Dialogo con Samuel Jaramillo - Parte II

No. 7307 Bogotá, Lunes 1 de Febrero de 2016 



Dialogo con Samuel Jaramillo autor de Dime si en la cordillera sopla el viento (Parte II)


Samuel Jaramillo
Samuel Jaramillo

 


Por: Jorge Consuegra 


-Dime si en la cordillera sopla el viento es muy ágil y legible, y captura la atención del lector que siempre quiere saber qué sucede en las páginas siguientes. Y al mismo tiempo tiene mecanismos formales sofisticados y complejos. ¿Se dirige a varios tipos de lectores? 

Es lo que espero, no sé si lo logre. Los refinamientos formales a los que aludes no son gratuitos. Responden a que de manera paralela al relato de las historias ya referidas, la novela explora en otras dimensiones. Una de ellas tiene que ver con quien narra que en realidad es un personaje de la novela. Al principio es casi transparente, pero va tomando cuerpo a medida que va filtrando pistas sobre su vida y finalmente es uno de los personajes centrales. Es un hijo de una de las muchachas de la fotografía, un hombre de una edad parecida a la mía y que narra desde el presente. Se propone reconstruir esta historia familiar; más que para buscar la verdad detrás de ellas, algo elusivo y quizás imposible, lo que se pretende es comprender cómo se estructuran estos relatos colectivos para adquirir sentido, algo indispensable para vivir el presente. Busca en las distintas versiones de diferentes personajes, en otras fuentes alternas. Y participa al lector de esta empresa. Discute con él, le consulta diversas interpretaciones, incluso hace algo similar con los personajes. 

Y este narrador indaga sobre otro asunto relacionado, pero distinto. Se pregunta sobre la manera como se construye el relato. Cómo toma cuerpo la narración literaria. También en esto el narrador hace partícipe al lector de estas inquietudes. La estructura de esta novela, las decisiones formales que toma el narrador están asociadas a estas consideraciones. 

Para muchos los acontecimientos que conforman la existencia humana son una masa intrincada y continua de acontecimientos que se deslizan indiferenciadamente a lo largo del tiempo. Pero el narrador no los puede contar de esa manera. Tiene que darles forma. Y la narración tiene leyes perentorias sobre esa forma que no son fáciles de desobedecer a riesgo de fracasar en la construcción de un relato legible. Pero, ¿de dónde surgen estas leyes, estas pautas tan exigentes? Una posibilidad es que esto se desprenda de la estructura y las limitaciones de nuestra mente. El que cuenta tiene que ordenar los hechos contados de una manera que se adecúe a las posibilidades relativamente simplificadoras de nuestro cerebro. Es la hipótesis de algunos lingüistas estructuralistas, como Julien Greimas. Pero en la novela se avanza otra posibilidad. Es factible que estas normas no sean una simplificación de la mente humana sino una característica estructural de los hechos mismos. Ellos no son informes. Tienen forma. En este caso lo que busca el narrador es una forma del relato que se adapte a la forma de lo contado. No inventa las formas. Las descubre. Y, claro, puede acertar o fracasar en ese intento. 

Algunas de las decisiones formales de la novela responden a estas consideraciones. Ya hemos visto el papel de la imagen de las tres muchachas que inaugura el relato. Es el eje del relato y las distintas líneas subordinadas van y viene alrededor de esta fotografía. Ella va acumulando sentido a lo largo de las páginas de la novela y retorna para su remate, provista una significación reforzada. 

Otra decisión formal. Si en la historia los acontecimientos no son un fluir continuo e indiferenciado, los hechos tienen límites, como los cuerpos tienen bordes espaciales. En la novela lo contado en la segunda parte empieza y concluye con dos hechos que son sus fronteras. Aparentemente son eventos muy distintos. Pero el narrador encuentra su parentesco. Son seis años que terminan con la escena de un muchacho, un niño de doce años que recorre un sendero en las montañas que frecuenta desde que se acuerda. Y de repente, advierte que hay algo desacostumbrado que no sabe bien en que consiste. Al fin descubre la anomalía y ella constituye el fin de toda una etapa narrativa. Su comienzo arranca con la escena de una de la muchachas de la fotografía, que lee un periódico y va avanzando en su lectura que conoce de memoria pues está familiarizada con la estructura del diario. Y de repente, percibe algo desacostumbrado. Lo que encuentra constituye la frontera inicial de esta fase. El fin de la primera parte y el comienzo de la siguiente. 

La novela tiene una tercera sección que significativamente se llama “los adioses”. Durante la narración se ha convocado a una serie de personajes para acompañar al lector y al narrador en el relato. Se les convoca, a la manera con la que los espiritistas invitan a los espíritus. Como un acto de cortesía, se les acompaña a la salida, como personajes que se retiran de la escena. Se les sigue para que el lector se entere de su suerte ulterior. El primero de ellos es la historia misma cuyo desenlace nodal aparece como despedida. Luego cada uno de los personajes. Y el último, el narrador mismo que escribe la última frase de la novela y desaparece. 

-Tal vez esta pregunta se la han hecho muchas veces, pero ¿cómo es que un poeta que ha escrito poesía por décadas pasa a la narración? Esta no es su primera novela. Antes había escrito una novela histórica sobre la vida de Francisco José de Caldas “Diario de la luz y las tinieblas”. ¿Tiene riesgos este tránsito de un género al otro? 

Tiene riesgos, indudablemente. La poesía y la narrativa se construyen a partir del lenguaje. Pero sus herramientas son bien diferentes. La poesía se apoya en la multiplicidad de sentidos de la palabra y sus logros son la creación de atmósferas, la iluminación repentina de una intuición, el deslumbramiento de una imagen A veces cuenta algún episodio sencillo, pero este no es su fuerte. La narración puede tener una superficie verbal esplendorosa. Pero su fundamento es otro, el acontecimiento. Y todas las reglas y pautas que se articulan a su plasmación a las que hemos aludido. Apunta a la captura de la atención del lector, a intrigarlo y sorprenderlo, a establecer paralelos o contrastes inesperados que enriquezcan su percepción. Un riesgo muy reiterado es atravesar la frontera entre los dos géneros y seguir utilizando los recursos del género de donde se viene- El resultado son esas “novelas de poeta” donde ocurren pocas cosas, o nada, y donde todo se va en alusiones y símbolos estáticos o inasibles. Los lectores las abominan. En esto, es peligroso pretender convertirse en anfibio si se es terrestre. Hay que volverse acuático. Narrador pleno. Es lo que he procurado hacer con esta novela. Pasan cosas y se acude a las leyes de la narración. Intento seducir al lector de historias. El que tiene la fruición por anticipar el desenlace. El que establece las conexiones que el narrador le propone. Esto no quiere decir que la prosa sea pedestre o simplona. Todo lo contrario. Pero esto está puesto al servicio del relato. 

-Hablando de anfibios, le haré otra pregunta que probablemente también se la hacen con frecuencia. Usted es un economista y urbanista. Escribe artículos y libros en estas disciplinas que circulan en Colombia y América Latina. Da conferencias y participa en seminarios. ¿Es difícil hacer compatible este tipo de reflexión con la escritura literaria? 

Le respondo de una manera similar a la anterior. La literatura y las ciencias sociales constituyen dos aproximaciones a la realidad que son distintas pero no son incompatibles. Por el contrario, son convergentes. Pero siempre y cuando se respeten las respectivas potencialidades y limitaciones formales. Los textos de ciencia social, cuando están bien escritos, tienen la virtud de que convencen. Su ventaja es la exactitud y la congruencia. La narración puede ser más penetrante, si logra eso que ya mencioné, brindar la ilusión de que lo que se cuenta en realidad lo vive el lector de alguna manera. Las novelas sociológicas, pueden ser muy aburridas y por lo general fracasan en la conexión con el lector. Pero la novela es un género muy amplio y flexible, y si se respetan las pautas formales de la narración, puede e incluso debe, en ocasiones, incluir consideraciones filosóficas, sociológicas, económicas. 

Me explico: mi novela anterior gira alrededor de la figura de Francisco José de Caldas, que era botánico, astrónomo, geógrafo. ¿Cómo hacer verosímil para el lector este personaje si no se habla de lo que él pensaba en estas materias, cuáles eran sus desafíos y logros en este campo? Algo similar pasa en Dime si en la cordillera sopla el viento. De una parte, los hechos ocurren a lo largo de sesenta años durante los cuales estos parajes experimentan transformaciones sociales y económicas de las cuales estoy enterado con alguna precisión dada mi profesión. Intento respetar estos determinantes con un cierto rigor. Pero de otra parte el narrador y su alter ego, tienen rasgos personales que exigen que se rescate una mirada peculiar sobre esta experiencia. Reitero: el narrador, finalmente es un personaje de la novela. Tiene un interlocutor, su primo, hijo de otra de las muchachas de la fotografía. Los dos tiene un elemento crucial en común: son izquierdistas y activos en política durante su vida. Tiene algunas diferencias, pero en muchas cosas son semejantes- Juan Carlos, el primo es un militante estructurado que sigue fiel a sus creencias y a su organización incluso en épocas de gran dispersión de la izquierda. El narrador participa de esto, pero de manera menos sistemática y tiene la óptica del literato. Pero Juan Carlos es militante, marxista, y una de sus fortalezas es precisamente el manejo de estos instrumentos para interpretar la realidad. Es natural que en la novela este aspecto aparezca y se hable de estas interpretaciones, que tienen una cierta originalidad. 

Termino con esta última consideración. En nuestro país, la izquierda ha tenido pocas oportunidades de expresarse. Pero esto es más severo para aquella izquierda que desde el comienzo escogió intentar transformar el país, pero no con fierros y granadas, sino convenciendo a las mayorías, movilizándolas, organizándolas. En América Latina son estas formaciones las que han logrado formar gobiernos progresistas y muchos cambios que inauguran tal vez una nueva etapa histórica. En Colombia se ha tenido menos suerte en este sendero, probablemente porque la violencia se ha desatado. Los dos personajes referidos, el narrador y su alter ego, pertenecen a esta izquierda civil que quiere hacer cambios tal vez más profundos que otras vertientes, pero por la vía del convencimiento. La novela está contada por estos personajes y allí se puede examinar su perspectiva.



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