2016, ¿educados para matar el tiempo?

Por: José Ángel Leyva/ Tomado de La Otra

José Ángel Leyva
José Ángel Leyva


Desde niño pensé en el o los sentidos de la competitividad, tan cercano al concepto de competencia. Mi padre, profesor y director de primaria en la sierra de Durango, solía desbaratar en sus hijos y en sus alumnos cualquier impulso o instinto de superioridad de unos sobre los otros. Fomentaba, eso sí, con mucha energía el espíritu de superación y de esfuerzo. Premiaba la capacidad surgida de la pasión y la entrega, del tesón. Ser competente no significaba rivalidad, enemistad, oposición, sino en todo caso habilidad, pericia, talento, facultad. El desarrollo de una capacidad al servicio de uno mismo y de los otros. Capacidad para comunicar a los demás los sueños propios y para contagiar la ética del respeto a la vida, para ser un día útiles no sólo a sí mismos sino sobre todo a la sociedad. Porque repetía, todos cosechamos lo que sembramos y los que se apropian de la cosecha ajena tarde o temprano la pierden del mismo modo. Mi padre, por supuesto, era un idealista inconfeso. 

“Nada más difícil que educar”, me digo, al pensar en mis hijos en el horizonte universal y local de la historia contemporánea y sus presagios. Cuando mi padre murió, asistieron cientos de personas de la sierra y de otras localidades a despedirlo. Él no aspiraba a cambiar el mundo, sólo trabajaba para hacer mejores personas, buenos ciudadanos. Yo si me enrolé en la militancia del sueño comunista y terminé detestando el autoritarismo y la dictadura no del proletariado, sino de unos cuantos líderes y burócratas que pretendían enseñar la felicidad a millones de seres sin voz ni voto y a costa de purgas, masacres, sacrificios, sospechas, presidios y campos de “exclusión”. Los fines negados por los medios, la imaginación perseguida por el dogma.
Tras la caída del Muro de Berlín y el fin de la Guerra Fría vinieron los anuncios del fin de los paradigmas, la Aldea Global, el desarrollo sustentable, la era de las democracias, el adiós de la ideologías y de los fanatismos religiosos, el final de la historia, la decadencia del capitalismo y la escritura de una nueva página en la sociedad planetaria. Pero tener, más que ser, es el núcleo duro de las conductas comunes, el timón que rige la competitividad más que la competencia. Ya lo señaló la más reciente premio Nobel de Literatura Svetlana Alexievich, cuando se le interrogó sobre los motivos más hondos que impulsan a la nueva sociedad bielorrusa y rusa: la gente muere por poseer la novedad tecnológica o por vivir unos instantes la ficción y el sueño de la moda. 

En millones de casos hombres y mujeres mueren y matan por un buen salario. Sicarios y mercenarios son el extremo de una mentalidad basada en el fin que justifica los medios. Competir en la cadena biológica no con el principio de creación y superación, de perfeccionamiento ético y moral, sino en el ejercicio de la depredación y la eliminación del otro, como obstáculo, como objeto a desechar. ¿Qué otra cosa enseñan los juegos interactivos sino destruir al oponente, a limpiar el camino del deseo y de la meta? El individualismo más feroz se enraíza en todos los niveles de las relaciones humanas. La amistad, el amor, las empatías se tejen y perduran cada vez más sujetas al clavo de las ambiciones personales, de la rivalidad y de los intereses de “superación” material. La política se vuelve o se exhibe como un juego interactivo de destrucción de obstáculos y oponentes. La política sin idealismos y sin aspiraciones de concordia o de transformación de mentalidades a favor de la sensatez y el respeto a la naturaleza y el hombre. 

Claro ejemplo son los bombardeos de las naciones más poderosas sobre poblaciones civiles, la venta indiscriminada e ilegal de armas, posesión de recursos naturales a toda costa y empobrecimiento de grandes masas. Millones de personas desplazadas por el terror y el hambre, por la desesperanza. Ejecuciones intimidantes y monstruosas como la de los estudiantes normalistas de Ayotzinapa, en este país donde educan no los profesores sino las televisoras, donde la realidad es una telenovela de cretinos y ladrones. De pronto se me vienen en oleadas las imágenes del filme “La sal de la tierra” de Wim Wenders, sobre la vida y los testimonios visuales del fotógrafo brasileño Sebastião Salgado. La humanidad en su más cruda representación destructora y en su capacidad para ejercer la crueldad sin remordimiento alguno.
No es fácil sobrevivir cuando se nos educa para una realidad equivocada, no es fácil educar sin caer en la tentación o la debilidad de conceder autoridad al capricho y el desplante egocéntrico del “triunfador” forjado en los más excelsos programas de dibujos animados en los que el fracaso y la derrota son sinónimos de inferioridad y pobreza, de cuando se nos enseña que el otro no es tu prójimo sino tu rival y tu oponente. No sólo la miseria y la marginación, el desaliento social son caldo de cultivo para reclutar sicarios y mercenarios, también lo es la idiosincrasia del sálvese quien pueda, del cinismo y la indolencia, del odio racial y el miedo a los de fuera. Es tiempo entonces de volver a las perspectivas de los grandes rebeldes, de los inconformes irredentos, de los maestros que enseñaban que el tiempo propio y ajeno es invaluable, quienes con su ejemplo daban a entender que la palabra carece de sentido si no vale, si ha perdido sus significados. Cómo decía el poeta Juan Gelman: “El hombre es memoria ¿o qué?” Construyamos un porvenir cotidiano sin renunciar a la memoria, sin abandonar la búsqueda y la pregunta, sin dejar un momento de aprehender y aprender las lecciones de la historia unas veces como drama y otras como comedia. Comencemos quizás por hacer ciudadanía, por exigir el derecho a decidir, a ser, a formar parte de nuestro destino individual y colectivo. Feliz 2016 a los lectores de La Otra.

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