Cinefagos: El horror en fuera de campo

Por: Oswaldo Osorio 


Esta no es solo otra película sobre el holocausto nazi, porque tiene una propuesta que marca la diferencia en el dispositivo formal que aplica a su punto de vista. No obstante, este dispositivo si bien es su gran apuesta narrativa y formal, también puede ser un lastre para la conexión con el espectador, una cuestionable decisión a priori que se impone a cualquier otra necesidad argumental o dramática de la historia. 

El dispositivo es contar toda la historia con una cámara siempre puesta sobre el hombro o el rostro del protagonista, apenas muy eventual y caprichosamente muestra lo que este mira. A pesar de esta autoimpuesta limitación, el relato puede dar cuenta de la maquinaria asesina de los nazis en un campo de concentración. Solo con algunas imágenes que se cuelan por el rabillo del lente, y con el fuera de campo, es posible revivir la crueldad y absurda inhumanidad de aquella histórica situación. 

La película no plantea una trama convencional, apenas una excusa argumental para dar cuenta de aquel horror: el protagonista se obceca en buscar a un rabino para darle sepultura a quien parece que es su hijo. En su desesperado deambular por conseguir lo que desea, lleva desordenadamente al espectador a cada uno de los pasos del macabro proceso de exterminio, en el que se puede constatar que lo más macabro de todo es la participación de los mismos judíos, como Saúl, en toda la operación. 

Y esto es lo más interesante del filme y la clave de su propuesta, que no se ven a los judíos de todas las películas, esa masa de víctimas que sufren vejaciones mientras esperan la muerte, sino que solo están los sonderkommando, judíos que hacen de obreros de todo el proceso asesino. Esta debe ser la razón para esa decisión formal, por medio de la cual el espectador siempre es testigo de esa actitud fría e indolente de este tipo de judíos ante lo que allí sucede. 

Uno de los inconvenientes de esta propuesta es que lo nazis, como en muchas películas, son de nuevo villanos de historieta, pues quedan reducidos a un cliché en ese fuera de campo que construye casi la mitad del relato. Otro de los inconvenientes es la monotonía de la imagen, casi siempre concentrada en el impertérrito rostro de Saúl, al punto que gran parte de la información se conoce es por el audio y por los diálogos. 

De manera que esa es la gran paradoja de esta película, que su audaz propuesta es lo que la define y marca la diferencia con todo lo que antes se ha hecho, pero también es una decisión formal que trae consigo serias restricciones. Aun así, es innegable la potencia de este relato y el diferencial punto de vista que plantea del holocausto, una vuelta de tuerca que trae algo nuevo a un tema y un arte en el que parecía que ya todo estaba dicho.

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