La máscara de Ripley, de Patricia Highsmith


Nota escrita y enviada por su autor Paco Vélez 


Lo repito, cada vez que vuelvo a leer una novela de Patricia Highsmith, ahora la fortuna me envía una nueva joya de esas que por imperativo propio de buen lector, es necesario volver a disfrutar dado su rico contenido provocador de sensaciones que representa La máscara de Ripley. Una novela de calidad y trama idónea para apartarse de la esperpéntica situación del latrocino nacional. Porque es más fructífero para la salud mental disfrutar de embebedoras sensaciones. 

Incluso puedo afirmar, que siempre, una nueva lectura de esta novela negra produce acentuadas y analíticas conclusiones con respecto a sus personajes, especialmente el de Tom Ripley, sin olvidar a la discreción personificada de su servidora madame, siempre atenta y exquisita en el detalle y servicio a los visitantes de la casa Y eso, claro, es la premisa que siempre ha deseado la inmensa Patricia, que a través del tiempo transcurrido, continúe su ascendencia al paraíso de los clásicos. 

Ese Paraíso en el que se pueden encontrar también con derechos adquiridos por sus méritos, entre otros muchos al genio de Lope de Vega, consciente de escribir para el vulgo y halagos a la Iglesia, aunque por la espalda cortes de mangas. De Quevedo no hablemos, siempre a lo suyo con tocino para cabrear a Góngora. Pues allí se debe de encontrar ella, sin sus gatos, mirando de reojo a Hammett y Chandler, pensando en que resulta ser una verdadera lástima no sean mujeres. Y es que ella no amaba a los hombres. Esta es la imaginación subjetiva del paraíso de los grandes. Al otro lado del espacio desde donde nos contemplan viendo como son leídos. Entre ellos está Patricia satisfecha de su obra claramente de espalda al vulgo, con su misantropía y añorando a sus gatos y la fortuna de otra hembra de buen ver y acariciar. Cada uno y una es como es y, tabernero que hipnotizas con tu brebaje de fuego, llena de nuevo la copa, buen amigo tabernero, que también en el universo literario existen las tabernas y los desvaríos. Luego, que nadie extrañe si ya de largo The Times eligió a la autora como la mejor escritora de novelas de crimen de la historia, por delante de Simenon y de Agatha Christie. 

Ella no fue nunca autora para el lector vulgar, jamás le importó quienes podrán leer una francotiradora de su talla: Patricia Highsmith (Texas, 1921-Locarno, 1995), maestría total en sus ficciones desnudando la mente amoral del delincuente, poseída de un imán capaz de despegar en el lector una especie de empatía favorable de un aventurero como Tom Ripley. Protagonista de del quinteto de obras de las que esta máscara de Ripley muestra con ágil y fina destreza literaria una estatura muy personalizada de tan sagaz y culto aventurero. Siendo un tímido joven lo pudimos ver interpretado por Alan Delón en A pleno sol, una aventura interesante en Europa donde aprendió la forma de ganar dinero a costa del prójimo bien situado y vivir con holganza y nada de rico nuevo, sino persona culta y de buenos gustos, apasionado por la pintura y los muchos entramados de las galerías de arte y las buenas copias de famosos pintores, copias que pueden pasar por autenticas y dejar unas agradables beneficios a los especuladores. 

En su edad literaria Tom Ripley ya ha cumplido años y se ha convertido en un protagonista muy seguro asumiendo papeles de alto riesgo como protagonista desbordante de sí mismo que le ha asignado para pasar a la historia de la novela negra Patricia Highsmith. Así reaparece por voluntad de su creadora Veinte años después en La máscara de Ripley, esta casado con una rica heredera y representa a todo un hombre serio y respetable. Mas en verdad no ha dejado de ser, todo lo contrario Tom Ripley, el fascinante neurótico, psicópata, frío asesino, el intérprete sereno y calculador dueño de una máscara amable y gestos medidos que consiguen despertar interés en quienes lo traten. Dueño de una lujosa casa cerca de París, ve pasar los días disfrutando con sus predilecciones exquisitas, la pintura, la música y el buen comer y beber. Decorados agradables que ocultan el lado turbulento de su vida, su relación con un grupo que vendiendo cuadros falsos en el gran Londres, del misterioso pintor muerto Derwatt suplantado por un copista. 

Todo parece ir sobre ruedas hasta que se presenta un coleccionista norteamericano y descubre el engaño, empecinado de tal forma que amenaza con destapar el próspero negocio del chantaje por lo que terminará siendo asesinado. La actuación de Ripley con la frialdad que le caracteriza en sus otras novelas muestra en La máscara de Ripley su admirable pericia para intentar que el grupo de estafadores pueda se descubierto.



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