La cólera de Ludd de Julius Van Daal, editado por Pepitas de calabaza.-

Tomado de Gozar Leyendo 


La cólera de Ludd, el libro escrito por el francés Julius Van Daal (1960), cuenta esta historia ocurrida en 1811 y años siguientes y que se inicia en las cercanías del bosque de Sherwood, conocido por ser el refugio de Robin Hood: en ese mismo bosque habita Ned Ludd, a veces “rey”, otras “capitán en jefe”, cuando no “general”, a quien los obreros designan como su jefe supremo a pesar de que, pocos lo saben, tiene el inconveniente de que no existe. La batalla que libran es contra su conversión en máquinas. Y lo que hacen es destruir las máquinas movidas por el vapor que abundan en el norte de Inglaterra. 

Los hechos ocurrieron entre 1811 y 1816 en el noroeste de la Gran Bretaña, al principio en los alrededores de Nottingham, luego más al norte, en Leeds y sus cercanías y después en Mánchester. Todo comenzó con una crisis en la demanda de los textiles que se fabricaban desde mediados del siglo XVIII en una maquinaria textil mecanizada gracias al vapor y que podía ser operada por obreros no calificados. Los viejos artesanos habían sido desplazados por niños y mujeres. Las máquinas funcionaban de lunes a sábado durante catorce o más horas. En los alrededores, en lugares que no eran para ningún ser humano, habitaban las familias que se empleaban en las textileras; allí vivían entre aguas negras y pantano, entre chinches y enfermedades. 

“Veinte años antes, la mayoría tejía únicamente los días de lluvia (sin duda muy numerosos bajo cielos tan nubosos) y, cuando el clima era seco, se dedicaban a otras tareas menos monótonas: transportar la lana, cultivar un pedacito de jardín, ocuparse del corral, cazar en los bosques con el perro y el fusil, recoger bayas y setas, segar el campo –el propio o el del vecino–, hacer alguna chapuza en la vivienda o en el telar, fabricar cerveza o batir la leche, cosas todas ellas que dan forma a la vida cotidiana mucho más que el trabajo a sueldo”. 

La atmósfera –recuerda el hijo de un tejedor– aún no estaba manchada por el humo de la fábrica. No había campana que los despertase a las cinco de la mañana. Tenían completa libertad para comenzar su tarea cuando les placiera y de dejarla si les daba la gana. Por las tardes, cuando todavía estaban tejiendo, y lo mismo en días de fiesta o en la escuela dominical, las jóvenes y los jóvenes se ponían a cantar himnos con toda su alma, mientras las lanzaderas marcaban el ritmo”. 

El cambio en las formas de vida había sido drástico. Como se ve, lo que cambió fue el uso del tiempo: “éste se convierte en el tiempo del reloj y de los horarios de trabajo: un tiempo lineal, carcelario e invariante que se mide y se cuantifica, que se vende y se compra, que se confisca y se escapa, que se repite en fin una y otra vez. El fabricante tiene las narices metidas en su libro de cuentas y su reloj de bolsillo siempre en ristre. Los engranajes del péndulo y los de las máquinas unen su movimiento inexorable para quebrar el espíritu y la osamenta de los pobres. La obligación de trabajar por un salario no deja a los obreros más instantes libres que los del domingo”. 

En términos morales y sociales, la situación de los obreros llega a justificarse en aras del bien de la nación: “Es un hecho bien conocido que la escasez, en su justa medida, es un motor de la industria y que el obrero que pueda subsistir con sólo tres jornadas de trabajo, se pasará ocioso y ebrio el resto de la semana. De forma imparcial, podemos aventurar que una reducción de los salarios en la industria de la lana constituiría una ventajosa bendición nacional sin implicar un verdadero perjuicio para los pobres”, escribía J. Smith hacia 1747. Y Malthus que decía como quien predica el bien: “el hambre empujará a los indigentes hacia la fábrica”. Por otra parte, no faltaron los que se dieron cuenta del horror, como Lord Byron, como Shelley y como Y. Cooper, que escribía en 1794: “detesto el sistema de la fábrica. Bajo dicho sistema, es preciso que quienes constituyen una gran parte de la población se conviertan en simples máquinas, que sean ignorantes, perversos y brutales; todo ello para que el excedente de valor que genera el trabajo de los obreros, durante doce o catorce horas al día, acabe en los bolsillos de los ricos capitalistas, comerciantes o manufactureros, y les permita todo tipo de lujos”. 

Cuando estalla la cólera de Ludd la situación de los obreros y desempleados ha empeorado porque las guerras han restringido los mercados adonde los comerciantes ingleses venden sus confecciones. En cierto momento, el 11 de marzo de 1811, cerca del bosque de Robin Hood, revienta la situación. Esa noche, tras una manifestación dispersada a sablazos por los dragones del rey, los obreros furiosos machacan sesenta y tres máquinas textileras con golpes de martillo. En los siguientes veinte días, son destrozadas doscientas máquinas más. Es entonces cuando aparece el movimiento de los rompedores de máquinas. 

Son tres años de operaciones relámpago, que describe el diario londinense Annual Register en enero de 1812: “El cuidado que ponen [los ludditas] en la elaboración de sus proyectos y la destreza con la que lo ponen en práctica son tales que se ha revelado imposible identificar a sus autores. Se reúnen y se dispersan en un instante en cuanto han satisfecho sus designios. Tienen la disciplina de un ejército regular y son dirigidos por cierto jefe bajo cuyo estandarte han jurado vencer o morir”. 

Son tres años en que dan tanta guerra, que el congreso impone la pena de muerte para los dañadores de máquinas. Lord Byron escribe un poema, Oda a los autores de la ley sobre los rompedores de máquinas: “es más fácil fabricar personas que maquinaria / y más valiosa la mercancía que una vida humana”. La represión es simplemente brutal. 

Ni me pregunten quién ganó. Me basta citar el viaje de Alexis de Tocqueville a Mánchester casi un cuarto de siglo después de la rebelión luddita: “A la cabeza las manufacturas… Sus seis pisos se elevan al aire, su inmenso recinto anuncia a lo lejos la centralización de la industria. Alrededor de ellos y como sembradas al azar las endebles viviendas de los obreros pobres. (…) Algunas de esas calles están pavimentadas, pero la mayor parte de ellas son terrenos desiguales y fangosos en los que se hunde el pie del peatón o el carro del viajero. Montones de inmundicia, restos de edificios, charcos de agua estancada y maloliente se ven aquí y allá al lado de las viviendas o en la superficie erosionada y perforada de las plazas públicas. Por ninguna parte aquí ha pasado el nivel del geómetra o la cuerda del agrimensor… Levantad la cabeza y justo alrededor de este lugar veréis elevarse los inmensos palacios de la industria. Escucharéis los ruidos de los hornos y el silbido del vapor. Esas inmensas construcciones impiden que el aire y el sol penetren en las viviendas humanas que las rodean; las envuelven en una niebla perpetua: aquí está el esclavo, allá el amo; allá la riqueza de unos pocos, aquí la miseria del gran número. Un humo negro y espeso cubre la ciudad. A través del sol parece como un disco sin rayos (…) Es en medio de esta cloaca infecta donde el mayor río de la industria humana tiene su fuente y va a fecundar el universo. De este charco putrefacto brota el oro puro. Aquí el espíritu humano se perfecciona y a la vez se embrutece, la civilización produce maravillas y el hombre civilizado vuelve a ser casi salvaje”.



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