El pianista que llegó de Hamburgo

Por: Jesús María Stapper (II Parte). Un abuelo fracasado, unos padres que se van pronto: Florence, la soprano, muere de tuberculosis, Hannes -pianista y violinista-, de cirrosis. Hendrik a los dos años de edad da los iniciales pasos de su dura trashumancia y recala en casa de sus tíos Elizabeht y Azriel, músicos también. 

Jorge Eliécer Pardo, escritor, es en su obra un navegante de largo trecho por los vericuetos históricos, y ahora, en El Pianista que llegó de Hamburgo, allende el tiempo de la “Alemania hitleriana”, evoca y describe pormenores de lo sucedido. Hendrik vive junto a su tío Azriel el ostracismo ante la cruenta persecución nazi. Aparecen en el relato los deportes como los olímpicos (Berlín), mundial de fútbol (Italia campeón) y el boxeo, y surgen los nombres de Jesse Owens y Joe Louis -el bombardero de Detroit-. 

El destino marca las pautas y desvía la ruta tan evocada de Hendrik hacia Moscú y lo sentencia -sin querer- hacia las huestes norteamericanas. En el túnel negro de la vida se guarda silencio y, para romperlo, suena un clavicordio. Se mencionan nombres “melódicos” como los del triángulo de la música alemana: Bach, Beethoven, Brahms. En el furtivo estadio de densos claroscuros, a la luz de la esperanza, bajo el temor supremo frente a una voz y un nombre: Adolf Hitler, Führer, Comandante del Tercer Reich, se tejen las encomiendas que conducen tal vez hacia la vida y hacia la libertad. 

Otra vez, los avatares del destino (si es que el destino tiene avatares), desvían las rutas y la nave que presumiblemente partió con destino a Nueva York atraca en la Habana y más tarde en Barranquilla (Colombia). Prosiguen las contingencias y aparecen otros nombres como Alex Olaf Lüewe y Hans Rutger Tillesen. Entra en cuestión la política colombiana y se menciona a Eduardo Santos –presidente- y a Luis López de Mesa –canciller-. Azriel y Hendrik son atormentados por la ambivalencia: -ser judío, ser alemán- que representaba sentimientos de repulsión por donde anduvieran dando tumbos. Los dolores acuden sin previa invitación y Elizabeth muere junto a sus hijos, en el puerto de Hamburgo, durante un bombardeo. En estos viajes, como en todos los demás transcurridos en la novela, los caminos no trazados, no aguardados, llegan inevitables. 

Siguen sumando ambivalencias viscerales los trashumantes llegados de Europa a Colombia. Viven ‘dualidades necesarias’ porque son obreros en público, artistas en secreto. Se constituyen además en habitantes de los sótanos arrugados. Detenidos en el Hotel Sabaneta de Fusagasugá van a la cárcel bajo las contingencias políticas que se dictan desde los imperios y desde las ambigüedades y los egoísmos del hombre. El frío bogotano los circunda sobre calles adoquinadas que asumen sus pasos. Entre porcelanas y ensueños aparece la italiana Magdalena Massi. Ella, adherida a Hendrik, nos indican que la prisión también une los corazones y los sueños. Azriel parte en vuelo sin retorno, con denodado afán viaja hacia las sendas etéreas en busca de su amada Elizabeth y sus hijos. 

A Hendrik y Magdalena el arte los persigue, la guerra los persigue… la música la llevan dentro. Las partituras existenciales se multiplican, y cada una de ellas, trae consigo su propia melodía. Son perseguidos por los estertores de una guerra nueva -tan desconocida… “tan lejana”, tan colombiana- y no queda más remedio que buscar los caminos empedrados que conducen a las intemperies. Entre ámbitos contradictorios nace su hija Laura. Viven de campo “Nocturno” recordando al poeta suicida, bogotano José Asunción Silva. Como si fuera poco, tienen que asumir, el trasteo de sus pertrechos entre costales ‘desdentados’, bajo el delirio del llamado ‘bogotazo’ de abril de 1948 donde asesinaron al caudillo del pueblo liberal Jorge Eliécer Gaitán en la capital colombiana. Así la lluvia empapa sus rostros embadurnados de pánico y les dice que la vida continúa. 

Desde los vericuetos del barrio La Candelaria en Bogotá, el destino con su voz cantante, les informa que “la meca” es Italia y que el punto señalado es Florencia a donde llegan Magdalena y Laura mientras dejan a Hendrik en Colombia orbitando en el afiligranado y empobrecido plantel de sus soledades. Asentado sobre el lomo del tiempo, Hendrik viaja a Villavicencio y se envuelve con los ‘divinos sortilegios’ del arpa, la sabana, los morichales, los atardeceres, los ríos, los ganados, y los caporales. Y de nuevo, lo beligerante por una razón o por otra llega a su senda, y aparecen nombres guerrilleros como Germán Campos, Eliseo Velázquez y Guadalupe Salcedo, aunque él permanece en el claustro donde habitan en ‘presunta paz’, la historia guardada y la armonía de la música, sea de bandolas, capachos … o la resonancia majestuosa de los stradivarius. 

Surge casi de “manera clandestina” la historia de un instrumento con historia universal: el arpa. Se le da un perfil de crónica andariega a sus cuerdas líricas. El músico alemán vive, en una presencia sincera, el lenguaje vernáculo del hombre llanero, ese ser que llega a pie limpio, hasta las riveras del Arauca o del Orinoco. 

De ahora en adelante las rutas de la novela deben ser buscadas y aprehendidas por los lectores. A lo largo de los cinco tomos o nevelas de El Quinteto de la frágil memoria.



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