Botellas de náufrago (Luna Libros) de Alberto Salcedo Ramos

Tomado de Gozar Leyendo

Botellas de náufrago (Luna Libros) de Alberto Salcedo Ramos

 


Este libro tiene un defecto irremediable: es demasiado corto, pues a pesar de sus casi 400 páginas, 376 para ser preciso, usted queda con ganas de seguir. Este defecto, pues, es una virtud: si uno quiere más es porque está muy bien. En realidad está mucho más que bien y esto se debe a que Salcedo sigue a rajatabla las mismas instrucciones que les trasmite a los lectores en uno de los textos de este libro, donde comienza por decir que su compromiso de escritor es con el texto, que “el reto de quienes escribimos consiste en trabajar mucho para que no se note lo mucho que trabajamos”. Y añade que lo primero es la claridad para decir enseguida: “creo que la voz, además de sonar natural, debe ser sincera. Eso se logra cuando el escritor está en comunión con el lenguaje, y cuando se preocupa más por lo que escribe que por quienes lo leerán. Al texto hay que darle solo lo que necesita. Ir más allá es forzarlo, volverlo artificioso. Un autor que utilice el oficio como un simple pretexto para lucir inteligente, irrespeta la escritura y, en consecuencia, atropella a los lectores”. 

En Botellas de náufrago Salcedo aborda el texto corto, el comentario que no pocas veces es minicrónica y adapta su sabiduría de gran cronista a las necesidades que demanda esta extensión, como el ritmo, que es otro, y como la distancia del redactor con el texto. Si en la crónica el ‘yo’ del escritor aparece sólo cuando es rigurosamente necesario, aquí hay más relatos de su propia vida y el tono es otro, más coloquial, como si hablara con uno al oído en trayectos de tres, cuatro, no sé, ¿cinco?, páginas por nota. Aquí Salcedo conversa contando breves historias, anotando –y hasta repitiendo– algunas citas que lo han deslumbrado, citas siempre pertinentes, que se incorporan con naturalidad al torrente narrativo y que le ponen sal y humor al palique. Salcedo conversa y cuenta cosas de su vida, recuerda su infancia en Arenal, evoca a sus abuelos con asuntos que a todos nos incumben: “Hace poco mi abuela Elvia –noventa y dos años– me soltó esta perla: ‘Cuando uno está joven gasta salud buscando plata y cuando uno está viejo gasta plata buscando salud’”. Además escribe la banda sonora de su vida, dedica trece párrafos para hacer una sentida elegía de su amigo Jorge García Usta, se detiene en los deportistas que admira y en los cantantes que son suyos; por ejemplo, le dice a Héctor Lavoe: “lo tuyo no era la asepsia sino el disturbio de los sentidos: tú no cantabas para que se oyera bonito sino para que se estremecieran hasta las piedras”. 

La brevedad de cada texto posibilita incluir en el libro muchas notas, exactamente 96, que se presentan por temas: un capítulo, el final, de testimonios de admiración, otros dedicados a deportes y a música, uno más sobre el modo de ser colombiano (donde se nota cómo Salcedo construye sus párrafos a partir de hechos o de recuerdos, nunca de opiniones o abstracciones, mucho menos de ideologías), otro con minicrónicas y perfiles, el primero dedicado a divertimentos, uno –central– con consideraciones sobre su oficio de cronista, además del que lleva por título “Caribe soy”. Y aunque existe ese capítulo especial sobre el mundo coralibe, esta calidad atraviesa transversalmente el libro. Éste es un libro caribe, explícitamente caribe, amorosamente caribe. Sin embargo, usted puede ser un bogotano nacido en Antioquia y residente en los llanos o en Pasto, en fin, usted puede no ser caribe (es mi caso) y podrá disfrutar este libro a plenitud precisamente porque fue escrito con una euforia superficial y profunda, una euforia plena, procedente del gozo de vivir. 

Una cita de Botellas de náufrago


“La mejor edad sería una en la cual uno tuviera la despreocupación de un bebé, la memoria de un púber, la insensatez de un quinceañero, la agilidad de un muchacho de dieciocho años, la gracia de un mozalbete de veinticinco, el espíritu maldadoso de un soltero de treinta, la seguridad de un cuarentón al que las cosas le van bien”.

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