Colombia viaja a las estrellas

Por: Claudia Triana de Vargas / Tomado de Proimagenes Colombia




Aunque pensarlo parecía alucinación al empezar este siglo, Colombia se ha convertido en la tercera mayor industria cinematográfica en América Latina, un protagonista que se instaló y tiene para crecer en las alfombras rojas del mundo en esa fórmula de magia que es el cine.

Del lado económico (clave en la comparación internacional), durante 2015 cerca de 1.2 billones de pesos movieron hacia las cuentas nacionales la producción, los servicios artísticos y técnicos, la filmación foránea y, mayoritariamente, la distribución y exhibición de películas de todas las latitudes.

Nada casual: entre 2010 y 2015 algo más de dos billones de pesos recaudó la taquilla; con unos 260.7 millones de espectadores en el mismo período, de los que cerca de 16 millones asistieron al cine nacional. Las pantallas eran poco más de 300 en 2004 y ahora superan 900 (casi el 98% digitalizadas), infraestructura que junto con el incremento de los estrenos y un precio de boleta mantenido entre los menores del continente, impulsó el record de 58.8 millones de espectadores el año pasado.

Por otra parte, el Fondo para el Desarrollo Cinematográfico (FDC) y el incentivo tributario creados en la Ley de Cine para financiar la realización y presencia de películas domésticas en el mundo, suman casi $ 318 mil millones (2003 y primeros meses de 2016). Desde la ley 1556 de 2012 (fórmula que devuelve hasta el 40% de la inversión en filmaciones en el país), se calcula un ingreso de 84.231 millones a cuenta de 19 películas extranjeras que transmiten al mundo el mensaje de que “sí paga” venir a rodar y contratar artistas, técnicos y servicios colombianos.

Lo más importante en esta industria cultural es la eficacia simbólica del cine que producimos, lo que ya pone una impronta en el escenario comercial tan dominado por el cine de Hollywood. La nominación al Oscar (2016) para El abrazo de la serpiente (en la Academia este reconocimiento únicamente lo obtuvieron dos películas latinoamericanas y es la primera ocasión para un largo del cine colombiano); los premios en el festival de Cannes a mejor director de mejor ópera prima (2015) para La tierra y la sombra y cortometraje (2014) con Leidi, dan cuenta del histórico y creciente momento de esta narrativa audiovisual.

Desde el establecimiento de los incentivos (2003 a abril de este año) se estrenaron 210 largometrajes nacionales (record de 36 en 2015), con talento nacional y especialidad técnica en posproducción, fotografía, música, entre otros ingredientes de las buenas obras. Con escasas excepciones todos tuvieron apoyo económico del FDC y, la mayoría, participó en mercados, festivales internacionales y coproducciones con decenas de países.

Contrario al título de la película de Luis Ospina, nada comenzó por el fin: en 1998 cuando por la Ley de Cultura se creó el Fondo Mixto de Cine “Proimágenes Colombia” (cumplió mayoría de edad el pasado 23 de abril), había grandes directores y películas inolvidables; pero no un sistema que suministrara el combustible necesario a todo esto como industria.

Allí, con la contribución de los ministerios de Cultura, Educación y MINTIC, Universidad Nacional, Colciencias, DIAN, Cine Colombia, Asociación de Distribuidores de Película Internacionales, Patrimonio Fílmico, directores y productores, se promovieron las dos leyes de cine y la concertación que puso al cine en la agenda pública, económica y social, así como en la antena internacional. Acciones todas que se dirigen juiciosamente desde la cartera de Cultura, el Consejo Nacional de Cine y el Comité Promoción Fílmica Colombia.

Muchas cosas cambiaron en tronar de dedos con el entorno digital. Llegaron los contenidos transmedia, se digitalizó casi la totalidad de las pantallas, cambió la forma de producir, distribuir, exhibir y consumir.

Crecer más supone entender tal cambio; mantener los estímulos ante el escalofriante anuncio de reforma tributaria; ampliarlos incluso, vinculando a las telecomunicaciones o a la ciencia y tecnología. Debemos atraer más personas a las películas colombianas que no logran, pese a todo, importante audiencia. Las ciudades requieren profundizar su gestión audiovisual; Medellín y Bogotá crearon comisiones fílmicas y se anuncia en la Capital la ampliación de la Cinemateca para dar más espacio al cine colombiano y al trabajo de emprendedores.

Esto va bien, pero el viaje exige nuevas naves.

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