. Ella lo confirma, pero le pone condiciones. Asegura que sólo es así si nos centramos en criterios sentimentales. Es cierto que las cuestiones que acá se abordan hablan de temas que la perturbaron emocionalmente a lo largo de su vida. Sin ir más lejos ella era una de esas alumnas a las que el profesor reprendía por no tomar bien el lápiz en la escuela. Bien o mal. No había otras variantes. Y acá la autora se demora en la venganza. No sólo de ese profesor que le imponía un uso determinado de la herramienta de escritura, sino de todos los mandatos que, inferimos, ha debido revivir a lo largo de la creación de esta obra. Si la mayor parte de los relatos están vinculados a la infancia, también hay una gran cantidad que tienen como protagonistas a mujeres. Varias son adolescentes que, si no poeseen roles protagónicos, sí se colocan como elementos disruptivos dentro de la trama. Chicas malas que se niegan a encajar en un contexto determinado. Que sobresalen, a veces, por el propio reto de oponerse a las órdenes. Otras que se callan. Muchas que no saben distinguir en qué lugar ubicarse frente al transcurso de su propia vida. Pocas que sólo desean huir o no haber sido testigos de algo perturbador.
Sara Mesa no nos adelanta el futuro. No nos ofrece respuestas. Señala la rama rota y el vaso caído con precisión de orfebre pero no nos ofrece en ningún caso el zoom sobre la canilla que no cierra. Las gotas de agua caen con un ruido desquiciante. Y su literatura funciona como un altoparlante para esas goteras. Es decisión del lector entrometerse en ese goteo, darse la oportunidad de completar las múltiples elipsis que la autora genera en cada relato y atreverse a recordar, quizás, que hubo un instante, hace demasiado tiempo, en que pisó una rama seca o dejó que un vaso se precipitase contra el piso. O alguien lo hizo, tal vez, demasiado cerca como para que diera tiempo de cerrar los ojos.


Ángel Galeano Higua


La historia sin adornos es brutal. Escribo estas líneas con el corazón atribulado… Íbamos por la autopista con el cupo lleno y sonaba por lo bajo una canción de Fito, pero aquel no era un paseo sino un viaje triste. Ellas iban de blanco y yo de negro porque no supe a tiempo la indicación. Eran las diez de la mañana y una parte de mí iba baleada en el pecho desde la noche anterior. Aunque en el pasacintas del carro el argentino intentaba animarnos, Bárbara y sus compañeras llevaban también el alma baleada como yo. Pasamos por la glorieta de Bello, justo donde a Emily le fue arrancada su sonrisa la noche anterior en el sector de las comidas, por una pandilla de despiadados fleteros que imponen su ley de asesinos sin que las autoridades hagan nada por impedirlo.

Varios automóviles y un bus detrás de la carroza fúnebre. El silencio lo cubría todo y sobre nosotros el cielo incendiado de sol se veía cruzado por las líneas eléctricas de alta tensión que penden de las gigantescas torres metálicas. El silencio fúnebre fue socavado por el sordo rumor de la ciudad, al que ni siquiera la enorme cruz de cemento pudo contener. Los empleados de la funeraria pusieron el pequeño ataúd blanco sobre una base portátil al borde la sepultura. Aquel silencio primigenio batalló hasta aplacar el rugido de la autopista que resollaba como una bestia de humo. En la rama de un árbol cercano un solitario bichofué intentó su afligido trino.

La despedida de los padres de Emily desgarró el día. A ellos, tan jóvenes todavía, muchachos llenos de ilusiones, la vida se les iba. El llanto abierto, como es de todos los indefensos, y la incrédula palidez de sus rostros mostraban la honda desolación. ¡Hija mía! Dos palabras inmensas y poderosas recorrieron la montaña, treparon hasta el cielo sin nubes y nos sacudieron el alma. Era tan grande la tristeza, la perplejidad y el dolor que no hubo espacio para ritual alguno, ninguna letanía, ni una palabra distinta al grito desgarrador de la madre, del padre. Los enterradores tenían todo listo, menos el adiós desesperado. Las lágrimas brotaron en todos nosotros, nuestra primitiva forma de rechazar esta muerte absurda.

Emily, aunque no alcanzaste a vivir mil días, dos años son ya toda una eternidad. El sol taladraba esta parte del mundo. Alrededor de aquella escena imborrable, y unos pasos más allá, bajo la sombra de los árboles, muchas mujeres vestidas de blanco, hombres, niños, sentimos que somos Emily. Los brazos alargados de la madre que no quiere la partida, el abrazo de ella y de su esposo que no quieren despegarse del ataúd… Tampoco nosotros, Emily, pequeña niña que nunca se irá de nuestra memoria.

Bajan el ataúd con cuidado, como arrullándolo, muchas manos se levantan y una lluvia de margaritas blancas y agapantos morados cae sobre el pequeño féretro. Estamos pasmados. Nos preguntamos tantas cosas, pero en todo caso nos resistimos a este destino maldito. No aceptamos que una gavilla de cobardes, hombres armados, desalmados y rabiosos venga a robarnos y a disparar sin contemplación sobre seres indefensos, niños como Emily que apenas alcanzó a echar un vistazo al planeta.

La historia sin adornos es brutal. Regresamos por la autopista pero Fito ha enmudecido. Ahora es un coro de niños el que nos acompaña en el retorno a una ciudad que se debate contra la impunidad y la negligencia de las autoridades. En silencio clamamos por una justicia, algo que frene este deterioro de la sociedad, esta Colombia enferma que cada día se precipita más hacia el abismo de la perversidad. Una sociedad que mata o deja matar a sus niños, es una sociedad enferma que se desahucia a sí misma.



Fundación Arte & Ciencia

Medellín, Nov. 30 de 2016



Después de sus presentaciones en Lima, representando a Colombia en la Feria Internacional del Libro, y en Cali en el Festival de Música del Pacífico Petronio Álvarez, la Orquesta Sinfónica Nacional de Colombia vuelve al Teatro Jorge Eliécer Gaitán este 15 y 16 de diciembre con PaZcífico Sinfónico, el concierto que rinde homenaje a la música del Pacífico colombiano, a sus artistas y a sus diversos ritmos, llevando la música del folclor al formato sinfónico.

Las voces de reconocidos músicos de esta región como ‘Markitos’ Micolta, Nidia Góngora y Clarisol Martínez, junto con el marimbero Hugo Candelario González, especialista en la música del Pacífico y Director del Grupo Bahía; el percusionista oriundo de Buenaventura Wilson Viveros, y el pianista caleño Jonathan Ortiz, más conocido como ‘Mulatho’, interpretarán 18 temas insignia del Pacífico acompañados por la Orquesta Sinfónica Nacional de Colombia, bajo la dirección del colombo-belga Paul Dury.

Canciones como La vamo’ a tumbá, Mi Buenaventura, Amanecé, Te vengo a cantar, La caderona y Kilele, harán un reconocimiento a la enorme riqueza y el gran legado cultural de Colombia a través del encuentro entre el folclor de esta región y la música sinfónica.


Bogotá.


Es con gran satisfacción que la Embajada de Brasil en Colombia anuncia la inauguración del Centro de Información sobre el Libro Infantil y Juvenil de Brasil (CILIJ), que responde al interés de fomentar e incentivar la literatura desde la temprana edad en territorio colombiano, en concordancia con el Plan Nacional de Lectura y Escritura 'Leer es mi cuento' del Gobierno Nacional.

Así mismo, este Centro es un servicio de información que se presta a la industria editorial colombiana, a los creadores de libros, así como a la academia, sobre la creación y producción de libros para niños y jóvenes en Brasil: sus autores, ilustradores, obras destacadas y premiadas, catálogos de su participación en ferias y otra información que pueda ser útil a estos sectores con fines de estudio y publicación de obras brasileñas en el país.

El CILIJ cuenta en su inicio con aproximadamente 700 obras de literatura infantil y juvenil brasileña, así como catálogos, publicaciones periódicas y otros documentos informativos en donde es posible consultar lo mejor de la oferta brasileña en el campo de los libros para niños y jóvenes.

Esta colección será alimentada de manera periódica con nuevos ingresos y su sede será el Instituto de Cultura Brasil - Colombia (IBRACO), donde se inaugurará el día 06 de diciembre del año en curso, con la significativa presencia de la escritora y académica brasileña Nilma Lacerda y Elizabeth D’Ángelo Serra, Secretaria General de la Fundação Nacional do Livro Infantil e Juvenil

(FNLIJ).

La existencia del Centro de Información sobre el Libro Infantil y Juvenil de Brasil (CILIJ), no sería posible sin el valioso aporte de la Petrobras Colombia, el direccionamiento de Silvia Castrillón, y el apoyo constante del Ministerio de Relaciones Exteriores de Brasil, de la Fundação Nacional do Livro Infantil e Juvenil (FNLIJ) y del Instituto de Cultura Brasil - Colombia (IBRACO).



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No. 7613 Bogotá, 3 de Diciembre de 2016 

Mientras unos dan plomo, nosotros damos pluma
Jorge Consuegra




Todo El Tiempo pasado fue mejor.
“No hay mejor noticia que una mala noticia”, Carver, ‘Tomorrow never dies’.



Por: Jimmy Arias* / Montreal.



Los ojos se me cierran. Párpados Vs. Voluntad. Recuerdo aquella vieja caricatura de Tom y Jerry: Tom, vencido por el sueño, ve cómo un angelito (Morfeo, supongo) le levanta los párpados y le aplica, con una almohadilla, ciertos polvos mágicos en ambos globos oculares. Y, por supuesto, Tom cae noqueado. Lo mismo me pasa a mí. Solo que yo no necesito que alguien me ponga nada en los ojos. Estoy a punto de quedarme completamente dormido.

Son las 2 menos cuarto de la madrugada, pero llevo una semana sin dormir a la hora habitual por culpa de nuestro Jefe de Redacción estrella, que se empeña en hacernos sentir como guardias de seguridad, más que periodistas, expectantes y alertas ante la inminencia de cualquier catástrofe, tragedia o suceso de cualquier tipo que sirva para llenar las páginas de nuestro periódico y vender más de ellos. Por eso todos, incluyendo a los de la sección de Farándula, como yo, tenemos que hacer la estúpida guardia nocturna. Maldito enano de los mil demonios y sus ideas de pacotilla.

Nuestra tarea fundamental es rastrear otros medios de comunicación, especialmente la radio y el internet y, por turnos, el escáner que interviene los radioteléfonos de la Policía metropolitana. Si ya hasta me sé algunos de sus códigos: 902 (secuestro), 906 (violación), 917 (suicidio) y mi favorito: 909 (exhibiciones obscenas), entre otros.

También nos toca revisar el cierre del periódico, página a página, en busca de gazapos. ¿Quién putas va a ser capaz de encontrar una tilde mal puesta a medianoche o a las 2 de la madrugada? ¡Por Dios! Obvio, el enano cabrón jamás hace uno de esos turnos, porque, según él, ya hizo suficientes cuando era principiante. Desde luego, mucho hay de envidia y ajuste de cuentas, porque los de Farándula y otras secciones ‘frías’, como Cultura o Tecnología, nunca tenemos que vérnoslas con muertos, ni tráfico de drogas, ni secuestrados. En resumen, tenemos las fuentes de información más placenteras, los mejores viajes, y sin untarnos las manos de sangre o demás fluidos que manan de las heridas putrefactas de la ciudad o de la patria. De malas, resentidos.

Hacia el final del turno, sobre las dos de la mañana, también hay que revisar el ‘tiro de adelanto’, es decir, los primeros periódicos, fresquesitos, recién salidos de la rotativa, que serán enviados a los directivos del diario y a los clientes más cercanos. Luego deben llegar inmaculados a sus manos, libres de errores y, en la medida de lo posible, con toda la información actualizada. Evidentemente, es una labor a realizar con lupa y con la espada de Damocles en el mero pescuezo del pobre idiota que esté de turno. Una coma mal puesta puede a uno mandarlo a la calle. Así de simple.

“¡Eh! Manrique, ¡tiro de adelanto, y baja las patas del escritorio!”, es el grito que me devuelve a la vigilia, a la vez que me golpea los sentidos una oleada de tinta fresca y de papel caliente. “¡Tomate otro café y abre los putos ojos antes de que sigamos imprimiendo el resto. ¡Tienes 15 minutos, mueve el culo!”, me reitera, con el tacto de siempre, López, el Editor Nocturno.

Me rasco los ojos, me pongo las gafas y apuro un largo trago del café frío que tengo sobre mi escritorio desde hace horas. Sacudo la cabeza un par de veces para zafarme de la modorra, como si tal cosa fuera posible.

Hoy me toca revisar la sección de Cultura, las caricaturas y efemérides, y los obituarios. Al parecer es mi noche de suerte, porque estas, además de ser las que menos errores suelen tener, son las que nadie lee. Excelente.

Paseo la vista por antetítulos, títulos, sumarios, leads y, obvio, Olafo el amargado, Educando a papá, Benitín y Eneas, por puro gusto, porque si hubiese errores allí, no habría forma de corregirlos. Dejo para el final los obituarios, a los que también les saco un gusto morboso por la prosa melosa y sentimentaloide de los dolientes, que creen que con un pedazo de papel se les va a remendar la conciencia de no haber dicho a tiempo lo que debían.

Como siempre, son cerca de dos páginas de gente muerta, como panteón impreso. Adita de Salamanca, Margarita Saldarriaga, Julián Alberto Restrepo, Eulalia Estupiñán, etc. Algunos traen la mejor foto en vida del que partió, luciendo sus mejores galas, corbatín, corbata, mucho encaje, mucha organza… Bostezo, me rasco los ojos de nuevo y trato de aguzar la vista, nombre tras nombre, hasta que llego a uno que me hace re-enfocar y sacudir la cabeza otra vez: Jaime Andrés Manrique, acompañado de una foto mía. Luzco tranquilo, sonriente y sin corbata, con un suéter gris o algo por el estilo. Una vez más, zarandeo la cabeza, me quito las gafas, y leo muy de cerca esa parte de los obituarios: sí, no hay duda: Jaime Andrés Manrique, soy yo mismo:



Jaime Andres Manrique Cuervo

Descansó en la paz del Señor

Hijo ejemplar y profesional intachable. Recuerdo de su madre Adolfina Cuervo Vda. de Manrique, familiares y amigos.

Agosto 9 de 2006

Bogotá

Exequias: parroquia de La Porciúncula.

Hora: 3 pm

Destino final: cementerio Jardines de paz

Hora: 5:00 pm



Sí, no hay duda, soy yo. Estoy muerto, ¡jajajajaja! Buena López. Y llamo al editor nocturno por el altavoz mientras me paro y trato de ubicarlo, con la vista, al otro lado de la Redacción.

“Eh Payaso, ¿dónde está Lopez?”

“Orinando, ¿para que lo quiere?”

“¿Es, según el periódico de mañana, estoy muerto jajajaja”.

“¿Cómo así?”



Y Payaso, el editor de judiciales, viene hasta mi escritorio con su tradicional caminado, balanceando el cuerpo de lado a lado, y las ojeras, más negras y largas que de costumbre, que le dan a sus cachetes amarillentos la apariencia de maquillaje de circo, o de taimado sabueso.

Coge el cuadernillo con ambas manos, las gafas en la punta de la nariz, se chupa los dientes y exclama:

“En efecto, Manrique, estás muerto”.

“¿Qué es esa mierda, Payaso?”.

“O se nos acaba de ir el gazapo más grande en el siglo y medio de historia del periódico o estoy viendo un fantasma”.

“No jodas Payaso, si hasta tiene una foto mía. Y ni siquiera estamos en el Día de los Inocentes! ¿Quién hizo esta mierda?”.

Y Payaso llama por el altavoz a López, quien ya se acerca y, cuando lo ponemos al corriente de la situación, nos sugiere consultar a Mosquera, el encargado de los Obituarios.

“¿Llamarlo, y para qué? ¿No me están viendo?”.

“Cálmate Manrique, en los 15 años que llevo como editor nocturno y, si la cabeza no me falla, nunca había visto algo parecido. Y recuerda que la transparencia es uno de los pilares fundamentales de La Verdad, luego tenemos que llegar al fondo de esto. Hay que actuar con cautela”, me responde López con su tradicional estilo aleccionante.

“Es obvio que hay que desmontar ese obituario. Alguien está mamándonos gallo, o mamándome gallo…”, alego.

“Ni tan obvio Manrique. Hay que hablar primero con Mosquera”, riposta el editor.

Afortunadamente, Mosquera es de esas personas que sí contestan el teléfono a las 2 de la mañana como si nunca se hubiera acostado a dormir. Solterón, cercano ya a los 60 años, probablementeno tenga nada más que hacer con su anodina existencia, que estar pendiente de su trabajo. En este caso, mejor para mí. No obstante, cuando Lopez cuelga quedo estupefacto:

“Manrique, Mosquera dice que ayer, en la mañana, lo llamo su mamá para ordenar su obituario. Dijo que lo habían matado en un tiroteo, o algo así, y que, por favor, que lo acompañaran con una buena foto…”.

Manrique, Manrique, ¿qué le pasa?

Y no me queda más remedio que buscar una silla y sentarme, porque no entiendo nada de nada:

“Pero, pero… déjense de maricadas, ¿es que es mi cumpleaños? Pero si yo cumplo es el 10 de mayo… Tampoco es 28 de diciembre, así que no me jodan, como así que mi mamá llamó…”

“Pues eso es lo que me acaba de decir Mosquera, si quiere llámelo usted mismo…”

”Qué llamada ni qué llamada, es una broma de muy mal gusto señores, mi mama falleció hace 15 años…”

“Mire Manrique, a nosotros ni nos mire, algún amigote suyo le debe estar mamando gallo. Pero por aquí no busquesospechosos”.

“El par de amigos que tengo están de viaje y mi hermano es un tipo muy serio como para ponerse con esas pendejadas. Bajemos el anuncio ese y yo me ocupo de encontrar al bromista y partirle la cara”.

Y, como si acabara de mentarle la madre, López abre los ojos como platos y me dice que eso es imposible, que la página ya está lista para y que, además, alguien pagó por semejante anuncio, luego el diario tiene un compromiso tácito con el anunciante, que por nada del mundo puede ser desecho. Y remata asegurando: “esa es, ni mas no menos, la línea que nos separa de la anarquía, así de simple Manrique”.

Y miro a Payaso como buscando apoyo antes de soltarle: “No hable guevonadas López, ¿qué no me está viendo aquí parado? Estoy vivo, VIVO!!! ¿Y se imagina lo que me puede pasar si se publica esa vaina? Con los bancos, con las empresas de servicios públicos, con mis familiares y amigos… Si hasta podríamos matar a alguien del susto o de la tristeza… mi abuelita…”

“Uy sí López, Manrique tiene razón, imagínese el mierdero que se le viene encima al pobre”, riposta Payaso, oportuno.

López se rasca la calva, que siempre me ha recordado al personaje protagonista de la serie animada El Crítico, y al fin me da algo de razón: “Pues no había pensado en eso. ¿Y es que nos va a demandar por daños y perjuicios o qué Manrique? Porque lo puedo ir echando ya mismo si se me da la gana, por alzado…”.

“¿Qué? Payaso, ¡López se volvió loco!¿Oyó usted lo mismo que yo?”, y escruto a Payaso con los ojos desorbitados, cogiéndolo por el cuello de la camisa como si fuera su culpa toda esta debacle.

“Mire Manrique, si bajo ese aviso, mañana los de Publicidad están arrancándome las pelotas, porque, seguro, les va a pedir la devolución del dinero, sea quien sea el pendejo que hizo publicar eso. Así que le propongo algo: dejamos el anuncio tal cual, y metemos en la página de opinión una fe de erratas al día siguiente, ¿qué le parece?

“Me parece que usted está loco López. Dígame una cosa, qué pensaría su hija, sí la de Natagaima, si se enterara, mañana por la mañana, de que usted se murió, pero resulta que no, que está muy vivo y usted la llama para contarle y la mata de un susto. No hay fe de erratas que valga y menos una que sale un día después!”

Lopez le da vueltas a su argolla de matrimonio, lo que siempre hace cuando esta ofuscado, antes de responder: “Mire Manrique, yo no voy a bajar ese anuncio, luego le sugiero que se calme y se olvide del asunto, por ahora, ni que estuviera de verdad muerto. Además, ya le dije, eso debe ser algún amigo suyo mamándole gallo y yo no voy a poner en peligro la integridad del proceso de cierre e impresión del periódico más importante del país, por esas pendejadas”.

“Que integridad ni que mierdas López, no se haga el correcto que por pendejadas más insignificantes nos hemos colgado con el cierre. O no se acuerda cuando le robaron la cadena al niño timbalero y usted nos hizo esperar hasta que llego la foto del niño llorando…”.

“Sí, pero con la anuencia de Don Fernando”.

“Ah, entonces sí se puede. Pues pregúntele y vera que él también está de acuerdo conmigo”.

“Jajajaja, buena esa, ya mismo llamo a don Fernando a estas horas para que me miente la madre y me eche, como no…”

“Pues entonces deme el número y yo mismo lo llamo”.

“Vea, Manrique, váyase para su casa si quiere, ya mismo, no hay problema. Prefiero que no termine el turno, pero que nos deje trabajar en paz”, y, sin más ni más, me da la espalda y se va. Así mismo, Payaso, cual si la desgracia ajena fuera contagiosa, se larga también.

Boquiabierto, solo pienso que a lo mejor sí me quedé dormido en mi escritorio y que todo esto es una absurda pesadilla. Por eso, de una me voy a mi casa, seguro mañana, cuando despierte en mi amada camita, todo volverá a la normalidad. Agarro mi chaqueta y me voy, sin siquiera apagar mi computador.

Pero como dice Pedro Navajas: “cuando lo manda el destino no lo cambia ni el más bravo” y rumbo al parqueadero que encuentro con Piraña, el conductor más pintoresco y alocado de todo el Departamento de Transportes, condenado a cadena perpetua en el turno de la noche por haber estrellado una camioneta del periódico por exceso de velocidad.

“Uy Manrique, como el chiste del caballo en el bar: ¿por qué esa cara tan larga?”

“No me joda Piraña, que hoy no es un buen día, noche, lo que sea…”

“Fresco mijo,cuéntame tus penas que para esas estamos…”

Y cuando lo pongo al corriente de mis peripecias esotéricas y paranormales, de una me da la razón. Al fin alguien se pone en mis zapatos.

“Ese López es una ladilla. Todo el mundo ha tenido problemas con él. Pero no se deje achicopalar por ese pirobo, vea, esta noche no hay ni mierda qué hacer, si quiere lo llevo hasta donde don Fernando y usted mismo le pide que ponga a López en su sitio”

Y yo, ni corto, ni perezoso, le digo que sí, que de una, que no me la voy a dejar montar y me trepo en su camioneta, y salimos como alma que lleva el diablo por toda la avenida Eldorado rumbo a Rosales, al majestuoso penthouse de Don Fernando. Por el camino, mi improvisado y pintoresco compañero de infortunio saca de la guantera media botella de aguardiente, que nos empujamos en apenas algunos tragos.

Fiel a su fama de psicópata al volante, Piraña nos lleva a la zona alta de Rosales en diez minutos, desde donde se divisa Bogotá, en todo su esplendor, como una ameba multicolor y luminosa que devora la Sabana paulatinamente.

Solo que no habíamos contemplado un ‘pequeño’ detalle. En la entrada del edificio nos recibe Ñoño, el camaján XXXL guardaespaldas del director del periódico:

“¿Que vienen a qué? No sean maricas, no lo despertamos cuando el atentado del Nogal, si lo vamos a despertar por una güevonada como esa…”, nos dice Ñoño, bajándonos de la nube de una patada.

“Uy no sea perro Ñoño, mire que donde esa vaina salga mañana publicada, al pobre Manrique se lo lleva el que sabemos. No más póngase a pensar en lo que se va a demorar sacando el pasado judicial, la cedula, la libreta militar…”, repunta Piraña.

“Ya les dije que tenemos órdenes de no dejar entrar a nadie en la noche y, menos, a alguien del periódico. Así que mejor se van devolviendo y me quitan esa camioneta de ahí antes que llame al CAI”.

Pero Piraña no se rinde y mientras le pregunta si podemos, al menos, llamarlo por el citófono a ver si está despierto, me escabullo hacia el lobby, cerca de donde brillan las puertas metálicas de los ascensores. Con mano trémula llamo el elevador, pero Ñoño se acaba de percatar de que me metí a la brava y gira, literalmente, ‘en redondo’ para mirarme con ojos de matarife en celo. En vista de que la puerta no se abre, corro hacia la otra esquina del lobby, a donde un aviso luminoso anuncia que están las escaleras.

“¡Oiga hijueputa, pa’ donde va!”, alcanzo a oír, antes de que la puerta se cierre detrás de mí, y ya con un tramo de escaleras recorrido rumbo al penthouse de Don Fernando.

Es un sexto piso, escaleras bien iluminadas y espaciosas, fino mármol blanco brillante de limpieza. Gracias a mis piernas largas y ágiles, los subo en un santiamén. Más abajo, me sigue la respiración agitada de Ñoño que habla por un radioteléfono, pidiendo apoyo, mientras intenta acortar distancia. Ridículo, apenas viene en el segundo piso. Piraña grita algo, que no alcanzo a entender completamente, porque un poderoso ¡blam! revienta muy cerca de mí, salpicándome de restos de concreto y pintura desde una de las paredes.

Y, al fin, como un flash informativo que me lanzara la cordura, recuerdo las palabras de López: “Mosquera dijo que lo habían matado en un tiroteo, o algo así”.

Y luego la voz agitada y a trompicones de Ñoño: “Manrique, quieto hijueputa o lo quiebro”.

Entonces, bien adiestrado por las películas, suelto la manija de la puerta del sexto piso, levanto las manos y me doy la vuelta: “Fresco Ñoño, todo bien, no voy a meterlo en líos, fresco”.

Al fin, Ñoño y el Piraña llegan al quinto piso, en donde el gordito se detiene, aliviado, a respirar apoyado contra la pared y con la pistola que me acaba de disparar colgando de una de sus manazas: “malparido Manrique, con ese estruendo ya nos van a echar es a los dos. Quítese de esa puerta ya mismo o lo bajo a pescozones”.

Y, sin bajar las manos, ahora sí preocupado por lo que me espera, comienzo a bajar, uno a uno, los escalones que me separan de ellos. Pero, culpa de la adrenalina o del trago, pierdo el equilibrio y me echo a rodar escaleras abajo.

Lo último que mi cerebro registra, antes de irse a negro absoluto, es un penetrante ¡crac! que siento debajo de la cabeza, una intensa punzada de dolor, sabor a sangre en la boca, y al Piraña que grita: ¡Jueputa, sí se mató!



* Noviembre 1, 2016

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