Queríamos tanto a Julio

Julio Cortázar
Julio Cortázar


Por: Reinaldo Spitaletta 


Si hablábamos de boxeo, ahí aparecía el hombre alto, barbado, de manos enormes, el niño que jamás dejó de crecer: Julio Cortázar. Si comentábamos de música, por ejemplo de jazz, ahí estaba él, con su saxofón imaginario, su perseguidor de fraseos con heroína. Si queríamos enamorar a alguna chica, que también llevaba mochila y los labios despintados, le leíamos un apartado de Rayuela, que aquellos días eran de románticas revoluciones y canciones al Che Guevara. 

Me parece que por aquellas calendas, fines de los setenta y albores de los ochenta, el Cronopio Mayor estaba en todos lados. En el cine, en un parque en el que todavía no abundaban los marihuanos, en los sobacos ilustrados de estudiantes universitarios, en el bus (recuerdo a algunos que lo leían de pie, en el Circular). En la vida. Por allí, alguno se quería parecer a Oliveira, que entonces el sueño de París estaba aún vigente. Por acá, otro era reencarnación de los famas, y alguna muchacha aspiraba a convertirse en la Maga, la uruguayita Lucía, que ni en el patriótico tango aquel. 

Cortázar estaba en las gotas de lluvia (el aplastamiento de las gotas, algunas de ellas, suicidas), en los trenes muertos que había en los talleres de Bello, en las aulas de la universidad. Los días felices tuvieron que ver con las lecturas de sus obras. Tal vez, lo primero, pudo haber sido Casa tomada, uno de sus primeros cuentos, publicado por Borges en Los Anales de Buenos Aires. Para algunos, la alegoría del polisémico relato estaba en que llegaba la revolución. Bestiario nos puso el mundo patas arriba y sus teorías del cuento nos hicieron leer a Quiroga y Felisberto Hernández. 

Sí, Julito, como le dicen los argentinos, aparecía en las conversaciones de cerveza. En las discusiones políticas. Es un propagandista de la revolución cubana, advertían unos. Es un heraldo de los sandinistas, comentaban otros. Cortázar vivió con pasión suma no solo la literatura, sino los terremotos sociales, la música, el boxeo… este último con su Torito, Lucas, La noche de Mantequilla, y el dolor que le produjo la derrota de su paisano Nicolino Locche a manos de un nuevo héroe (muy parecido a alguno de los suyos de ficción): Kid Pambelé, rey de los welter junior. 

“La novela siempre gana por puntos, mientras que el cuento debe ganar por nocaut”, creo que fue una de sus frases más repetidas en aulas literarias. Pero Cortázar también estaba en la calle, en la continuidad (o discontinuidad) de los parques, en la noche boca arriba, en los cafetines nocturnos. Cortázar, de pronto, se nos volvió cotidiano, precisamente él que decía que en lo ordinario, en lo corriente, está lo extraordinario. 

El autor de la ilegible obra 62 Modelo para armar, se nos tornó paisaje del alma. A tal punto que lo queríamos más a él que a sus cuentos, sus ensayos, sus poemas, sus cartas. Queremos tanto a Julio, se llegó a decir, parafraseando el título de uno de sus libros. Lo queríamos porque nos introdujo en la piel felina de los gatos, en la patafísica, en el violín-trompeta de Julio de Caro, en la música de Parker y la voz de Billie Holiday. También en sus magníficas traducciones de Edgar Allan Poe. 

Cortázar, por esos días de llanto de luna, se volvió una suerte de mandala (así se iba a titular Rayuela), de fetiche, de invocación. Había muchachas que se sabían de memoria las cartas que él le enviaba a Alejandra Pizarnik, y muchachos que recitaban fragmentos de Rayuela. Cortázar, el de la “r” francesa, el nacido en Bélgica, el habitante del poblado de Banfield, el de La vuelta al día en ochenta mundos, nos dejó con su muerte en febrero de 1984, un vacío existencial y una nostalgia. 

Cortázar, el que escribió un verso estremecedor: “Tu sombra espera tras de toda luz”, se murió sin dejar de crecer (padecía el síndrome de Marfán). Los diarios de Argentina registraron el hecho con desgano, mientras los europeos se desgranaban en elogios y pesares. “El último fuego de Julio Cortázar”, tituló Libération; se fue un maestro del relato fantástico, dijeron muchos. El poeta Juan Gelman escribió una carta por la muerte del Cronopio, que termina así: “Siempre sentí que tu amor es infinito. Siempre supe que tu obra nos abriga, que tu mejor obra sos vos”. 

Cortázar nació el 26 de agosto de 1914 en Bruselas, como “un producto del turismo y la diplomacia”. Era signo virgo. Hoy estamos conmemorando los cien años de su natalicio.

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