Rubén Darío, el poeta del clave sonoro

No. 7322 Bogotá, Martes 16 de Febrero de 2016 


Rubén Darío


Por: Reinaldo Spitaletta 


No era, según él, un “poeta para muchedumbres”, sin concesiones, sin facilismos ni demagogias. Pero, es, sin embargo, un poeta que perdura en la memoria colectiva, en la cultura popular. Pasa, digamos, y valga la hipérbole, como con los personajes de Cervantes: casi todo el mundo, por no decir todos, saben algo o mucho de Sancho Panza, del ingenioso don Quijote, de Rocinante, aunque, huelga anotarlo, no hayan leído la portentosa novela de don Miguel. Pero, digo, a alguien se le zafa, por ejemplo, “Margarita está linda la mar…” y otro, casi que al tiempo, y como complementador del poema, agrega: “…y el viento lleva esencia sutil de azahar”. 

Y hasta en plaza de mercado, en almacén o cantina, a algún parroquiano se le oye decir, y más si ya está entradito en años, aquello de “juventud, divino tesoro, ya te vas para no volver…”, o, por qué no, con aire épico “¡Ya viene el cortejo! / ¡Ya viene el cortejo, ya se oyen los claros clarines. / La espada se anuncia con vivo reflejo; / ya viene, oro y hierro, el cortejo de los paladines”. Sus poemas, fragmentos de ellos, apenas unos versos, regados por escuelas y asilos; por la memoria de los que ya tienen muchos años y el olvido hace parte de su cotidianidad, mas no olvidan al poeta, y por los que poca edad tienen, y apenas están descubriendo el mundo: “¿Cuentos quieres, niña bella? Tengo muchos de contar: / de una sirena del mar, / de un ruiseñor y una estrella…”. 

Penetrar en el corazón del pueblo debe de ser para el poeta su máximo logro. Su aspiración cumbre. Que la gente lo reconozca, que su canto haga vibrar corazones y postular pensamientos. Una conquista. Una manera de permanecer. Que olviden su nombre, pero no lo nombrado. Y, dice uno, por algo de ello sobrevive el vate nicaragüense, universal, Rubén Darío (1867-1916), sin el cual no existiría, por ejemplo, la Generación del 27 en España, ni el musical García Lorca, ni aun el doloroso Miguel Hernández. Ni Vallejo ni Neruda. Un continuador, en otras esferas, del estadounidense Whitman y del francés Víctor Hugo. 

Ser poeta, digo sin mucho fundamento, es cuestión de oído. Bueno, en alguna proporción, porque, claro, en otros aspectos, debe tener tantísimos elementos de cultura, de historia, de geografía, de conocimiento del ser humano. Rubén Darío, o sea, su poesía, suena, es música, plena de arpegios, de acordes, y, como en el caso de las jitanjáforas, aunque no signifiquen, atraen por sus sonoridades. Y, pruébelo usted mismo, amigo lector, diga si este verso (claro, con palabras de casticidades y en buen romance) no es pura música: “Que púberes canéforas te ofrenden el acanto… (del Responso a Verlaine

Darío pudo ser parte (no sé si todavía) de la denominada educación sentimental de varias generaciones. Resonaban en aulas y en alcobas, en patios y salones, sus composiciones. En casa, a veces mamá recitaba algún poema, o un fragmento, de aquel señor que, por lo demás, había sido cónsul honorífico de Colombia en Buenos Aires, en los días del gobierno del regenerador Rafael Núñez: “El mar como un vasto cristal azogado / refleja la lámina de un cielo de zinc; / lejanas bandadas de pájaros manchan / el fondo bruñido de pálido gris”. 

No sé qué ensayista se preguntaba por qué continuaba viva la pluma, y más que esta, la obra poética de Darío, tras la abolición de su estética, después de haberse arrumado en los cuartos de san Alejo su léxico de maravillas y sus temas clásicos. Uno que revolucionó el lenguaje, que le dio otras dimensiones al castellano, que puso en su arte nuevas armonías, de pronto, tras otras propuestas y advenimientos de otras temáticas, pudo haber sido olvidado, convertido en pieza museística, quizá apolillada, apergaminada, pero no. Sus cantos no se apagaron, y, digo, por insistir, tal vez porque parte de sus creaciones penetraron en el corazón y el alma populares. 

Qué de aquel ser, más bien un tipo ajeno a los escándalos, sin atracciones físicas, sin excentricidades ni aires de importancia, trascendió y ahora, cien años después de su muerte, hace que sea un imprescindible en el pentagrama poético de América y de toda la vasta lengua de Cervantes. Era un intelectual con rigor, un seguidor de Martí, del que aprenderá, entre otros aspectos, el arte de la crónica, un lector sin cansancio. José María Vargas Vila, uno de sus admiradores, tras la muerte del poeta, dejó unas evocaciones. Una de ellas, cuando se vieron en París, en 1900: 

“y apareció como siempre, escoltado del Silencio; era su sombra; el don de la palabra le había sido concedido con parsimonia, por el Destino; el de la Elocuencia, le había sido negado; la belleza de aquel espíritu, era toda interior y profunda, hecha de abismos y de serenidades, pero áfona, rebelde a revelarse, por algo que no fuera, el ritmo musical y el golpe de ala sonoro”. 

Darío, agregaba el autor de Ibis y Aura o las Violetas, no era un combatiente, un cuestionador. No tenía el don de la ironía, ni ninguna de las cualidades de los combatientes, de los irreverentes, pero, advertía el panfletario colombiano: “es el Genio de Darío, lo que ha hecho mi admiración por él, pero es la debilidad de Darío, la que ha hecho mi cariño y mi amistad por él; en Darío, el Poeta imponía la admiración; el Hombre, pedía la protección; era un niño perdido en un camino; hallándose con él, era preciso darle la mano y acompañarlo un largo trayecto, protegiéndolo contra su propio miedo”. 

Darío, que, según su autobiografía, fue algo niño prodigio, que sabía leer a los tres años, se crió con cuentos de ánimas en pena y aparecidos, que le contaban dos sirvientes de su casa de infancia: Serapia y el indio Goyo. Creció en imaginaciones y en miedos. “Vivía aún la madre de mi tía abuela, una anciana, toda blanca por los años, y atacada de un temblor continuo. Ella también me infundía miedos, me hablaba de un fraile sin cabeza, de una mano peluda, que perseguía, como una araña… Se me mostraba, no lejos de mi casa, la ventana por donde, a la Juana Catina, mujer muy pecadora y loca de su cuerpo, se la habían llevado los demonios”. 

El poeta, que a los diecinueve años abandona Nicaragua y viaja a Chile, donde trabajará en el periódico La Época, va a encontrar en el país sureño nuevos motivos, conocerá la poesía de Pedro Balmaceda, simbolista y parnasiano, del que Darío dirá: “No ha tenido Chile más poeta que él. A nadie se le podría aplicar mejor el adjetivo de Hamlet “Dulce Príncipe”. El autor deCantos de vida y esperanza, que muchos aprenderán varios de ellos de memoria, como aquel que comienza así: “Ínclitas razas ubérrimas, sangre de Hispania fecunda, / espíritus fraternos, luminosas almas, ¡salve!”. La Salutación del optimista se esparció por escuelas y tertulias, e hizo pensar en albas futuras para estas tierras de promisión y barbarie. 

En la medida del crecimiento de las ciudades, de la introducción de mecanismos de producción más modernos, de aquello que hizo a los americanos (a los de Latinoamérica) pensarse de otras maneras, las literaturas y, en este caso, la poesía, también se asumía desde otras perspectivas. Y aunque la selva, la naturaleza, la ruralidad, estuvieran presentes, el nacimiento del siglo XX traerá nuevas preocupaciones y arrebatos. 

Según el crítico y escritor uruguayo, Ángel Rama, al tiempo que el modernismo (económico y político) acompañó el proceso de urbanización, marcó distancias con las maneras imperativas de la naturaleza, de lo montuno y selvático. Y, en ese sentido, “ninguno de sus poetas llevó tan a fondo la transmutación de lo natural en artificial, como Rubén Darío”. Y en este punto, pueden hablar de esas posiciones y novedades lingüísticas sus Prosas profanas. En la obra de Darío, que se puede apreciar incluso en sus prosas, en sus crónicas y relatos, la música sigue siendo un elemento clave de sus composiciones. Lo melodioso, las melopeas y cánticos están arriba, también subyaciendo, en su creación poética. 

“Pero a pesar de estos principios, hay en su poesía una reiterada experiencia según la cual las palabras son elegidas por la analogía sonora mucho más que la semántica, lo que explica el continuo rizo de las aliteraciones, las rimas interiores, las repeticiones y redobles, esa sensación de inagotable fuente musical, tan poderosa como hasta autónoma del mismo autor arrastrado por el hedonismo sonoro”, advierte Rama en un extenso prólogo a la Poesía de Rubén Darío, de la editorial Ayacucho. 

El poeta, que hará periplos por América Latina, Estados Unidos y Europa, llegó a la Argentina, cuando este país era una potencia mundial, con fábricas, torres y “un cósmico portento de obra y de pensamiento que arde en las políglotas muchedumbres”, como lo expresa en Un canto a la Argentina. Colaborador de varios periódicos, entre ellos La Nación, dirigido por Bartolomé Mitre, el nicaragüense publicó en Buenos Aires Los raros (1896), una colección de artículos sobre escritores, además de sus determinantes Prosas profanas. El modernismo a Argentina entra por su fundador, que, más tarde, su poesía influirá en la poética del tango-canción. A partir de la segunda mitad del siglo XX (y ya muerto el nica), aparecerán letristas como Enrique Cadícamo, con influjos de la poesía de Darío, como se puede apreciar en su primer libro Canciones grises: “La luna es un alfanje suspendido en lo alto / que vuelca cataratas de albor en las callejas, / y las mugrientas casas, misteriosas y viejas, / disimulan sus frentes con tintas de basalto”. 

Después, Cadícamo escribirá muchas letras de tango y poemas populares, en los que se advierten las sonoridades de Rubén Darío. Uno de ellos, La novia ausente, menciona directamente la Sonatina, la misma que soñó Rubén. También Celedonio Flores, el de Mano a mano, recibió las emanaciones poéticas del vate centroamericano. La musa de Celedonio estuvo, al comienzo, muy cerca de Amado Nervo y Rubén Darío. Después, su inspiración la hallaría en los arrabales. Pero sin olvidar a Darío, del que hace alguna simpática parodia: “La bacana está triste, qué tendrá la bacana / los suspiros se escapan de su boca de rana”. 

Darío le compuso, tal vez más por cortesía, un soneto a Colombia, el mismo que, hace años, nos hacían aprender en la escuela, junto a una babosada de Miguel Antonio Caro llamada Patria (“Patria, te adoro en mi silencio mudo…”). “Colombia es una tierra de leones; / el resplandor del cielo es su oriflama…”, así comienza el poema y continúa con “egregios paladines” y “tambores inmortales”, más bien un poemilla prescindible y de carácter diplomático. 

Rubén Darío, muerto a los cuarenta y nueve años, sobrevivió con el periodismo y se inmortalizó con la poesía. Su música de palabras continúa sonando y, de vez en cuando, algún ebrio enamorado las recita con su andar tambaleante y con desafines: 

«Calla, calla, princesa -dice el hada madrina-;
en caballo, con alas, hacia acá se encamina,
en el cinto la espada y en la mano el azor,
el feliz caballero que te adora sin verte,
y que llega de lejos, vencedor de la Muerte,
a encenderte los labios con un beso de amor».

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