Cuenta de cobro

Por: Alfonso Lobo A. “Lobito” 



La expresión “La cuenta de cobro” es comúnmente utilizada por la gente en el sentido de que “lo mal hecho se paga temprano que tarde” (karma en la cultural oriental), pero lo cierto es que a menudo vemos que muchas personas hacen cosas “malas”, pasa el tiempo y uno no ve que la justicia humana o divina los castigue. 

Esta apreciación, sobre estas “acciones negativas o malignas”, no es totalmente cierta, pues se desconoce que pagar por las acciones, que dañan a los demás, o retribución por las buenas que benefician al prójimo, no sólo se refiere al aspecto físico o social, en el sentido de“ojo por ojo”. A diario vemos que se cometen robos, crímenes, violaciones e injusticias de todo tipo y los autores no van a la cárcel; por el contrario, muchas personas inocentes, van a una cárcel a pagar por lo que no hicieron, entonces se piensa que eso de “La cuenta de cobro”no cuadra; es cuando se dice “que la vida es injusta” o que “la justicia es ciega”. 

Este malentendido es porque “La cuenta de cobro” no sólo se refiere a lo físico o social, tal como un carcelazo, quiebra económica, enfermedad, separación, etc., “La cuenta de cobro”, más que todo, se refiere al peso enorme psicológico en la conciencia, con la que tiene que cargar, día y noche, la persona. Por eso se dice que el cielo y el infierno no son lugares físicos sino estados de Conciencia alterada. Un sentimiento de culpa permanente, un pensar, a toda hora, en lo mal hecho, es fuego interior que no apaga ningún agua. 

El que ha actuado mal, aunque nadie lo haya visto, el sentimiento de culpabilidad será la sombra que lo acompañe a todas partes, hasta la tumba. Como todo en la vida se puede aparentar: amistad, amor, compañerismo, familiaridad, etc., a veces se cree que la persona que ha actuado mal es toda fresca y no se le da nada, esto es sólo en apariencia porque, allá en lo profundo de su conciencia, la voz interior, el testigo silencioso, el ojo divino, siempre le recordará por lo mal hecho y esa persona vivirá con el temor permanente de que algún día llegará “La cuenta de cobro” y hará presencia por donde más le duela, bien sea en su propia humanidad, como es el caso de una enfermedad o en forma de tragedia de sus seres queridos. Permítame ilustrar este asunto con unas anécdotas. 

1.– El lotero, me contó, con sentimiento de culpa, sentirse muy mal por algo que había hecho. A un viejo médico, quien por años le había comprado la lotería, una vez ganó un buen premio y él, en forma astuta, cambió el billete ganador. Como era un buen dinero, se le arregló la vida pagando deudas y comprando muchas cosas. Para desahogarse de la culpabilidad quiso hablar conmigo y me soltó el rollo y me dijo que ese suceso, que había sido muchos años atrás, lo hacía sentir mal y que siempre tenía el temor de que la vida, temprano que tarde, le pasaría “La cuenta de cobro”. Después supe por un amigo de él que se había arruinado y divorciado, pasando sus últimos años de vida viviendo solo. 

2.– Un profesor, compañero en la universidad, quien tiene un bello hogar, una excelente esposa, madre de sus tres niñas, me contó que era infiel a su mujer con una secretaria de la facultad. Cuando terminó de referirme el secreto le hice unas preguntas, pidiéndole que respondiera con la verdad, pues necesitaba esas repuestas para el libro que yo escribía (La vida es como es). Con sinceridad en sus palabras respondió a mis preguntas: 

—Cuando llega usted a su casa y su fiel esposa lo recibe cariñosamente, con la comida en la mesa y le pregunta cómo le fue: ¿usted responde con mentiras y no se le da nada? 

–Por supuesto que sí, profesor Lobito. Me siento mal, como un mentiroso y traicionero, desleal a un juramento…. ¡Me siento como un diablo! 

–¿Y eso le dura por un día?… 

–No. Esa culpabilidad de traicionero, de infiel, no se va así por así, siempre se recuerda haciéndolo sentir a uno mal. Y lo peor es que vivo pensando que la vida me va a pasar “La cuenta de cobro” algún día. 

3. —Luego de una charla de Autoconocimiento en una universidad, se me acercó un hombre joven, pidiéndome aceptara tomar un tinto para contarme algo. En la cafetería de la U.me contó que, años atrás, había matado sigilosamente a dos personas y que ese sentimiento de culpa siempre estaba con él y el permanente temor de que la vida la pasaría “La cuenta de cobro”, tarde que temprano. Su angustia permanente era porque estaba casado y tenía hijos. Vivía con el temor y la angustia de que le pasara algo a su esposa o a sus hijos. Me pidió que le enseñara como quitarse de encima ese sentimiento de culpabilidad. Después de ese día nunca lo volví a ver. Después supe que su esposa se había enterado de lo que había hecho y lo había abandonado llevándose sus hijos sin saber para donde. 

El daño que hacemos a otros, finalmente da la vuelta y regresa a nosotros.

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