La ciudad en donde los libros son el pan de cada día


Por: Esteban Parra* / Bogotá.


El reloj no se detiene, y el desgaste del cuerpo tampoco. Luego de largas horas montado en un avión en donde los niños fueron los reyes y las letras no fueron invitadas, me encontré hambriento, sucio y terriblemente cansado con la cama de un hotel antiquísimo en las inmediaciones de la Plaza del Congreso en Buenos Aires.

Un par de horas de arrunche, una ducha merecida y un snack para calmar las ansias, fueron la antesala perfecta para con camiseta, camisa, suéter y bufanda encima, emprender mi camino por las calles cuenteras, las miradas altivas y el clima despiadado de una ciudad desconocida.

Compré mi tarjeta y atravesé la registradora que me llevó como a Harry Potter, hacia un mundo nuevo, hacia una promesa por décadas incumplida en Bogotá: un sistema de transporte digno y eficiente. Pero no solo el medio, sino los usuarios parecían de otro mundo: los empujones, los colados, las malas caras y la analogía a una lata de sardinas eran casi inexistentes, y sesgados a un par de lapsos del día, en contraste al colapsado panorama que nos toca en Bogotá en lo que demora al reloj volver a ver el número 12. Resulta curioso que estando tan cerca, culturalmente estemos tan, pero tan lejos en muchos aspectos.

En Bogotá hay un número interesante pero deficiente de bibliotecas, un gigante que se encarga de llevar el mercado de los libros a varios rincones de la ciudad, un segundón que se centra en las zonas frecuentadas por los de billetera abultada, y un número creciente, pero no suficiente, de pequeños independientes que de a poco se van haciendo un lugar en la escena; por supuesto, es complicado apostarle a esto en un país en donde el nivel de lectura apenas roza los 2 libros al año, pero ante un monstruo cultural y los efectos que este puede llegar a tener para una sociedad, el papel del estado y el de nosotros mismos debería ser otro. En Buenos Aires se cuenta un cuento muy distinto.

Perdido y dando vueltas por Callao, Lima, Córdoba, Almirante Brown, y un sinfín de calles y avenidas que me fueron llevando hacia una realidad paralela en donde las frutas están en vía de extinción, los pollos asados son reemplazados por pizzas y empanadas, y los postres están en cada esquina, en mi travesía por descubrir “El Ateneo”, la segunda librería más hermosa del mundo, me encontré con un territorio en donde los libros son el pan de cada día.

El paraíso no requirió mi muerte para poder vivirlo, sino que se hallaba frente a mis ojos, en cada esquina, bañada de tonos, de historias y de mil vidas. La UNESCO le dio el reconocimiento de Capital Mundial del Libro hace unos años a Buenos Aires, y esto no fue algo fortuito, por el contrario, fue el resultado de muchos emprendimientos editoriales, del abrumante número de librerías y de la pasión de la gente por la lectura, entre muchos otros aspectos.

Especializadas, híbridas, profesionales, novedosas, clásicas, diminutas y majestuosas. En Buenos Aires las librerías no tienen distinción de raza, sexo, religión ni presupuesto. Claro, las principales novedades editoriales padecen la difícil situación que venimos soportando en Colombia en los últimos meses, pero el mercado es vasto y en medio de todo, se puede encontrar el oro a precio de huevo. Hasta tres sucursales del cielo llegué a ver en tan sólo un cuadrante.

El impacto de un jueves entre letras, me llevó a un viernes esperado por mucho tiempo. La Feria Internacional del Libro de Buenos Aires, una de las cinco más importantes del mundo, era mi siguiente parada.

Después del mediodía, las puertas de la Rural se abrieron para las largas filas que esperaban ansiosas por hacer su ingreso a un espacio dedicado al mundo de la literatura. Un ambiente inmejorable, con espacios amplios que permitían una mejor experiencia en el recorrido por los diferentes stands, manchas verdes y espacios de esparcimiento, un orden envidiable para las firmas de libros, unos escenarios tremendos para el desarrollo de charlas y debates, y una sensación de calma que se echa de menos en los fines de semana de la Feria Internacional del Libro de Bogotá; eso fue con lo que me encontré. Adicional a esto, el dinero que entregas a cambio de tu entrada, te lo devuelven en algo llamado “Chequelibros”, con los que se pueden comprar libros en las librerías adheridas al programa, las cuales son la gran mayoría dentro de la ciudad.

Otro aspecto que me gustó mucho, es la importancia que se le da a todo lo infantil y juvenil dentro del marco de esta fiesta de la cultura. Cristina Alemany, la encargada de hacer que esta movida tenga su espacio, es una visionaria en todo el sentido de la palabra, que ve más allá de donde muchos no lo hacen, que no escatima en esfuerzos para sacar la pelota del estadio, y que tiene bien clara la importancia de actores como los bloggers y los booktubers dentro de la cadena del libro.

Pero en ese recorrido por una feria extranjera, pude darme cuenta de algunas de las virtudes que posee la nuestra. La oferta literaria es grande en Buenos Aires, pero el recorrido por la de Bogotá, aunque parezca increíble, la supera; si bien las condiciones de Corferias respecto del tamaño de sus pabellones relegan pasillos intransitables como única vía de comunicación entre los asistentes con los stands, la cantidad y variedad de libros dentro de estos últimos es tremenda, de todo tipo y para todos los gustos. Aquí llegamos al punto que se pueden encontrar hasta tres stands de una misma editorial dentro del recorrido por toda la Feria. Una cosa de locos.

Del mismo modo, todo lo que tiene que ver con los cómics, el mundo fandom y el universo geek se siente con mayor fuerza en nuestra feria: el pabellón dedicado para esto tiene una energía diferente, abrumadora y poderosa que en ningún momento sentí en mi paseo por Buenos Aires.

Luego de algunos regalos, cientos de kilómetros recorridos, innumerables buenas experiencias, una que otra compra, mucha cerveza, cantidades peligrosas de carne, par de choripanes y un recorrido por el cielo literario en plena tierra, era la hora de tomar un avión con rumbo a Brasil, en donde seis horas de espera (y un libro encima) me llevarían de regreso a casa.

La cabeza tocó la extrañada almohada, y en la mente un montón de reflexiones se fueron haciendo presentes, para dejar una única conclusión: la vida de los libros es solo una, pero la forma en que la viven depende de cada uno de nosotros, y del lugar que el destino tenga destinado para ellos.

*Directo del blog Liberando Letras.

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