¿Qué diablos es la felicidad?

Por: Reinaldo Spitaletta* 



Ahí está Walt Whitman, con su canto, diciendo que podría transformarse y vivir con los animales, seres apacibles y dueños de sí mismos, que no lloran por sus pecados ni fastidian a los demás hablando de sus deberes para con Dios. 

La voz del poeta estadounidense advierte que a ningún animal (excepto al hombre) lo enloquece la manía de poseer cosas. Carecen de vanidad. No son arribistas. Ni se arrodillan ante otros. 

Y estos preliminares me sirven para decir, con cierta incredulidad, que Colombia, según una encuesta mundial, vuelve a ser el país más feliz de la tierra. ¡Cómo es posible! ¿De qué material estamos hechos los colombianos? Tal vez de sueños incumplidos. Quizá de promesas vanas. O de ingredientes que pueden estar entre el cilicio y la autoflagelación. ¿Sadomasoquistas? O a lo mejor haya un equivocado concepto de felicidad. Bueno, y cuál es el apropiado, preguntará algún inquieto. 

La encuesta entre 68 países ha señalado que Colombia tiene el mayor índice de felicidad, con ochenta y cinco por ciento. Y aquí habría, por ejemplo, que volver a Bertrand Russell y su célebre ensayo La conquista de la felicidad, a ver qué aspectos de los allí tratados coinciden con el modo de ser de los colombianos, habitantes de un país con alta inequidad social, con injusticias a granel, con desempleados que superan el diez por ciento, con niveles educativos y culturales bajos, en fin. 

El asunto de la felicidad, tratado por budistas, hindúes, musulmanes, cristianos, judíos, por los antiguos griegos (ah, ahora figura Grecia como uno de los países más infelices del mundo, según la mencionada encuesta), por ateos y agnósticos, ha sido una preocupación humana. Así como la desdicha, la vejez, la amistad, la guerra, la paz… 

El siglo XX, que según algunos historiadores y filósofos ha sido el más cruento de la desventurada historia de los hombres, no es un sinónimo de felicidad. Qué tal los modos de destrucción masiva, los campos de concentración, las persecuciones, las bombas atómicas, los genocidios, las devastadoras guerras, la ciencia al servicio de poderes siniestros, etc. Y lo poco que va corrido de esta centuria tampoco es paradigma de convivencia pacífica y fraternidad universal. 

En el pasado siglo hubo pensadores que, más que el concepto de felicidad, desarrollaron el de las angustias y desazones del hombre. Así, desde que el hombre es “una pasión inútil” hasta que es un “lobo para el hombre” (que ya tenía cierta antigüedad), pasando por el de somos seres para la muerte, lo que han primado son las concepciones de humanos desgraciados y poco dignos de habitar el planeta. 

Así que hablar de felicidad se tornó arriesgado, y se llegó a decir, como lo sugiere Savater, que “nunca ha estado del todo claro si el secreto de la felicidad consiste en no ser completamente imbécil o en serlo”. La felicidad es para tontos, se rumora en corrillos y cafetines. O, ya en el mundo del capitalismo, se aduce que la felicidad está conectada con el dinero y la idea de éxito, o con el consumo, o con la posesión de bienes materiales. Con la vanidad y el narcisismo, como puede pasar en la novela Las amistades peligrosas, de Choderlos de Laclos. 

Russell comienza a preguntarse qué es lo que hace desgraciada a la gente y a partir de ahí inicia un recorrido que atraviesa la familia, el trabajo, el aburrimiento, el sentimiento de culpa…, con el fin de detectar las causas tanto de la infelicidad como de su antónimo. Y todo esto puede servir a los interesados para aplicarlo en detectar por qué los colombianos son los “reyes mundiales de la felicidad”, o si se trata, por el contrario, de una simulación. 

La encuesta señala, por otra parte, que los ateos son los más felices del mundo, tal vez porque no están pensando en pecados, o en rezar con el fin de empatar. La unión Europea, con los niveles de vida más altos del globo, registró los más bajos porcentajes de felicidad. Así que habría que volver a empezar: ¿qué diablos es la felicidad? 

Oh, capitán, mi capitán, tal vez la felicidad (¿una quimera?) nada tiene que ver con el poder político ni con el prestigio ni el éxito; quizá, solo tenga relación (lo dice Epicuro) con la conversación amena, las artes y la gratificación sexual. O, más simple aún, con la mirada amigable de un perro. 

( * ) Nota enviada por el autor.

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