Relato ilustrado por un niño de hoy - Parte II

No. 7325 Bogotá, Viernes 19 de Febrero de 2016 



Por: Marco Polo 


Me sigue. Atrás su tía, para corregir su apresuramiento y los resbalones en la parte húmeda. Bordeamos hacia el sur la represa y buscamos el lugar por donde íbamos hasta el otro lado de ésta playa, protegida con una especie de arrecifes, de rocas cortantes. Pero el sendero no frecuentado en los últimos quince años ya desapareció. Se sumerge en el agua a veces colorada. 

Podríamos cruzar si trepamos la última loma de la orilla, nos llevamos la mano a los ojos y oteamos hacia arriba y descubrimos un pequeño desfiladero, amarillo rocoso y sobre él un árbol de caucho y mas abajo otro de chaparro muy tupido donde parlotean unos negros chamones. Le explico, en qué época conocí éstos pájaros que suelen robar nidos o huevos de otros. Entonces escuchamos la voz de un pato, enojado, recriminando a los cuatro chamones que pretenden comerse sus crías que pían, pero no logramos ver. La voz de la madre pato, es mas fuerte y hace huir a las oscuras aves que chillan de forma metálica con la complicidad de nuestra cercanía. Nos alegramos de haber contribuido a la seguridad de la familia pato

Entonces le digo, que nos acerquemos a la isla donde nos podemos sentar. Es un promontorio rocoso donde sobresale una escasa superficie, que puede perfectamente sostener a dos personas sentadas con los pies fuera del agua, pero con la perspectiva 

producir el efecto de estar en el centro del mar en una escasa isla. 

Somos Robinson Crusoe y Viernes perdidos en una isla. Allí se sienta con la tía luego, y tomo otra fotografía que no es tan afortunada como la que nos toma Lis. 

De un momento a otro, sin embarcaciones cercanas comienza a ocurrir un leva mar que me moja los zapatos, entonces nos levantamos y huimos del mar que nos quiere llevar en su oleaje y regresamos por donde habíamos venido. 

Veo su emoción al poder escapar sin mojarse. En ese instante un obrero de los jaulones aparece a los lejos conduciendo un bote metálico en que lleva los bultos de alimento para los peces, lo vemos navegar a gran velocidad y luego insertarse en la arena, mientras hecha una reversa para parquearse de buena forma en la playa. Se me ocurre decirle al operario que nos de un aventón hasta las jaulas, pero el trabajador desaparece muy rápido hacia la casa de al lado subiendo por la loma de enfrente. 

Entonces veo que la historia del mar se ha agotado. 

Debo crear otra, sin dejarlo respirar. 

Se me ocurre que si no pudimos viajar en el barco, debemos caminar por la jungla y resuelto le propongo. Señalo la supuesta caverna que forman los árboles sobre el riachuelo seco. 

Ingresamos por el boquete oscuro entre árboles y arena y caminamos por el lecho del riachuelo del brazuelo seco que pertenece a la represa y al pequeño arroyo que se forma cuando llueve. Aventura en la jungla, le repito. Acepta feliz y comenzamos a caminar con seguridad por la arenilla blanca y aún húmeda. La arboleda que se cierra cada vez mas, nos coloca siempre sobre los ojos las recientes telarañas del acucioso insecto, que nos molesta con el calor y la humedad en medio del valle natural, por los altos árboles que dejan colar la luz de tramo en tramo y que si miramos hacia el oriente no vemos sino la oscuridad de las hojas, la maleza y vegetación abierta sólo por el lugar donde pasó la lluvia. 

Caminamos lento y de vez en cuando nos encontramos con un pequeño estanque que nos obliga a cambiar el rumbo del lecho. Luego nos ubicamos en el centro del pequeño bosque que procuro acrecentar con mi voz cual fondo musical, repitiendo que se trata de nuestra aventura en la jungla. 

Se escucha a lo lejos el grito de los loros y las cigarras. Afortunadamente aparecen dos grande árboles con lianas al estilo de las de Tarzán y le digo que se aferre a alguna de ellas y procure volar entre los árboles. Lo hace y en medio de su grito tarzanesco tomo una de las buenas fotos del día. Es notable su alegría, pues no quiere soltar las lianas. 

Cruzamos el arroyuelo, hacia una parte mas alta y seguimos subiendo por la hondonada que es nuestra jungla y llegamos hasta el fallido aljibe, donde le explico que un maestro “vivo” procuró cavarlo en invierno y cuando desapareció la lluvia, ya no hubo agua para llenarlo, porque la arcilla y roca y arenilla taponaban muy bien cualquier entrada posible de agua. Al final colapsó sobre sí mismo y dejamos el agujero perfectamente taponado con su puerta metálica. 

Le propongo ir al otro lado de la represa, por un camino que intrusos utilizaban de forma abusiva para ocupar el terreno contiguo, mas allá del cercado de alambre de púas que hay en la cima de la loma y que separa nuestro predio. Subimos con dificultad el barrial del camino casi perdido, aferrados a los tallos de los arbustos sin dejar que los zapatos resbalen y cuando casi estamos en la cima, vemos al otro lado las escuálidas construcciones de los furtivos invasores y casi escuchamos la estridencia del grito de un pájaro marino, o una gaviota moribunda, como el presagio de una desgracia. 

En seguida los árboles se mueven y penetra por la parte baja de los troncos de los árboles una especie de borrasca cálida. Los árboles se mueven arriba. Se escucha el roce de sus ramas como si un gigante muy alto diera brazadas previniendo a los que están debajo. Segundos después, nos llega la fiera algarabía de una jauría latiendo, como si ya estuvieran dentro de nuestro corazón y nos aterramos. Miro sus ojos y el miedo casi lo paraliza. La jauría de los dogos salvajes de la vecindad corren a nuestro encuentro pese a que existe todavía mucho bosque de por medio. La emoción y el miedo se replican en su cara y ordeno con su tía, tomar armas para la defensa. 

Buscamos en el piso y encontramos cada uno un largo leño, para defendernos de los perros. Los ladridos de los perros se acercan más. Pero seguramente al presentir que nos agachamos y nos prodigamos de defensa sentimos que detienen su carrera y nosotros iniciamos la nuestra, apoyados en los leños como si fueran bastones. Le digo que el miedo es natural. Es bueno sentirlo, pero seguir pensando. De lo contrario el terror puede llevarnos al fracaso, a la inmovilidad, a la derrota. Los perros pueden oler en el aire nuestro miedo, nuestra sorpresa, pero también nuestro atrevimiento valiente y osadía. Siguen ladrando mientras damos vuelta atrás y casi huimos por la resbaladiza pendiente, agarrados de las lianas y algunos árboles. 

Le prometo que en nueva oportunidad cruzaremos esa frontera. 

Respiramos tranquilos y seguimos otro tramo por el mismo lecho y caminamos hasta donde encontramos el arbusto espinoso de diminutas hojas verdes y lustrosas, que antaño nos servía de árbol de navidad y lo acicalábamos con algodón y le colocábamos bombas de colores que inflábamos con nuestra alegría de infantes hace muchos años. 

Regresamos y tomamos el rumbo del antiguo camino que elaboramos para el aljibe, del cual solo quedan algunas piedras y trozos de cemento de lo que fueran pretendidos peldaños. 

Al llegar a la cima, aparece la cabaña. 

Su admiración se refleja en la cara, al comprobar que ha transcurrido toda una aventura a tan solo unos diez metros de la segura construcción, porque su imaginación, (perturbada por la realidad virtual) aún está intacta.

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