El príncipe que se creía leñador


Por: Alfonso Lobo A. “Lobito”. 


Iba el rey en su carroza y en la carroza la reina y en un canastico el príncipe bebé de tres meses de nacido. La familia real se dirigía a otra ciudad. La carreta, tirada por briosos corceles, atravesaba un puente de madera cuando apareció una cobra negra que asustó a los caballos. El carromato patinó sobre el tablado y cayó al turbulento río. Los guardas reales de inmediato reaccionaron y se tiraron al agua para salvar a su rey pero la fuerte corriente arrastró con todos. 

Los gritos de los soldados reales atrajeron al lugar a varios labriegos de la región quienes pronto también se lanzaron a la corriente, pero la búsqueda fue en vano porque todos habían desaparecido bajo las gélidas aguas. Luego de varias horas de búsqueda infructuosa, los campesinos concluyeron que la familia real y los soldados se habían ahogado. Sin embargo, un milagro había sucedido en el silencio del bosque. El bebé, que venía en un canasto, salió a flote; igual que Moisés salvado de las aguas, fue rescatado, veinte kilómetros abajo del puente, por un leñador furtivo. 

El hombre de la serranía, feliz por el hallazgo, llevó el niño para su humilde cabaña y allí lo cuidó. Pasaron entonces quince años y el bebé se convirtió en un mozalbete fortachón de músculos templados, cabellera rubia y porte distinguido, pero igual que a su padre adoptivo, se había hecho un rudo leñador. Un día pasó por la región una mujer gitana que adivinaba el futuro y hacía toda clase de suertes. El leñador y su muchacho accedieron a que le maga les leyera las líneas de la mano. Y fue así que la pitonisa le dijo al muchacho: 

— Tú tienes en las manos la marca de la monarquía real. Eres, nada más y nada menos que…¡ Un príncipe ! Tu destino es ser rey. 

Al escuchar esto, el leñador y el chico explotaron en carcajadas. Con las manos en la barriga, para aguantar el ataque de risa, se tiraron al piso dando volteretas a izquierda y derecha. Luego de varios minutos de convulsión, se pusieron de pie y se treparon sobre una mula. 

La vidente, señalando al muchacho, le gritó a todo pulmón. 

–¡ Te pasa lo mismo que quien niega a la Divinidad, llevándole en su corazón ! ¡Tu ignorancia no te permite ver lo que realmente eres en verdad: semilla de lo divino! !Dios se apiade de tu necedad! 

Los leñadores, sobre el mulo, cabalgaron muertos de la risa. 

Moraleja: El que ríe de lo que desconoce está en camino de ser idiota

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