Jorge Consuegra. Adiós a uno de los nuestros

No. 7426 Bogotá, Lunes 30 de Mayo de 2016 


Mientras unos dan plomo, nosotros damos pluma
Jorge Consuegra


Por: Helman Salazar R.


Si nos concedemos una licencia - poética o prosaica, no importa - podríamos imaginar que la vida es un ancho mar en donde un buen día vemos a lo lejos un mástil o un faro, o una señal de que la costa está cerca o de que un puerto bullicioso nos espera. O podría pasar que en la cubierta del barco que vimos lejos y ahora está cerca, hay un marinero que alza la mano y te saluda y te expresa buenos deseos con una sonrisa y sigue su camino en medio de las olas que azotan y el viento que pasa…

Una vez, hace varios años, me dirigía al Pabellón del Diseño y la Caricatura en la Feria Internacional del Libro de Bogotá cuando Jorge Consuegra, que estaba sentado por allí, me llamó y se me acercó para expresar su reconocimiento a la labor que adelantamos desde la Escuela Nacional de Caricatura. No recuerdo los términos exactos, pero fue algo así como una exaltación del aporte que nuestra institución realiza a la cultura nacional. Era una expresión espontánea que no me esperaba y que me sorprendió porque uno llega a pensar que la contribución modesta que puede hacerse desde una experiencia como la nuestra, resulta intrascendente.

Por esa razón solíamos recurrir a Jorge y a sus contactos en medios de comunicación para decir “¡Hey aquí estamos!”, sin tener que pagar una costosa pauta publicitaria.

Jorge nos atendía, hacía unas llamadas, nos presentaba a alguien, en fin, hacía lo que estaba a su alcance. Tal vez no tenía la capacidad de decisión, las influencias, los contactos precisos (en este país que no es de leche y miel pero si de mermelada) para hacer todo lo que quería en el impulso de la cultura y entonces podía pasar que sus ideas o iniciativas fueran quedando atrás, muchas de ellas sin pena ni gloria. Jorge Consuegra sabía lo que cuesta hacer cultura en el país. Sabía de expectativas frustradas, de proyectos archivados, de vagas promesas que solo eran el preludio de una frase que debería imprimirse y enmarcarse en tantas oficinas públicas al lado de los slogans de campaña “Muy bonito el proyecto, lo felicito, pero no hay recursos, no hay nada que podamos hacer”.

Sin embargo, sus realizaciones hablan de que Jorge hacía lo que estuviera a su alcance, así pareciera insuficiente, para no sucumbir como hombre de cultura. A la Escuela le entregó hace una década parte de su biblioteca de historietas, caricatura y humor gráfico y eso ha hecho que muchas de las personas que pasan por nuestras aulas pudieran cultivarse y ser mejores artistas.

La vida es un instante o, como se dice el inspirado tanguero, “es un soplo la vida”. Y si no nos cuidamos podemos terminar pensando que no vale la pena dedicar esa única oportunidad sobre la tierra a la cultura. Pero en el caso de Jorge hay que decir que esa batalla transformó personas, los contagió de ese amor por los libros y por el arte (conozco por lo menos a uno) y si no tuvo algo más a mano, recibió de Jorge una expresión afectuosa y el reconocimiento que les (nos) mantuvo a flote. No se dirá de él que fue el gran reformador, el gran gestor, el gran mecenas (no podía serlo) pero sin duda debió llegar a su último momento con la satisfacción de haber vivido por lo que amaba, anhelando solamente otro aliento para seguir en la brega.

Cabe imaginar a Jorge como a otro marinero que pasa convencido de que alguna vez, como dice otro poeta, la cultura será, como este mar: “… azul, abierto, democrático, en fin, el mar”

Adiós Jorge, ¡buen viento y buena mar!

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