Sándor Márai, o el santo a la espera de los cuervos

Sándor Márai, fotografía tomada de: Diario La Tercera (diario.latercera.com)
Sándor Márai, fotografía tomada de: Diario La Tercera (diario.latercera.com)

Sándor Márai,
o el santo a la espera
de los cuervos.



Por: Pablo Di Marco*


Los lectores aman las historias de ascenso, muerte y resurrección. Dan fe de ello los mitos griegos, la Biblia, Shakespeare e incluso las oligofrénicas crónicas deportivas de estos días. ¿A qué se debe esa necesidad del hombre por llevar al héroe al paraíso, después degradarlo hasta el último infierno para, al fin, salvarlo y redimirlo? Tal vez nunca lo sepamos, pero es evidente que en las historias de auge, derrumbe y vuelta a la vida, el ser humano encuentra sosiego a cierta pulsión eros/pathos que lo acompaña desde siempre. Pero… ¿qué ocurre cuando el héroe cae en el ocaso y la resurrección nunca llega? ¿Qué papel juega el hombre, el lector y la sociedad entera, cuando se entierra en vida a uno de los mayores artistas de su tiempo y se lo deja agonizar por décadas hasta el día de su muerte?

Sándor Márai nació en 1900 en la pequeña ciudad de Kocise, en el seno de una familia acomodada del poderoso Imperio Austrohúngaro. Desde muy joven comprendió que su destino estaría ligado a la escritura. A los dieciocho años escribió su primer libro de versos. A los treinta contaba en su haber con varias novelas, obras de teatro, relatos de viajes e innumerables artículos periodísticos. Y al llegar a los cuarenta años era uno de los escritores más afamados de Europa Central: sus novelas agotaban edición tras edición, y su prestigio era comparable al de próceres de las letras como Stefan Zweig y Thomas Mann.

Sándor Márai, fotografía tomada de: Diario La Tercera (diario.latercera.com)
Sándor Márai, fotografía tomada de: Diario La Tercera (diario.latercera.com)


Márai parecía condenado al éxito y, así como sucedería con el autor de Muerte en Venecia, su futuro no podía ser otro más que la adulación de los lectores, el reconocimiento de sus pares, y ¿por qué no? la gloria del Nobel entre conferencias alrededor del planeta.

Sin embargo, aquel inevitable destino se desmoronó de un día al otro. Su nombre se perdió en la bruma, sus libros desaparecieron, y su vida se redujo a una triste peregrinación por Europa y América, que culminó una noche de 1989 en San Diego, tras suicidarse de un disparo en la cabeza.

Parafraseando a Vargas Llosa en su clásico: “¿En qué momento se jodió el Perú?”, tal vez podamos preguntarnos en qué momento se quebró la vida de Sándor Márai. ¿Cómo pudo su estrella extinguirse tan repentinamente? ¿Cómo hizo un continente entero para sepultar en el olvido a una de sus mayores glorias?

Márai, más allá de su talento como escritor, fue (como tantos) una víctima de su tiempo. El comienzo de su derrumbe, seguramente, se encuentra en 1944 cuando las tropas nazis tomaron Hungría durante la Segunda Guerra Mundial. Pese a que los largos meses de ocupación alemana fueron una calamidad para toda la sociedad húngara, el status de intelectual que acompañaba a Márai le evitaron contratiempos insalvables; sin embargo, su declive había comenzado.

…los alemanes son magos. Han logrado el milagro de que cualquier ser humano decente espere lleno de anhelo a los rusos, a los bolcheviques que llegan como libertadores…

Tal como Márai preveía, tras la derrota nazi, su país fue ocupado por las tropas rusas. A partir de allí el lento declive viró a una debacle absoluta: los comunistas lo condenaron por no colaborar con el nuevo régimen imperante y lo tildaron con un calificativo que describe mejor la imbecilidad del acusador que el supuesto pecado del acusado: “burgués decadente”. Conclusión: la totalidad de su obra fue prohibida y censurada de inmediato. La pluma de Márai describe con maestría aquel tiempo de locura e ignorancia:

…se habían apoderado de la propiedad privada, y como el comunismo considera al individuo una propiedad privada, un día empezaron a apoderarse también de los individuos…



En 1985 Márai compra un revólver. Dice no pensar en el suicidio, pero lo tranquiliza el tener a mano una herramienta que pueda poner fin a sus dolores y decrepitud.



Márai aprovechó unas jornadas literarias en Suiza para huir al exilio. La larga noche del mayor escritor húngaro (de tan solo cuarenta y ocho años) había comenzado y no terminaría hasta el día de su muerte, cuatro décadas después.

Tras una breve estancia en Italia y Suiza, se trasladó a Nueva York en compañía de Lola, su esposa de siempre. En 1968 emigraron de regreso a Italia para volver en 1979 a los Estados Unidos, donde vivirían (o sobrevivirían) en San Diego hasta el final de sus días. Con el correr de los años él mismo explicaría con dramática lucidez el destino de quien es expulsado de su patria:

…el exiliado que no regresa a su hogar se convierte en una figura grotesca, en un santo estilita que se acuclilla en lo alto y espera que los cuervos le traigan comida…

Durante su exilio Márai no abandonó su arte. Continuó escribiendo tanto su diario como algunas pocas novelas que publicó con mínima repercusión en pequeñas editoriales húngaras en el extranjero. Pero el anhelo por la patria abandonada, la censura, el olvido de sus coetáneos, la decrepitud física, y la enfermedad de su esposa, lo redujeron poco a poco a una caricatura de quien supo (o debió) ser.

Los diarios que escribe durante los últimos años de su vida son uno de los testimonios más duros y conmovedores de la literatura moderna. En sus páginas se condensan con dolorosa y trágica sabiduría la ruina física y espiritual de un matrimonio de ancianos echados a su suerte.

…dos ancianos —enfermos, casi ciegos, tambaleantes—, atildados con una elegancia algo anacrónica, se apoyan mutuamente mientras caminan por San Diego, en Estados Unidos, a mediados de los años ochenta. Son húngaros. Él se llama Sándor Márai y fue un escritor de fama en su patria hace cinco décadas, aunque ya casi nadie lo sabe, pues la abandonó hace cuatro y allí sus libros están prohibidos. La mujer que lo acompaña es su esposa, Ilona Matzner. Se casaron en 1923 y nunca se han separado desde entonces…

En 1985 Márai compra un revólver. Dice no pensar en el suicidio, pero lo tranquiliza el tener a mano una herramienta que pueda poner fin a sus dolores y decrepitud. Había decidido mantenerse entero y con vida, pero la agudización de las enfermedades de su esposa terminarían por carcomer su ánimo.

…de camino al hospital voy trastabillando, más cansado e inseguro de lo habitual; el océano envía de golpe una ráfaga de viento que pasa veloz por las calles y tengo que agarrarme con las dos manos a una farola para que no me derribe. Se me acerca un obrero, me agarra para que no me caiga, y me ayuda a subir a la acera. Este apoyo humano espontáneo, aunque banal, es como un bálsamo, porque me siento abandonado por todos y por todo…

En 1986 muere su esposa. A poco de comenzar 1987 anota en su diario que en el año que pasó “me lo han robado todo”. El destino le aguardaba más golpes: a los pocos meses muere su hijo de 46 años. En una de sus últimas anotaciones, ya totalmente solo, se advierte a sí mismo:

…ya no quiero escribir ni vivir, sólo irme en paz. Sería un gran regalo no despertarme más…

Un mes antes de su muerte, escribió a mano sus dos últimas líneas:

…estoy esperando el llamamiento a filas; no me doy prisa, pero tampoco quiero aplazar nada por culpa de mis dudas. Ha llegado la hora…

Sándor Márai, el mayor escritor húngaro del siglo xx, olvidado, viudo y casi ciego, se suicidó de un disparo en la cabeza el día 21 de febrero de 1989.


Pocos meses después de su suicidio, cayó el muro de Berlín y tras cinco décadas se levantó la censura que pesaba en Hungría sobre su obra.


Así como Borges decía que nadie se debe privar de la felicidad que brinda la lectura de ciertos libros, nadie debería privarse de la felicidad que brinda la obra de Sándor Márai. Pocos como él —en base a refinados textos basados en extensas conversaciones y monólogos— supieron describir y analizar con tanta lucidez y elegancia el auge y la caída del humanismo centroeuropeo de la primera mitad del siglo xx.

Para quienes aún no descubrieron su talento recomiendo la lectura de El último encuentro, La herencia de Eszter, La mujer justa o Los rebeldes, entre tantas otras novelas. Quienes quieran saber más de su vida pueden acercarse a sus dos tomos de memorias: Confesiones de un burgués y ¡Tierra, Tierra!, y al último tomo de sus diarios, el desgarrador Diarios 1984-1989.

Una última reflexión, al comienzo me preguntaba qué ocurre cuando el héroe cae en el ocaso y la resurrección nunca llega. Como si la singular vida de Márai fuese una historia bíblica, su vuelta a la gloria ocurrió tras su muerte. Pocos meses después de su suicidio, cayó el muro de Berlín y tras cinco décadas se levantó la censura que pesaba en Hungría sobre su obra. Pronto sus novelas fueron reeditadas, traducidas a decenas de idiomas y revaloradas como una de las más notables de la literatura de la Europa Central del siglo pasado.



*Pablo Hernán Di Marco. 


(Buenos Aires, 1972). Autor de las novelas EspiralLas horas derramadas (Ganadora del XXI Certamen Literario Ategua, España) y Tríptico del desamparo (Ganadora de la XIII Bienal Nacional e Internacional de Novela “José Eustasio Rivera”, Colombia).

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