El maquinista y otros cuentos de Jean Ferry


Nota enviada por Paco Vélez 


“Al escribir mantén la confianza en ti mismo, un orgullo noble y la certeza de que los demás no son mejores que tú, ellos evitan tus errores y en cambio cometen otros que tú has evitado.”

Lichtenberg 
El maquinista y otros cuentos (traducción de Gabriel Hormaechea) reúne una serie de relatos caracterizados por un “humor sombrío” cercano “al sentir surrealista”, que resultan tan exquisitos como emotivos y llenos de misterio. Lo señala el prologuista Raphaël Soprin “Tiene también otros matices, sutiles, secretos, que más que comprender hay que adivinar, pues Jean Ferry se sentía una reencarnación de Kafka y de Roussel, el más francés entre los dementes de la escritura”. 

Un discurrir que gira a través de una complicada manera de ser emotiva del maquinista de la nave Valdivia, barco de carga que navega y navega con sus bodegas repletas de variados productos y misterios. No es el buque de Lord Jim de Conrad, aunque tiene característica y misterio semejante, siempre dentro de lo extraño. Sorpréndete y complicado protagonista cuya mente parece estar inclinada a riesgos, persecuciones y presagios, siempre dispuesto a posesionarse en un reflexionar inquieto para propiciar el relato existencial que necesita exteriorizar en este conjunto de subyugantes cuentos acompañados de las ilustraciones sustanciosas de Claude Ballaré. 
El conjunto, según sus editores, se considera una “joya literaria” que los lectores en español no habían podido disfrutar hasta ahora

Tan rico y emotivo valor literario ya fue incluido en la última edición de su Antología del humor negro en Francia. Breton, padre del Surrealismo, lo colocó al lado de Swift, Charles Cross o Lichtenberg. A los estilizados dibujos tenemos que sumar el justo respaldo del prefacio de Jean Paulhan. Toda una garantía significó ser publicado en la colección de tapas rosas de Gallimard en 1953. Desde entonces la sucesión de ediciones de El maquinista y otros cuentos ha sido continua, de tan afamado maestro creador de guiones cinematográficos, cuya imaginativa y fina capacidad de alucinante humor dio películas al grupo de los surrealistas. Colaboró con Luis Buñuel, Louis Malle y Christian-Jaque, entre otros, aunque sus guiones más importantes serían para Henri-Georges Clouzot, con quien escribió “Manon y Quai des Orfèvres“, una adaptación libre de la novela “Légitime défense de Stanislas” de André Steman. 

La influencia del genio del relato imaginativo de Kafka se muestra bien patente en la trama de su narrativa con la más desbordante magia imaginativa, donde un Gengis Kan tras alcanzar montado en su caballo lo más alto de una colina, descabalga de su fiel compañero y le habla sobre si continuar la conquista del mundo sopesar los años de batallas y triunfos, para mejor acogerse a un dorado retiro en el que rememorar envuelto en ricas pieles las conquistas y de qué manera temblaba la tierra bajo las pesuñas de su cabalgadura. 

Otro de los cuentos transcurre a bordo del Valdivia, cuando nuestro personaje, tras dos semanas de insomnio, le confiesa a su capitán que ha descubierto como en una de las bodegas del barco no se almacenan mercancías, sino 300 chinos que nadie sabe como han podido meterse de matute. Por fortuna no se han comido todo el arroz. Genial esa carta que desde una isla sin habitantes, en la que su barco lo ha dejado, azar de la fortuna, se permite volver a soñar en ser un afortunado Robinson lejos del mundanal ruido pavoroso de la sociedad más decadente. Lo que sucede es que de vez en cuando demasiada soledad rompe tan idílico sueño y surgen las alteraciones, pero ya no insisten mucho al menos que se trate de una crisis, entonces, estalla una especie de frenesí. Lo inesperado. 
La vida se derrama mientras uno vive poseído de cálculos y sueños agitados con entereza imposible recogerse en sí mismo

Y a medida que el peso de los años y los desencantos van llegando, un dolor lento e insobornable se va grabando en mente y costado palpándose la soledad, los desengaños, las aventuras y pasiones vividas agarradas a la memoria, a una foto de cuando niño junto al caballito de cartón del que pacientemente tiras, luciendo tu peinado a raya, sin churretes del chocolate de la tarde. Es cuando hasta podemos llorar y ver correr, sentir, las lágrimas que van formando un espejo en la memoria de los que se ha escrito, sobre la soledad, la risa, el viento, la palabra. Esta es la sensación que me ha producido esta exquisita lectura. Todo un transparente acierto editorial en una edición que ya resulta un placer acariciarla. Delirio de un verdadero artesano de la subversión.



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