Recordando a Guayasamín

No. 7361 Bogotá, Sábado 26 de Marzo de 2016 



Tomado de La Hora, Quito. 


Una amplia mesa sirve de paleta. Allí, una diversidad de pigmentos forma una especie de arcoíris que se revela a la uniformidad. Por su parte, los pinceles y las espátulas se levantan frente al tiempo: todo está tal cual lo dejó el maestro Oswaldo Guayasamín. 

Junto a la mesa, un caballete sostiene una pintura de gran formato inconclusa. Se trata del último cuadro que ejecutaba el pintor ecuatoriano en el estudio de su casa. Aquella obra inacabada resume su trascendencia: no hay un punto final en su figura. Como si resguardaran su legado, los retratos de Paco de Lucía, de Mercedes Sosa y de Jorge Enrique Adoum dan la impresión de que resguardan el epicentro creativo del estudio del artista. 

Han pasado 17 tras su partida física, pero cuando se recorre cada uno de los rincones de su casa, sus jardines y la Capilla del Hombre, resulta un descaro afirmar que ha muerto. 

Y es que su obra mantiene vivo su mensaje: “Mi pintura es para herir, para arañar y golpear en el corazón de la gente. Para mostrar lo que el hombre hace en contra del hombre”, tal como él mismo manifestaría. 

“Son 17 años del fallecimiento del maestro Guayasamín. Día a día comprobamos que su legado es más actual y contemporáneo. Sus formas y colores muestran la violencia del hombre contra el hombre, su lucha por los desposeídos de la Tierra es más visible”, reconfirma su hijo Pablo, quien preside la Fundación Guayasamín. 

Para él, cualquier obra de su progenitor pareciera pintada por estos días: “Cuando uno ve las migraciones de los pueblos sirios, toda esa situación que se vive en Europa, donde no hay un país que les abra las puertas, madres cargando a sus hijos abandonados a su suerte por el mundo… Todo eso se mira en Guayasamín, ahí está su protesta, su voz que gritaba al mundo que debemos ser más humanos”. 

Pensativo y dejando de lado el parentesco, reflexiona en torno a la trascendencia de su padre: “Creo que el maestro Guayasamín tuvo un gran atrevimiento. Este fue el exponer fuera del Ecuador, el no quedarse enmascarado por la crítica nacional en un país donde los críticos son escasos. Se lanzó a ganarse un nombre en el mundo. Ya desde joven estaba exponiendo en EE.UU., esto gracias a una beca de Nelson Rockefeller, quien quedó impresionado con su trabajo”. 

Por entonces, el artista tenía 22 años de edad y, además de su paso por aquel país, andaba pintando los retratos de los premios Nobel Gabriela Mistral y Juan Ramón Jiménez: su siembra arrancó temprano, a la madrugada de su vida. 

Muestra 


“Pensamos que su muerte lo llevó al más allá, pero sus ideas están latentes. No rendimos un culto a su persona, sino a sus ideas, a su lucha en favor de los humildes, en su compromiso por una justicia social”, comenta Pablo, al explicar la exposición que se realiza para conmemorar el deceso del maestro, acaecido el 10 de marzo de 1999. 

‘Guayasamín piel adentro: lo humano al desnudo’ se titula la muestra, la cual tiene como columna vertebral al cuerpo humano. “Queremos presentar un eje temático. Pensamos en el desnudo, un tema que lo acompañó desde sus años en la Escuela de Bellas Artes hasta su muerte. Además, muchos de los trabajos no han sido difundidos”, cuenta el presidente de la Fundación, donde se expone la exhibición. 

Santiago Guayasamín, nieto del pintor, mientras camina por los salones de la casa-museo, comparte el recorrido: “Hay trabajos desde su paso como estudiante; de ahí aparecen una serie de estudios, pues Oswaldo realizaba múltiples bocetos para una sola obra; queremos también enseñar el modelaje; su propuesta dentro de la serie ‘Huacayñan’; ‘La edad de la ira’; ‘La ternura’; en fin, toda su vida pictórica, pero concentrada desde el desnudo.

Selección 


Días previos a la muestra, en uno de los espacios destinados para el resguardo de las obras que no se exhiben, Amparo Guayasamín, sobrina del artista, enseña algunos bocetos. Todos ellos han sido seleccionados para que el público los contemple. Curiosamente, estos trabajos –en su mayoría dibujos- son una ínfima parte del legado: varias cajas blancas protegen aquello que tendrá que aguardar un tiempo más para que pueda ser contemplado por los espectadores. 

“Podemos hablar de más de 60 años de trabajo que se resumen en 100 obras, número que ha sido seleccionado para la exposición”, detalla Pablo, para luego señalar que el proceso curatorial fue todo un reto y mereció una labor minuciosa. 

“Ha costado porque Guayasamín siempre hacía algunos diseños, estudios tras estudios para una sola obra. Solo por dar una idea, dentro de lo que se refiere al desnudo debe haber unas 500 obras. De eso se han seleccionado tan solo 100”, devela Pablo, quien formó parte de la curaduría junto a Santiago, Amparo y Berenice, esta última también hija del maestro. 

El montaje se organiza de forma cronológica, es decir, parte desde los trazos más antiguos hasta llegar a la obra elaborada durante los últimos años de trabajo. 

“Queremos que el público halle en estos desnudos la elaboración disciplinada y rigurosa que acompañó al maestro. El cómo para un desnudo realizaba un estudio detallado de la anatomía del cuerpo humano, hasta que nos transporta a la denuncia de la miseria social que vive un pueblo explotado. Claro que todo esto también evidencia cierto erotismo en algunos trabajos. La idea es dar una exposición global, que integre el cómo admiraba el cuerpo el maestro”, sostiene Pablo. 

Es así como aparecen dibujos ejecutados con lápices, carboncillos y pasteles, bocetos realizados con acuarelas, acrílicos y óleos. Una serie de colores y formas que se impregnan sobre el cartón, cartulinas y telas, y que se trasforman en la anatomía propia de Guayasamín, quien desde su desnudez no solo entrega su cuerpo al público, sino también su espíritu. (DVD)

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