40 años de imaginación con la Libélula dorada

No. 7314 Bogotá, Lunes 8 de Febrero de 2016 



40 años de imaginación con la Libélula dorada
Entrevista con Iván Álvarez. 


“Hacer un teatro de calidad que perdure en la memoria del espectador siempre será difícil” 


Por: Ileana Bolívar. 



1974, mientras que Alfonso López Michelsen se proclamaba nuevo presidente de Colombia y el grupo guerrillero del M-19 robaba la espada del Libertador Simón Bolívar expuesta en el museo Quinta de Bolívar de Bogotá, dos jóvenes ilusionados con hacer teatro empezaban a dar sus primeros pasos en la creación de un grupo teatral enfocado a los títeres. 

Gracias a que en Colombia se crea la primera escuela de teatro para títeres y pese a que este parecía estar condenado a ser un divertimento propio del mundo de las fiestas infantiles, los hermanos Álvarez, César e Iván, iniciaron su camino hacia la formación de su propio grupo y fue en 1976 que fundaron La libélula dorada, que este año cumple 40 años de labores. 

Durante cuatro décadas, La Libélula ha jugado un destacado papel por dignificar el títere “enalteciendo con fina presencia su rango poético, hasta llegar a ganar importantes espacios en las principales ciudades del país”, afirma Iván. Y es que su clara convicción de constituir un espacio de reflexión en torno a la libertad y los valores a través de la imaginación de obras dirigidas a niños, jóvenes y adultos, han hecho de este grupo teatral un ícono cultural y artístico para la ciudad. 

-Recurramos a la memoria, ¿Cómo fueron los inicios con La Libélula? 

Bajo nuestro puente existencial ya han pasado cuatro décadas vividas con intensidad. Así es que con el paso de los años, recurrir a la memoria es como sumergirse en un pozo profundo que cada vez se torna más oscuro. Pero a la hora de contar y tratar de explicar lo que teje de manera misteriosa la propia vida, podemos decir con trazos breves, que nuestros orígenes nos llevan al Teatro Cultural del Parque Nacional, donde siendo muy jóvenes, en el año 1974, César y yo, ilusionados con la idea de hacer teatro de actores, nos inscribimos en un curso de tres meses dirigido por el grupo de teatro Acto Latino. Dos años más tarde, en ese mismo lugar, el grupo de títeres El Biombo Latino, auspiciados por Colcultura, funda la primera escuela de teatro de títeres del país. Allí en el curso de un año que duraba este proyecto de educación titiritera, adquirimos nuestras primeras herramientas, montamos “Préstame tu sombrero”, nuestra primera obra con cinco integrantes de la escuela y al final, fundamos junto con Manuel Martínez, nuestro grupo La Libélula Dorada .



Nuestras siguientes obras fueron “La Rebelión de los títeres” y “Los héroes que vencieron todo menos el miedo.” A partir de allí el vuelo fue continuo, pero nuestro peregrinar por los lugares de ensayo muy inestable y diverso. En sus inicios lo hicimos en la sala estrecha de nuestra casa, en un salón alterno del auditorio León de Greiff de la Universidad Nacional, en una pequeña alcoba que nos alquiló El Teatro Taller de Colombia, en su primera sede en el barrio la Candelaria, luego, en una casa por nosotros arrendada en la población de Villa de Leyva, en la sede del centro del Teatro libre, en la casa de ensayo del grupo de música indígena Yaky kandru, en un bar llamado “Barroco”, o de nuevo en nuestra casa en el 7 de agosto, hasta que logramos gracias a nuestro trabajo y nuestro propio esfuerzo, conquistar los recursos suficientes, para poder alquilar un apartamento en un tercer piso, muy cerca al Palacio de Nariño y una calle de viejas prostitutas, en donde permanecimos durante una buena suma de años. Hasta que por fin, la buena fortuna y nuestra batallada trayectoria, nos permitieron ser ganadores de los premios de solidaridad de la Fundación Ángel Escobar. Gracias a ello, adquirimos una casa propia en el barrio Alfonso López Norte, donde, hicimos funciones en el patio, o talleres en el garaje y por medio del programa de Salas Concertadas, logramos construir una sala con capacidad para ciento veinte personas. Desde entonces, con más de veinte años de estar abierta, contamos con una programación continua, que enriquece el panorama cultural y alternativo de nuestra ciudad, en diversas expresiones del arte. 

-En cuarenta años las dificultades han tenido que ser bastantes… 

Lo más complicado en el arte como en la vida, no sólo de nosotros, es estar satisfechos. En especial los artistas suelen ser seres insatisfechos. Uno siempre desea lo mejor, pero ese deseo es una lucha permanente, no sólo con el afuera, sino ante todo con el adentro. En cuarenta años, que pueden bien ser media vida, hemos tenido que enfrentarnos a una sociedad donde la ignorancia y la frivolidad, tanto del Estado como de sus ciudadanos, no son el más vivo ejemplo, de sensibilidad artística y crecimiento del espíritu. El subdesarrollo es también un estado del alma. ¿Qué podemos esperar de una sociedad adulta, que todavía condena a muchos de sus niños a morir de hambre, de abandono, o por la violencia, o la indigencia? Los presupuestos más altos aquí, siempre han estado al servicio de la guerra. Nosotros, en contravía, nos hemos ocupado de forjar un espacio para la imaginación, pero no muchas veces nos hemos estrellado contra la indiferencia. Lo que nosotros hacemos nos cuesta y nos pide convicción, constancia y disciplina. Vivimos en un territorio minado por el odio y la codicia. Las relaciones humanas están viciadas. Nos falta mucho desde el punto de vista ético para forjar un mundo de verdad más humano, más allá de la avaricia, la competencia, la desconfianza con el otro, o la ulcerada envidia, que ennegrece corazones. Todo eso sumado, de una u otra forma, visible o invisible, son aspectos de esa dificultad. 

Menos mal hemos sobrevivido y persistido, gracias a que por encima de nuestros desfallecimientos, el entorno cruel y enfermo que nos rodea, o las propias miserias personales, hemos creído que nuestra causa a favor de la imaginación más que necesaria, es imprescindible. 

-¿Cómo ven la evolución del teatro, especialmente el de los títeres? 

No es nada fácil analizar y condensar con pocas palabras, y sobre todo lucidez, tantos años. El mundo y la historia van a una velocidad vertiginosa, tanto, que ya no nos da ni tiempo de detenernos a pensar en lo que pasa. Cuando nosotros aterrizamos en el mundo de los títeres, el teatro de muñecos en nuestro país, era muy precario, apenas asomaba tímidamente la cabeza en nuestra sociedad y permanecía en los márgenes, o a la sombra del teatro de actores. Eran escasos los grupos y las salas de títeres, y si se contaban con los dedos de una mano, sobraban muchos dedos. El títere parecía estar condenado a ser un divertimento propio del mundo de las fiestas infantiles. Sin embargo, poco a poco, se fue perfilando un pequeño movimiento, que fue dignificando al títere y enalteciendo con fina presencia su rango poético, hasta llegar a ganar importantes espacios en las principales ciudades del país. En eso la Libélula, junto a otros grupos, ha jugado un papel destacado. Aún así, no podemos cantar victoria. Todavía la cultura adulta pesa sobre nuestro imaginario y el teatro de títeres, parece ser exclusivo o reducido, al mundo de la infancia. Hace falta minar ese prejuicio y forjar un movimiento de teatro de títeres también para adultos, el cual le permita explorar nuevos caminos, tanto en los contenidos como a nivel de sus formas, que sabemos es amplio, rico e infinito. A su vez, urgen relevos generacionales, fortalecimiento de nuevas generaciones de titiriteros, mejores políticas que favorezcan el crecimiento del sector, tanto en cantidad como en calidad, y que se incentiven los festivales y los espacios de formación, así como un mayor reconocimiento a los grupos de mayor relevancia y esmerada trayectoria.



¿Es más fácil hacer teatro hoy que antes? 

Hacer un teatro de calidad que perdure en la memoria del espectador siempre será difícil. Ese es un privilegio que se tiene que ganar con talento y trabajo. Cada época entraña sus pros y sus contras. En el momento en que nosotros comenzamos el teatro de títeres no tenía mayor reconocimiento, así es que generar público para este arte no era tarea nada fácil. Los que tenemos un público en nuestras salas y una imagen nacional, la hemos forjado a pulso, desafiando todo pronóstico. Soñar con vivir con dignidad del oficio era todo un reto. Hoy en día por parte del Estado hay más estímulos, hay más eventos culturales, hay mayores medios electrónicos que te permiten tener más proyección. Pero también hay más espacios de formación e información para teatro de actores, de tal suerte, que haya ido en notorio aumento la población artística en el país y la competencia se torne cada día más grande y dura. En nuestro país el arte para la gran mayoría sigue siendo un lujo, o algo extraño a su experiencia cotidiana, a pesar de que se hagan más eventos gratuitos. En el campo de las artes en general hay todavía mucho por hacer en la conformación de públicos y hábitos culturales, y eso no forma parte de la cultura política y de las luchas por mejores niveles de vida, donde el derecho a la cultura se vuelva fundamental para el desarrollo de un país. 

-En tiempos en donde se habla de paz, ¿Cómo la labor que ustedes realizan aporta a esta? 

Lo que nosotros hemos hecho forma parte de esa gran utopía que es la paz. Los espacios artísticos siempre son territorios de paz, de confraternidad, de comunión, de cohesión social. El lenguaje del arte invita a la libre confrontación pacifica de las ideas, al debate público. Nosotros desde que comenzamos hemos alentado y sostenido ese espíritu. Nuestras obras sin pretender ser didácticas o moralistas a ultranza, son formativas, fortalecen valores éticos que nutren los lazos de ayuda mutua, el respeto por el otro, la libertad, la justicia y la convivencia no violenta. 

Recientemente, con el auspicio del Instituto de Bienestar Familiar y la fundación Plan, que trabaja por los derechos de las niñas y los niños, realizamos una obra de títeres, en contra del autoritarismo y el maltrato infantil, que es un flagelo de violencia intrafamiliar que crece y se ensaña contra los más vulnerables y los más débiles, en todas las grandes ciudades del país. La cobertura de esa acción cultural fue bastante amplia y gozo de muy buena aceptación por parte de la población afectada. Ese es un ejemplo claro de una pedagogía de la imaginación y de la dramaturgia de los sentimientos y de sus beneficiosos alcances sociales, cuando van acompañadas de arte con calidad y buena voluntad política. 

-El Festival de títeres Manuelucho es uno de los más reconocidos del país, ¿Cómo inicia? 

No podemos afirmar que el de nosotros sea el más reconocido, porque no es el único. Hay otros grupos que hacen esfuerzos semejantes y valiosos en otros lugares del país. Lo loable de todo ello es que hay varias agrupaciones que están creando una cultura del títere en Colombia y ese esfuerzo común, no tiene precedentes en nuestra historia titiritera. Algunos de ellos, incluso, están tratando de crear redes de mutuo apoyo, para favorecer una dinámica de mayor cobertura y circulación de los grupos extranjeros o nacionales. El Festival de Manuelucho nace en el año 2002 como una iniciativa anual del grupo La Libélula Dorada, con el ánimo de fortalecer nuestra programación e impulsar el desarrollo de los títeres en la ciudad, y desde entonces, ha sido impulsado y dirigido por César Santiago Álvarez, con el apoyo logístico de toda nuestra fundación. 

-¿Cómo es la labor de preparar una obra de Títeres? 

En nuestra experiencia es un proceso que va pasando por distintas etapas creativas. Para nosotros es importante tener una buena propuesta dramatúrgica que detone y nos sirva de punto de partida. Esto no quiere decir que el texto sea la parte más determinante. En realidad una obra es una totalidad, una suma de muchos elementos, porque el teatro es el arte de la puesta en escena. La dramaturgia es una construcción de sentido, pero es la puesta en escena, la que al final le proporciona un cuerpo que la vuelve tangible para el espectador. 

Una vez estemos convencidos que el texto escrito nos puede dar herramientas para iniciar una búsqueda, emprendemos un trabajo de estudio de la puesta en escena, para poder traducir en imágenes el universo que queremos realizar. En nuestro caso como titiriteros, esto es, visualizar a través de diversos bocetos el aspecto, el carácter, la forma, el color, o el vestuario, que van a tener, o no, los personajes. Otro componente es imaginar y concretar cuál va ser la dimensión, las atmosferas, la forma, los materiales, las texturas, o los espacios en donde se desarrolla la obra. En algunos montajes todo esto lo hemos hecho nosotros, pero, desde ya varias décadas, preferimos trabajar con ilustradores, diseñadores industriales, modistas, o artistas plásticos, con el fin de enriquecer y diversificar nuestro estilo. Una vez se obtienen esas imágenes estas se convierten en volúmenes. Y para ello, se crea un equipo especial que las elabore en nuestro taller de la mejor manera posible, siguiendo paso a paso, todas nuestras indicaciones generales con las coordenadas propias del mundo titiritero. Entre tanto, los titiriteros hacemos lecturas de interpretación para poder hacer el reparto más ajustado de los personajes, y por último, hacemos un laboratorio de exploración e improvisación, que se va desarrollando con cada ensayo, hasta lograr un esbozo de toda la obra, que se irá puliendo y cualificando en los ensayos generales, con la música, las luces y todos los elementos escenográficos que la compongan. Todo esto es una tarea ardua y cuidadosa que requiere mucha atención, tiempo, recursos, disciplina y esmero, para que los resultados sean óptimos. 

-En términos económicos, ¿Cómo han logrado sostenerse? 

La Libélula Dorada desde sus inicios intento vivir exclusivamente del teatro de títeres a través de una economía solidaria y autogestionada. En sus comienzos nuestra principal fuente de pequeños ingresos se logró gracias al público de los colegios, jardines, fiestas infantiles, o escuelas. Igual mantuvimos una labor sostenida de proyección cultural en reconocidas salas de teatro de la ciudad, en las cuales no existía de manera sistemática una programación infantil. Ese vació lo fuimos llenando nosotros, hasta ir logrando, gracias a la calidad y originalidad de nuestras propuestas, una respuesta cada vez más amplia y satisfactoria del público. Igual hicimos espectáculos de títeres para adultos, que fueron presentados en universidades, salas de teatro, o diversos eventos culturales, políticos, e incluso bares alternativos. 

Más tarde, a la vuelta de los años, nos convertimos en Fundación cultural sin ánimo de lucro, para poder obtener ayudas de carácter privado y oficial. Poco a poco, se fue generando una infraestructura cada vez sólida, con la pretensión de ser autosuficientes. Lo más complicado fue tener mayores recursos para poder alquilar un espacio donde ensayar. Eso tardo en darse, pero una vez lo logramos, gracias a un programa que tuvimos en la televisión infantil, pudimos crear una oficina, un taller permanente y una sala de ensayos. Fuimos a su vez obteniendo premios y reconocimientos importantes, gracias a nuestras obras, las que nos permitieron tener más alcance a nivel nacional e internacional. Reforzamos la parte administrativa y obtuvimos un premio significativo de la Fundación Ángel Escobar. La compra de una casa propia, nos permitió ingresar al programa de salas concertadas, creado por el recién inaugurado Ministerio de la Cultura. Desde entonces, nos convertimos en un centro cultural alternativo para niños, jóvenes y adultos, donde mantenemos una programación diversa y variada. Allí no solo montamos y mantenemos vivo nuestro grupo y nuestro repertorio, sino que a su vez damos cabida a otras expresiones artísticas. En esa lucha estamos y por ahora felizmente permanecemos.

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