Entrevista, Gustavo Álvarez Gardeazábal

No. 7383 Bogotá, Domingo 17 de Abril de 2016 


Gustavo Álvarez Gardeazábal
Gustavo Álvarez Gardeazábal

Gustavo Álvarez Gardeazábal dice que echa de menos la irresponsabilidad con la que escribía a los 24 años. 


Tomado de El Espectador


Referente de la novelística colombiana posterior a Gabriel García Márquez, Gustavo Álvarez Gardeazábal no se anda con medias tintas: dice lo que piensa y no se detiene a medir las consecuencias. Narrador, comentarista radial, personaje público, el vallecaucano tiene legión de adeptos y de adversarios. El resucitado, su más reciente novela, sigue la senda de la polémica y el escándalo. 

-Usted escribió “Cóndores no entierran todos los días” cuando tenía 24 años. Ahora, con setenta, publica “El resucitado”. ¿Qué echa de menos del novelista principiante? ¿Qué opinión tiene de la evolución de su trabajo literario? 

-Echo de menos la velocidad y la irresponsabilidad al escribir. A los 25 se puede ser genial sin quererlo. A los 70 uno repisa demasiado, duda de todo y quiere no equivocarse. Pero como 70 años no se viven en vano, la evolución del trabajo literario no la alcanza a medir sino el lector de hace 45 años. 

-Buena parte de su obra tiene como escenario el centro del Valle del Cauca. ¿Qué tiene esa región que lo fascina tanto? De lo que ha presenciado allí, ¿qué es lo que más lo conmueve? 

-Aquí nací y seguramente aquí moriré, pero no me van a enterrar aquí porque he pedido y reservado tumba en el cementerio libre de Circasia. Y me he quedado aquí escribiendo sobre el terruño porque somos una sociedad chísmica sin igual, que permite hacer novelas sobre la marcha. 

-El resucitado sigue el camino de polémica religiosa que abrió con La misa ha terminado. En su opinión, ¿qué papel ha jugado el catolicismo en nuestra historia? ¿Ha sido su presencia algo benéfico o malévolo? 

-La influencia, para bien o para mal, de la Iglesia, nunca la dejaron medir en Colombia. Yo, narrativamente, parece que he sido el único con cojones para hacerlo. 

-Hace algunos años usted publicaba sus novelas en ediciones privadas. ¿Qué lo hizo volver al ruedo de las editoriales comerciales? 

-Vino a visitarme y a conversar conmigo durante tres meses seguidos Marcel Ventura y, curiosamente, me convenció de salir del claustro. Espero que le vaya bien. 

-Detengámonos un momento en un tema inevitable: su trabajo periodístico. ¿Qué siente al volver a trabajar al lado de Hernán Peláez? ¿Qué ha significado para usted escribir columnas diarias en ADN

-Trabajar con Peláez es reconfortante. Somos un par de viejos con criterio de emprendedores juveniles y, así usemos machetes para abrirnos campo en la cibernética, lo hacemos con tanta gana que los oyentes se la pillan ahí mismo. Escribir diariamente en ADN es un ejercicio que me obliga a pensar, a leer y a sacarle ventaja a la vida. Gozo haciendo esa columna. 

-¿Tiene novelas en el tintero? En los próximos años, ¿qué novedades les ofrecerá a sus lectores? 

-Estoy trabajando en un género novedoso: mis memorias noveladas. La primera parte se llamará El violín. Espero vivir para contar (o inventar) el resto. 

-Hablemos de la generación de escritores colombianos a la que usted pertenece. ¿Cuál es su balance? ¿Qué nombres y obras valora como lector? 

-De mi generación no quedamos sino Vallejo y yo. Júzguela. 

-¿La vida le ha permitido resucitar? ¿Acaso lo fue volver a la vida pública después de su paso por la política? 

-He ido a la cima y caído en el hueco; me he equivocado y aprendido a corregir. No he perdido el entusiasmo ni la alegría y emprendo cada batalla con la misma cordialidad y entereza de siempre. No he dejado de ser hombre público. La política fue apenas un eslabón de ese trajinar de año tras año frente a los colombianos con mis novelas, mis columnas, la radio, las alcaldías, la Gobernación. He vivido mucho, muy intensamente y desde muy temprana edad, y no tengo ganas de parar aún... Ni jubilado soy.

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