La importancia de leer sagas

Por: Cindy Roa* / Bogotá. 


Todo empezó con motivo del mega anuncio, cuando J.K Rowling confirmó en sus redes sociales que el libreto-guion en que se inspira la obra teatral de “Harry Potter and the Cursed Child” también se publicaría como libro, dícese una octava historia del mundo de Harry Potter, 19 años después. 

La cuestión es que esa emoción, ese sentimiento de expectativa por un nuevo libro de una autora a la que básicamente le debo el haber estudiado lo que estudié y ser una come libros en potencia, esa felicidad que se siente al saber que sigue expandiéndose un mundo al que deseas llevar algún día a tus hijos y/o al amor de tu vida, y que una vez más estás a la espera de una nueva historia, todo esto resulta difícil de plasmar en palabras, es una sensación tan bonita que terminé preguntándome cómo algunos lo ven como simple lectura comercial y poco profunda. ¿Por qué diablos leer sagas? 

Antes de comenzar, quiero aclarar que nada de lo que digo aquí está escrito sobre piedra, si precisamente lo escribo en /mi/ blog es porque de algún modo refleja lo que pasa por mi cabeza, más no necesariamente es una ley natural que aplique para todos. De hecho, no niego sentir algo de temor por el que mis palabras se malinterpreten o tergiversen, creería que ya tenemos bastante de ello en el diario vivir, con tantos chismes y mafias de las letras clamando ser amos y dueños de la última verdad sobre la Literatura. Pamplinas. Habiendo hecho la claridad, procedo: 

-Las sagas (las buenas- sagas) son sistemas complejos, requiere pantalones entenderlas: leer una saga es un ejercicio de aprendizaje, y el autor da las reglas de juego, a veces te da una geografía determinada, con sus propios territorios, espacios y fronteras. No necesariamente es un espacio real, es más, muchas veces el encanto de las sagas está en sus lugares imposibles de ver pero latentes en las páginas de una novela. En otras ocasiones, el autor propone una mitología definida, con sus limitaciones y alcances: si te hacen runas y eres Mundano te mueres; si eres Muggle, no verás el mundo mágico; si eres un dios y tienes un romance con un humano, tu hijo será un semi-dios; sólo puede haber un Vencedor de cada edición de los Juegos. La lista sigue y sigue, y no necesariamente es una cuestión contemporánea, ya en la Edad Media hacía se alusión a sagas como la de Kórmak (muuuy recomendada) o la de los Volsungos (gracias Islandia). 

Las sagas ayudan a ejercitar la paciencia: usted puede llamarse todo lo Potterhead que quiera, presumir que tiene los libros y que ama la saga, pero hay un valor “agregado” en quienes no tuvimos la suerte de poder ir a una librería a comprar el siguiente libro en cuanto termináramos el primero y así sucesivamente. Para muchos, pasaban meses, años incluso, antes de que las casas editoriales decidieran adquirir los derechos de publicación de la saga, y la verdad sea dicha, es que a veces como lectores nos duele entender que cada proceso editorial tiene su tiempo. No siempre son cuestiones meramente burocráticas, basta con ver a los millones de lectores de G.R.R Martin que, admitámoslo, cruzan dedos a la espera de que “el Gordo no se muera sin haber terminado Juego de Tronos”. Por favor, entendamos que las buenas historias no siempre se construyen en una semana: dar carácter a los personajes, reunir el coraje de asesinar a alguien a quien le has tomado cariño pero que debe sacrificarse por el bien de la historia, así como encontrar la voz necesaria para contar un suceso, no son tareas tan sencillas de conseguir como muchos lectores y editores quisiéramos que lo fueran. Como dicen por ahí, las cosas buenas de la vida toman tiempo. 

Las sagas despiertan la curiosidad: en mi caso empecé con Harry Potter, y desde entonces la lista no ha hecho más que crecer, con ocasionales pausas y respiros entre sagas para dar cabida a novelas “sueltas”, pero no por ello menos valiosas. Hay una parte en la mente de todo lector que busca más personajes, más situaciones fuera de control, más amor, más magia, el abanico de posibilidades es tremendo. Una vez se encuentra una saga que enamora, resulta difícil detenerse. Aún así, no niego que también resulta perjudicial caer en los convencionalismos. Si sólo lees sagas de romance paranormal, es posible que para la quinta-sexta ya nada te sorprenda, misma cosa con la ciencia ficción y los demás géneros. ¿Y si lees algo de romance mientras publican el segundo tomo de esa saga de misterio que te tiene mal?, ¿o si dejas “descansar” un poco la novela erótica para leer algo de fantasía que te recomendaron por ahí?



Las sagas nos cambian: una vez, un genio de la expresión gráfica llamado Liniers escribió en una de sus tiras cómicas “Cuando terminas un buen libro no se acaba. Se esconde dentro tuyo.” pienso que tiene razón. Siempre he creído que la literatura en general se constituye en un viaje emocional que, aunque no sabes con certeza a dónde te llevará, planeas llevar a término, y entre ires y venires, cuando menos lo esperas, eres alguien más humano, más cursi, más darks, más enamorado, más desolado, más apasionado, más reflexivo, más triste, más feliz que cuando empezaste el libro. La diferencia aquí es que en el caso de las sagas, ese viaje se prolonga no por uno, sino por varios libros. Cada uno es una nave distinta, un océano con olas cálidas y tormentosas, todo al mismo tiempo. Si al cerrar un libro no sientes un mínimo de /algo/, lo que sea, es que no estás leyendo, simplemente estás quemando tus pestañas con palabras vanas. 

Por último, pero no menos importante… Las sagas te ponen a leer. Leer en serio: ¿sabía a los 6 años, edad en que leí La Piedra Filosofal, que pasaría el resto de mi vida metida entre libros? posiblemente no. En aquel entonces ni siquiera conocía los alcances del trabajo editorial, o de las muchas personas que con su trabajo ponían un libro en mis manos o en un anaquel de una librería, no. Lo que sí sabía, es que por primera vez, no-estaba-sola, tenía un compañero de papel que siempre tenía nuevas palabras para mí, nuevos personajes, nuevos momentos de júbilo y aventura. No me enamoré del libro como objeto, sino del libro como amigo, ya el tiempo se encargaría de convertirme en editora, y poco a poco me acostumbraría a verlo como un todo, una sinfonía perfecta en la que la historia se cuenta desde la carátula hasta la contracarátula. Ahora, no digo que el ejercicio de leer se quede únicamente en sagas, eso sería querer abrazar la punta del iceberg sin ver el resto, pero no podemos negar que, gracias a sagas (llámese Harry Potter, llámese Crepúsculo, llámese Lord of the Rings, llámese LoQueSeaQueVengaDespués) muchos, /muchos/ empezamos a leer, y queramos o no, estos libros tan golpeados y odiados por muchos, condenados por otros a las reseñas vacías y sin argumentos que abundan por ahí o destinados a adaptaciones cinematográficas que no siempre les hacen justicia, terminaron por pavimentar los caminos para May Alcott, Hemingway, Kafka, Borges, García Lorca y Shakespeare. Cada libro tiene su tiempo, y de momento, intento vivir el mío. 

Espero este mini post los haya divertido y motivado a darle un abracito a esas sagas que desde sus estanterías los han visto crecer, que se han aguantado el dolor de lomo porque siempre los abrimos en las mismas páginas para leer y releer esas frases que con el tiempo se grabaron a fuego en nuestras memorias, o simplemente para recordar a esos personajes que de un modo u otro aportaron a quienes somos hoy. 

*Nota tomada del blog Si no le gusta no lea

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