Dialogo con Samuel Jaramillo - Parte I

No. 7306 Bogotá, Domingo 31 de Enero de 2016 



Dialogo con Samuel Jaramillo autor de Dime si en la cordillera sopla el viento (Parte I) 

Samuel Jaramillo autor de Dime si en la cordillera sopla el viento

Por: Jorge Consuegra 


Dime si en la cordillera sopla el viento su nueva novela, habla simultáneamente de muchas cosas, tiene muchas líneas argumentales que ocurren en diferentes momentos. Después de la lectura se tiene la sensación que el eje narrativo central puede cambiar de acuerdo a como el texto avanza. ¿Es esto algo deliberado? 

Todo texto literario, desde luego si es exitoso, tiene varias dimensiones y varios sentidos. La narración no solamente se propone informar sobre unos hechos, sino proporcionarle al lector la oportunidad de experimentar, de vivir los acontecimientos narrados, así sea de una manera ilusoria, literaria. La experiencia vital es por definición multiforme y por ello el texto narrativo también lo es. 

Estas diversas dimensiones, no obstante, se combinan en la novela con una cierta lógica formal. Esto se vuelve más inteligible si se examina los componentes de la novela. Ella comienza con la presentación al lector de una fotografía que es examinada de manera minuciosa. En ella hay tres jovencitas que miran al observador y que son muy jóvenes, muy bellas, están muy elegantes, y muy felices. Parecen ser hermanas. Se conoce con exactitud las coordenadas espacio temporales de esta imagen. Sabemos que la fotografía fue tomada a finales del año 1947, en una hacienda en las estribaciones de la cordillera central, en los límites de los departamentos de Huila, Tolima y Cauca. Una primera parte de la novela gira alrededor de esta imagen que sirve de ancla a la narración: en la primera sección el relato se mueve alrededor de encontrarle sentido a esta imagen. Sabemos que se trata de una boda, que la hermandad de las muchachas que vemos es problemática. Toda sociedad, por lo menos las que han existido hasta el momento, tiene dispositivos para para hacer explícita la ubicación de los individuos en la escala social. Y las aristocracias provincianas nuestras tienen procedimientos especialmente mezquinos al respecto. Esta familia, que está en el límite del reconocimiento de hacer parte de la élite y cuya posición es inestable, lucha por contrarrestar estos mecanismos de exclusión. La boda en cuestión tiene en esta estrategia un papel central. 

Pero esta historia familiar, privada se entrelaza con acontecimientos macrosociales. En este caso uno de gran envergadura, que es lo que los colombianos conocemos como La Violencia, que se desarrolla en estos años. Esta familia, de la que el lector se entera de los personajes que la conforman, sus antecedentes, sus dinámicas interpersonales, tiene una actitud inicial frente a este proceso histórico avasallador que puede ser reconocido en la actualidad: la negación. Aunque los hechos violentos ya venían desarrollándose y se tenía noticia de ellos esta familia decide ignorarlos. Estiman que esos horrores suceden en lugares distantes, que quienes los rodean son gente pacífica y que ellos mismos son apreciados y no sufrirán ninguna agresión. La segunda parte de la novela muestra como ese proceso general que es avasallador va invadiendo progresivamente la historia privada de los individuos de esa familia y termina por atropellarlos. En cierta manera, la actitud de estos personajes de ignorar la violencia los torna especialmente vulnerables ante ella.

Samuel Jaramillo autor de Dime si en la cordillera sopla el viento
Samuel Jaramillo autor de Dime si en la cordillera sopla el viento 


-Se trata entonces de otra novela sobre la Violencia de los años cincuenta. ¿No se trata de un tema ya muy visitado por nuestra narrativa

-En la historia de los países hay acontecimientos cruciales que marcan sus desarrollos posteriores y cuya interpretación se renueva y se replantea de forma recurrente. La literatura y también las ciencias sociales lo retoman una y otra vez, no como repetición, sino como objeto de exploración renovada. La Guerra Civil Española sigue siendo contada una y otra vez por los narradores españoles de hoy, o la Revolución Mexicana por los mexicanos, o la Segunda Guerra Mundial por los estadinenses. En la novela sin embargo no solamente se recrean estos acontecimientos, sino que ellos son referidos por un narrador que tiene una perspectiva desde nuestro tiempo. Entre otras cosas, a mí me interesa la comparación y el contraste entre la Violencia de esa época y la que desafortunadamente vivimos actualmente. 

Uno de estos temas tiene que ver con lo siguiente. Se ha vuelto un lugar común entre nosotros afirmar que nuestra historia no es otra cosas que la sucesión de violencias que finalmente son la misma y que nos acompañan desde el principio de los tiempos. Que la violencia de hoy es la misma que la de la pugna interpartidista de los años cuarenta y cincuenta, y la misma que las de las guerras civiles del siglo XIX y la misma que la de la Guerra de la Independencia y así hasta la época de la Conquista. Esto no solamente es inexacto, sino que es inmovilizante. Como en todos los países, la violencia siempre ha estado presente entre nosotros, pero no se trata de un continuo indiferenciado. Hemos tenido fases de agudización de hechos sangrientos y etapas de apaciguamiento relativo en las que no somos más violentos que otros países. Y cada una de estas eclosiones de barbarie tiene características diferentes. 

La violencia de los años cuarenta tuvo un fundamento ideológico: se enfrentaban dos maneras de ver el mundo entre el clericalismo conservador y autoritario y el liberalismo laico y más libertario, así su evolución los haya imbricado con otros determinantes. Era un acontecimiento un poco anacrónico, pues estos enfrentamientos eran generalizados en el mundo en el siglo XIX y entre nosotros esto se prolongó hasta bien entrada la segunda mitad del siglo XX. Y su escala era claramente nacional. El torbellino actual de violencia, en cambio, tiene raíces mundiales: el narcotráfico es por definición un fenómeno global. Los agentes que despojan a los campesinos de sus tierras son multinacionales madereras, mineras, petroleras, de agro-exportación. Su dinámica rebasa en buena medida las posibilidades de acción de nuestro precario Estado nacional. Y esta violencia yo tiene nada de inercial. Es algo bien del presente, e incluso del futuro. Quienes nos observan desde los países centrales, incluso quienes nos miran con simpatía, a menudo atribuyen nuestras tribulaciones a que Colombia tiene un déficit de democracia, y no ha logrado completar etapas por las que ellos ya han pasado. Están equivocados. Nuestros problemas emergen de las contradicciones del capitalismo actual que se manifiestan precozmente entre nosotros. Más que algo perteneciente al pasado deberían leer entre nosotros los riesgos que los acechan en su futuro. Un ejemplo: nuestras clases dominantes, ante los primeros embates de una violencia que se revelaba indomeñable, decidieron confinarla en la periferia, y desarrollar en el centro un capitalismo moderado y estable. La violencia no permaneció en el extrarradio sino que creció y se volvió un incendio ingobernable. En el mundo las clases dominantes planetarias se plantean algo similar: hacer sociedades equilibradas afluentes y tolerantes, protegidas ahora incluso por muros físicos, y dejar que se maten y se destrocen los periféricos en los confines. No vaya a ser que lo que está pasando en Colombia pase también en mundo mañana, o incluso hoy mismo. 

-Pero, deben existir algunos elementos en común

Ciertamente y mirarlos en el pasado quizás nos den luces para entender el presente. He mencionado un asunto que aparece en el relato de hace medio siglo y que hoy tiene una gran vigencia: la actitud frente a la violencia. En esto los colombianos estamos ante una aporía que no tiene una fácil solución. A veces nuestros amigos extranjeros nos reclaman que nosotros quizás nos hemos acostumbrado la violencia, pues pretendemos desarrollar vidas normales ignorando los horrores que nos rodean. Como esta familia en la cordillera central que se negaba a sacar las conclusiones de las noticias del conflicto que se les venía encima. Incluso muchos colegas escritores se quejan de que sienten una presión por escribir sobre la guerra y reclaman el derecho de ocuparse de otros asuntos. Quisieran escribir como Borges o ser intimistas o explorar en las dinámicas desencadenadas por las nuevas tecnologías. Otros piensan que esto es algo parecido al escapismo. En la novela hay un personaje que reflexiona sobre este asunto: ante los pedidos de sus familiares de que tome las medidas que corresponden a una oleada de amenazas creciente y devastadora, que consisten en emigrar, él señala que seguir desarrollando su vida de manera normal es incluso un acto de resistencia. Precisamente lo que los violentos pretenden es que no se actúe sino en función de sus agresiones y brutalidades. Ignorarlos es combatir sus propósitos. 

Dicho esto sin embargo, habría que pensar en el sentido contrario. Se tiene todo el derecho a escribir sobre cualquier cosa. Pero abordar las mil maneras en que se manifiestan estos conflictos, intentar comprenderlos, más que denunciarlos, es algo sin duda necesario. La literatura en esto tiene un compromiso, porque puede ser más eficaz que otras aproximaciones.

Dime si en la cordillera sopla el viento

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