El pene en el David y la escultura clásica


Por: Reinaldo Spitaletta


En una clase sobre el género del ensayo (“el más humano de los géneros”, según Jaime Alberto Vélez) se abordaron aspectos característicos del Renacimiento, época en la que Michel de Montaigne creó el essai. Uno de los acercamientos a esos tiempos de prodigios consistió en nombrar y recordar cómo hubo un desnudamiento de las formas corporales y un rescate de las proporcionalidades, del número áureo y de la belleza entendida como una suerte de recóndita armonía, que lo sume todo en el bienestar interior y en sensaciones extáticas y de deslumbramientos. La razón emocionada.

Cuando les estaba hablando sobre la histórica escultura el David, de Miguel Ángel, una muchacha preguntó por qué en ese cuerpo tan hermoso y atractivo, así dijo, el pene era más bien pequeño, lo mismo que los testículos. Tras la risa colectiva, se hizo un recorrido por aquello que los griegos elevaron a la categoría inmarcesible de las proporciones. En ellas hay matemáticas, pero, a la vez, una como aportación de las divinidades a aquello que, a simple vista, debe causar una impresión demoledora de lo que es la belleza.

Para los griegos (también para los latinos), las proporciones áureas, las que estaban determinadas por un toque divino, pero a su vez numérico, eran parte esencial del arte. En la escultura clásica, como por ejemplo el Discóbolo, de Mirón de Eléuteras, todo obedece una proporcionalidad, a una armonización y equilibrio de los movimientos, a una adoración y respeto por el cuerpo (que también había que cultivar la mente, claro). El mármol y la figura humana alcanzaron cumbres estéticas insospechadas. Una adoración por la anatomía y la perfección de las formas.

La clase derivó en un paseo por algunas esculturas y escultores. Fidias y Praxíteles, inevitables. Pero, para no perder el enfoque propuesto por la inquieta estudiante, se siguió en la tónica de las proporcionalidades, y debido a esa manera de las concepciones estéticas grecolatinas, que reaparecerán con novedades y variables en el Renacimiento, testículos y penes guardaban una relación armónica con el resto del cuerpo. Lo otro serían deformaciones, como las de Príapo, dios menor de la fertilidad, un símbolo del poder fálico. O como las representaciones de los sátiros, seres animosos y de inteligencia escasa. Y, más que una virtud, tales desproporciones eran un defecto, una manera de cuestionar la imperfección. El vino, la fiesta, las faenas agrícolas, las situaciones lascivas, acogieron estas míticas creaciones más propicias para el humor y las transgresiones.

Aquellas esculturas clásicas, como las que surgirán en el Renacimiento, estaban hechas para la contemplación reflexiva y serena. Además, el cuerpo, que en la Edad Media sufrió los martirios y otras laceraciones para alejar demonios y tentaciones mil, y que se ocultó en hábitos y capuchas y abadías, se reivindica otra vez en el ideal humanístico del Quattrocento, en esa desnudez en la que el ser humano torna a parecerse a los dioses (que de seguro andarán desnudos por paraísos y lugares o no-lugares inescrutables).

Y mientras se iba respondiendo a la inteligente interrogación de la chica, se habló del cuerpo ahora, de su mercadeo y consumo, de tornar a ciertas musculaturas y fibras, mas no como una búsqueda filosófica de la belleza sino como una integración gimnástica al culto del cuerpo que sirve para modelarse, para venderse, comprarse, “incorporarse” a las dinámicas de los nuevos narcisismos. En los antiguos griegos una escultura (u otra representación) con un pene desproporcionado era, más bien, una monstruosidad, una alteración de las formas áureas. Se le rendía tributo a la razón, no conectada en necesidad con el tamaño de los genitales.

Alguien buscó en la web un trozo de la obra Las nubes, del comediógrafo griego Aristófanes, en la que se trata de los tiempos de antes comparados con los del ahora, y un personaje indica que “si haces lo que te digo y sigues mis consejos, tendrás siempre el pecho robusto, el cutis fresco, anchas las espaldas, corta la lengua, gruesas las nalgas y proporcionado el pene. Pero si te aficionas a las costumbres modernas, tendrás muy pronto color pálido, pecho débil, hombros estrechos, lengua larga, nalgas delgadas, pene desproporcionado, y serás gran litigante”.

Se dijo, y no propiamente como en una publicidad de las películas de Mothra y Godzilla, que “el tamaño sí importa” según las culturas y las divisas estéticas de las mismas. Y en esas estábamos cuando les conté una anécdota que hace años nos narró el escultor Gabriel Restrepo, cuando el maestro Rodrigo Arenas Betancur estaba esculpiendo el homenaje por los cincuenta años de la masacre de las bananeras, que se erigiría en Ciénaga, Magdalena. El modelo era un negro del Chocó. Su desnudez mostró un falo como el de Príapo. Desproporción absoluta. Y el escultor, que quería forjar un trabajador del banano en pelota, tuvo que ponerlo con un pene de tamaño armonizado con el resto del cuerpo. Asuntos de proporcionalidad.

Se llegó a la conclusión (y toda conclusión es un indicio de que algo queda faltando) de que para los griegos como para los artistas del Renacimiento el tamaño del miembro viril no era lo que determinaba la belleza de un cuerpo masculino.

La clase terminó en medio de cuchicheos, risitas de picardía y observaciones no reproducibles en una breve nota sobre la armonía y las divinas proporciones áureas. Y sobre los escultóricos penes griegos, latinos y renacentistas.



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