Apuntes, d.j.a.


Tomado de Gozar Leyendo.


La reina Victoria de Lytton Strachey (Lumen).

El londinense Lytton Strachey (1880-1932), parte del Grupo de Bloomsbury –como Virginia Woolf, como Keynes, como Bertrand Russell, como un apabullante etcétera–, es el autor de esta deliciosa biografía de Victoria de Inglaterra, que reinó durante la módica suma de 63 años, entre 1837 y 1901. Al cruzar fechas puede notarse que el mismo Strachey vivió sus primeros 21 años bajo esa reina Victoria, “que a los doce años había dicho que sería buena [y] había mantenido su palabra. El deber, la conciencia, la moralidad… ¡Sí! A la luz de esos faros había vivido la reina. Había pasado sus días dedicada al trabajo y no al placer, a las responsabilidades públicas y al cuidado de su familia. Los niveles de virtud establecidos tantos años atrás… no habían descendido ni por un instante. Durante más de medio siglo ninguna divorciada se había acercado al recinto de la corte. De hecho, Victoria, en su entusiasmo por la fidelidad conyugal, había impuesto una ordenanza aún más estricta: desaprobaba severamente que las viudas se casaran de nuevo”.

Strachey destaca: “su franqueza, su decisión, la intensidad de sus emociones y la falta de control con que las expresaba eran las distintas formas que asumía aquella característica esencial de su carácter. Era la sinceridad la que la hacía ser a la vez impactante, encantadora y ridícula”. Según Strachey, Disraeli la veía así: “el carácter, el orgullo del cargo mezclado de manera inseparable a la arrogancia personal, la emotividad desbordante, la ingenuidad de sus opiniones, la firme respetabilidad, tan incongruente con su gusto temperamental por lo colorido y lo extraño, las limitaciones intelectuales y el elemento femenino misteriosamente esencial que impregnaban cada partícula del todo”.

Victoria era dura hasta con las más leves insinuaciones de cambio en las costumbres o en el protocolo. Con respecto a éste, “durante la mayor parte de su reinado, la regla en virtud de la cual los ministros debían permanecer de pie durante sus audiencias con la reina se había cumplido sin excepción. Cuando lord Derby, el primer ministro, mantuvo una audiencia con Su Majestad tras una grave enfermedad, después comentó, como prueba del favor real, que la reina le había dicho ‘que lamentaba muchísimo no poder pedirle que tomara asiento’”.

Termino citando una carta de la propia Victoria (que hablaba de ella en tercera persona, como hacen ahora los cantantes de vallenato y algunos futbolistas) que dice: “La reina está deseando conseguir el apoyo de todo aquél dispuesto a hablar o escribir en contra de esa idea demencial de ‘los derechos de la mujer’, con todos los horrores en que se han empecinado las de su sexo, perdiendo con ello la feminidad y el sentido del decoro. Se merecen unos buenos azotes. Éste es el tema que enfurece tanto a la reina que ésta apenas puede contenerse”.



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