97. Alfonso Castillo Gómez, fue un destacado periodista nacido en Bogotá en 1910 y fallecido en la misma ciudad, el 1° de Febrero de 1982. Castillo figura en la lista de los mejores periodistas de humor de Colombia de los últimos tiempos. Su obra, escrita en columnas que aparecían diariamente en
El Espectador,
El Vespertino y la revista
Diners, cautivó a los lectores, que convirtieron en hábito buscar sus escritos en medio de los otros asuntos de la vida nacional. Bogotano y de familia tradicionalista, “lo bogotano” aparecería a lo largo de su obra como un ingrediente esencial. Su primera empresa periodística, siendo todavía muy joven, fue la publicación de La Voz Infantil, que no vivió mucho tiempo. A los 20 años presenció la caída del Partido Conservador por la división entre el general Alfredo Vázquez Cobo y el poeta Guillermo Valencia, y el resurgimiento del Partido Liberal liderado por Alfonso López Pumarejo y Enrique Olaya Herrera; pero también presenció el paso fugaz del Partido Republicano de Eduardo Santos y Carlos E. Restrepo por la política colombiana. Castillo Gómez se caracterizó por su fino humor en sus columnas, las que firmaba como “Alkanotas”. Su mejor trabajo fue “Coctelera: diccionario zurdo” que se publicó durante muchos años en El Espectador. Fue nueve veces presidente del CPB y todos lo llamaban cariñosamente “El Coctelero”, por su conocida columna que sostuvo durante 34 años. Al igual que Klim, fue uno de los cronistas de humor más leídos de Colombia, y se caracterizó por retratar los usos y costumbres de la atribulada clase media colombiana. También empleó el seudónimo de “Zig-zag” en las páginas del diario. Sus columnas están recopiladas en varios libros como
Coctelera (1966);
Alkanotas (1971) y
La Locombia de Leovigildo (1977). Cuando murió, estaba preparando el
Diccionario zurdo, con definiciones disparatadas que también publicaba en sus columnas. Con su original sentido del humor y haciendo uso del lenguaje folclórico nacional, retrató en sus crónicas a la esperpéntica sociedad colombiana, con sus vicios y grandezas. He aquí apenas un fragmento de una de sus columnas en 1960: “Dentista es un individuo a quien le encanta coleccionar revistas viejas, mientras le extrae la dentadura a los demás, para poder darle ocupación a la suya. La anterior descripción, desde luego, es notoriamente benévola, entre otras razones porque si hay un gremio cuyas iras no deseamos conquistarnos, es ese de los odontólogos, entre los cuales contamos por cierto con buenos amigos. Pero no puede uno menos de reconocer que las amenazas de purgatorio y otras sanciones ultraterrenas están de sobra mientras en nuestro mundo funcionen los consultorios odontológicos, a los que todo ser racional -con exclusión del elemento femenino, que tampoco teme al avión- profesa pavor pero muy justificado. Al tiempo que un cirujano que ha macerado nuestras delicadas carnes con dolorosísimos pinchazos, o extraído y tirado a un balde nuestros más valiosos órganos internos, no nos deja en el ánimo rastro alguno de rencor, el dentista, muy al revés y por algún fenómeno sicológico que desconocemos, graba en el alma de su víctima una imborrable sed de venganza. Así, cuando con él tropezamos en cualquier sitio, le miramos de soslayo mientras maquinamos mentalmente las más brutales retaliaciones. Le vemos, por ejemplo, comportándose con irritante desenfado en una fiesta social y no podemos menos de representárnoslo como un matón victorioso y en plan de celebrar las torturas infligidas ese día a quién sabe cuántos infelices. Pero ocurre ahora que debemos darnos por bien servidos. Es decir, quienes disfrutamos del privilegio de vivir en esta época y hacer uso de los servicios odontológicos modernos. Porque leyendo unas crónicas antiguas deducimos que en otras etapas de la humanidad había que ser santo o héroe de guerra china para ponerse en manos de un practicante de terapéutica dental. Así, verbigracia, para una pulpectomanía a la antigua se usaba un estilete muy fino de acero recocido delicadamente, de extremidad un poco aplastada y forma semejante a la del dardo de una flecha. Cuando el diente estaba cariado y la cavidad de la pulpa al descubierto, se introducía el estilete hasta el extremo de la raíz; en seguida se le hacían dar dos o tres movimientos de la rotación y retirándolo después de un golpe se conseguía a veces sacar simultáneamente el cordón dentario (El cordón dentario, amigos, y cuanto el desgraciado paciente tuviese entre la boca y el estómago). Ciertamente, al lado de semejantes tratamientos, la fresa de hoy horodándonos un nervio al descubierto resulta una caricia de la noviecita”.