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Nota: esta entrevista se publicó en El Espectador y acá la segunda y última parte.
- Todo para estructurar una metáfora de la guerra.
- No, más bien una metáfora del discurso que rodea a la guerra, al odio racial. De las palabras que lo impulsan.
- Sí, sería una prolongación extrema. Me enteré del episodio que le da origen mientras investigaba para Klingsor, pero tuvieron que pasar diez años para que supiera cómo abordar este hecho tan terrible y cómo reflexionar, a partir de él, en torno a todos los genocidios recientes.
- ¿Cuál fue su investigación de campo para este libro?
- Para este libro no necesité ninguna investigación de campo, apenas volví a leer las obras de referencia sobre los genocidios del siglo XX (aunque años atrás visité campos de concentración).
- Junto a la perversidad de la guerra está la inocencia de los niños y los cuentos infantiles convertidos en paradojas. ¿Por qué recontar estas historias en contraposición a la violencia?
- La solución final comienza con el asesinato de niños y mujeres judíos en los bosques de Polonia. Y de pronto me di cuenta de que eran los mismos bosques de los cuentos infantiles, sobre todo de los hermanos Grimm, que habían leído los verdugos, esos policías de reserva alemanes encargados del genocidio.
- La fragmentación fabulesca, si así la puedo llamar, también me interesó porque uno puede seguir los personajes sin agotar ninguno hasta el desenlace. ¿Cómo fue la edición para terminar en sólo 125 páginas?
- Sabía que sería una historia fragmentaria y breve, con un enorme poder emocional, y 125 páginas eran suficientes para impactar al lector y permitirle llenar con su imaginación todos los vacíos.
- ¿Por qué decidió prevenir al lector anunciándole una historia de terror? ¿Por qué el diálogo con el lector en segunda persona para llevarlo a la guerra, a ser uno más del batallón, a las matanzas, a escribir un diario?
- En todos los libros nos identificamos con los personajes. Pero quería que, en este caso, esa identificación fuese forzosa. ¿Qué harías tú, lector, de haberte encontrado en esa circunstancia? - La respuesta se vuelve así obligatoria.
- ¿Se ratifica aquí la importancia de la música en su obra?
- La música es una de las partes esenciales de mi vida.
- ¿Qué tan importante ha sido la ciencia como materia prima literaria?
- Quise ser científico; al optar por la literatura, decidí tratar de vincular las dos disciplinas en muchos de mis libros.
- ¿Quiere trabajar más en verso o regresará a la prosa?
- El verso, para mí, sólo ha sido un recurso narrativo. No me creo capaz de escribir poesía.
- ¿Cómo describe al México de hoy versus el de su niñez?
- México ha cambiado mucho desde 2006, la violencia ligada al narcotráfico se ha incrementado a niveles insólitos. Eso convierte a México en un país distinto del que crecí y obliga a tratar de entenderlo de otro modo.
- Un ensayista como usted, ¿cómo compl fenómeno sociopolítico mexicano con el colombiano?
Tienen paralelismos, sin duda. Pero no se puede usar fácilmente la analogía, pues las condiciones sociales y políticas son muy distintas, empezando porque en México no hay guerrilla ni paramilitares significativos. Pero, sin duda, hay que aprender de la experiencia colombiana, sobre todo del papel de los jueces a la hora de combatir la violencia ligada al narcotráfico (El narcotráfico mismo, en mi opinión, es imposible de vencer, mientras haya demanda habrá oferta).
- ¿Qué escritores colombianos lee?
- Muchos: de mi generación, Santiago Gamboa, Juan Gabriel Vásquez, Mario Mendoza, John Jairo Junieles, Enrique Serrano, etc.
- ¿Qué le aporta a Latinoamérica la generación de escritores en la que uno puede incluirlo a usted, a Andrés Neuman, etc.?
- No creo que haya ninguna mirada generacional. Hay autores y obras importantes, con visiones muy distintas del mundo y de la literatura.
- ¿Qué libro recominda?
- El mejor libro que leí el año pasado, Summertime de Coetzee.
“Una obra singular, compleja y abierta”
El acta del jurado que le otorgó al escritor, abogado y doctor en filología Jorge Volpi el Premio Iberoamericano de Letras José Donoso2 009, en memoria del escritor chileno, dice: “Es una de las figuras más representativas de la literatura actual en lengua española. Su obra está conformada por una decena de novelas, entre las que se destaca su trilogía del siglo XX En busca de Klingsor (1999), El fin de la locura (2003) y No será la tierra (2006), uno de sus grandes aportes a la narrativa iberoamericana... un mundo creativo rico, abarcador y universal, fundamentado en el vasto dominio del autor sobre las letras y el pensamiento de las diversas épocas y corrientes estéticas, tradiciones integradas sin fisuras en su producción”. También exaltó su “faceta de lúcido ensayista, animada por una profunda ironía filosófica, como se aprecia en La imaginación y el poder (1998), La guerra de las palabras (2004) y El insomnio de Bolívar (Premio Debate Casa de América 2009). Una obra singular, compleja y abierta que augura páginas que marcarán el futuro de las letras iberoamericanas”.
















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