Murió el escritor Gonzalo Márquez Cristo

Gonzalo Márquez Cristo
Gonzalo Márquez Cristo

Por: Carlos Castillo Quintero / Capicúa / Tomado de http://m.periodicoeldiario.com/


1


Caronte. El 24 de mayo, a las 10:36 de la noche, el traslúcido Caronte arrimó su barca al lecho de mi querido amigo Gonzalo, para liberarlo, para que emprendiera su definitivo viaje a la tranquilidad y la luz.

Como un homenaje a su nombre y a su obra, comparto dos textos: el primero lo escribí en el 2012 para celebrar los 20 años de su novela Ritual de títeres. El segundo es una carta, un mensaje personal que hace unas semanas puse en una botella y lancé al mar de la incertidumbre. No sé si lo alcanzó a leer. Que sea esta la ocasión.

2


La palabra en el reino de Jano. Anoche ocurrió todo, nuestro pueblo tiene un definitivo rostro sombrío. (Gonzalo Márquez Cristo, Los amordazados).

En un extremo del hilo un hombre camina, trastabilla y cae. En el extremo opuesto otro se levanta, trastabilla y camina. Los dos son el mismo, pero diferentes. Uno escribe, el otro edita. Uno, atrapado por la sonrisa de aquella a quien ama, se postra en el altar de la Catedral de Notre Dame; el otro se erige ante los senos de una muchacha que pasa y a quien por varias semanas culpa de su extravío.

Un engendro de imaginación poética, así llama Franco Volpi a la novela que ha escrito uno de los rostros de nuestro celebrado nigromante. Un poema de doscientas cinco páginas, digo yo, en donde la acción es imagen. Poesía-narrativa-poesía-narrativa… ¿A quién le importa? El oráculo funciona y Jano se erige como señor absoluto en su mundo imaginario. Bogotá bohemia verbalizada por un alucinado: Los dioses han vuelto, serán nuestras víctimas, dice, pero en su mesa la copa permanece vacía. Los fantasmas de la Carrera Trece ya no se reflejan en los charcos de lluvia. Los dioses han muerto, eso lo sabe muy bien Jano, sabe que la jaula tiene la forma de la mirada del pájaro. No en vano en su Oscuro nacimiento una mujer desnuda se precipita en el crepúsculo.

El otro rostro, mientras tanto, emprende la alucinada tarea de rebuscar en las canecas de basura. No en cualquiera, sino en la basura de los escritores. Los sin editor. Los que no han querido o no han podido abrir el apetito de los Conquistadores. Y contrapone a la banalidad y la farándula una preciosa colección de Literatura: Los conjurados, esa Común presencia que a todos acoge.

Y a pesar de los buenos resultados, no se distrae de lo esencial: La extensión de la soledad hace apenas visible la presa que huye, dice, escribe, repite. Los versos de su amado René Char caen sobre la mesa del café y la muchacha de senos huidizos los mira, evita que aleteen sobre la mesa. Ella está ahí pero él no lo sabe. Quizá su otro rostro lo sepa. Su mirada múltiple permite el extravío. En mi principio, está mi final dejó dicho T.S. Eliot. Jano lee el verso y se sorprende.

Jano no cree en la memoria, a pesar de su testimonio. Los seres a quienes dedica su Ritual de títeres son esos y son otros, simultáneamente, ataviados con la impostura de un nombre, letras, letras, letras…, alimento para el ávido que Con-fabula, el que se expone, el que reivindica el Nirvana al filo del espejo. La ebriedad que exhala un lejano jardín, la infancia, la campiña boyacense, la recia presencia de la sangre que todavía jala, pero con respeto: Cada cuerpo tiene su noche, pero yo cuido mis interrogantes: ¿hasta dónde están vinculados el incesto y el romanticismo? ¿Los prestidigitadores de lo sexual hallarán su equilibrio?, pregunta Jano, pero no aguarda por las respuestas.

El horizonte es otra batalla: la de las hembras U´wa, la de Ian el alpinista que ha decidido escalar el escabroso pico que los nativos llaman Cabeza de Venado, la de uno de los genios heréticos que se rebelaron contra el Gran Soleimán y con argucias de aprendiz ha tallado un diamante y lo ha titulado: La palabra liberada, para que tú, desprevenido lector, transmigres a su lugar de condenado.

Jano, dios de las puertas, los comienzos y los finales. Hombre encarnado en un dios encarnado en un hombre hecho de palabras: Gonzalo Márquez Cristo.

Aquí mi tributo, mi celebración, ahora que nuestro pueblo tiene un definitivo rostro sombrío.

3


Gonzalo: La cicatriz del horizonte invade mis ojos. Vivía yo en Tunja, ciudad de niebla que conoces bien y que te ama. Por esos días mis hijas veían que la noche se consumía sobre mi espalda mientras intentaba escribir una novela. Iba yo del computador a los oficios domésticos y no más.

Entonces me hablaron de ti: un poeta importante visitaba la ciudad, me invitaban a conocerte, a compartir contigo un momento. Pero yo estaba agotado y hacía tiempo que no salía a la calle. Dije que no. Embistieron entonces con otro argumento: tu poesía. En un folleto del Festival Internacional de la Cultura de ese año, 2002, creo, habían publicado algunos de tus poemas. Después de leer, me bañé, me arreglé lo mejor que pude, y cuando las niñas se durmieron, pasadas ya las diez de la noche, fui a tu encuentro. Eres bradburyano, dijiste, con tu risa de judío, señalando nuestra identificación, pero no era necesario: el flechazo había sido inmediato.

Ahí mismo, en el primer minuto, conocí tu generosidad. Sentí la necesidad de grabar lo que hablabas, o por lo menos de tomar apuntes. Tu corpulencia intelectual me encandiló, tu sensibilidad, esa habilidad para pasar de un tema a otro, como un niño que atraviesa un río turbulento saltando de piedra en piedra sin caerse, en medio de la gentileza y la música. Nunca antes había conocido a alguien que hubiera compartido con gentes que para mí apenas eran nombres impresos en los libros. Habitantes de una dimensión superior, como tú.

Conocí también tu capacidad de trabajo: me diste ejemplares de la Revista Común Presencia, y ejemplares de tus libros, obras de arte que atesoro. Ahí mismo iniciamos con proyectos comunes, en el microrrelato, en los talleres literarios, en las conferencias, en la poesía. Siempre he contado contigo. Siempre, desde entonces, he recibido tu luz.

En este momento quiero leerte algo. Es el capítulo XXI de El Principito.

Dice:

Entonces apareció el zorro:

—¡Buenos días! —dijo el zorro.

—¡Buenos días! —respondió cortésmente el principito que se volvió pero no vio nada.

—Estoy aquí, bajo el manzano —dijo la voz.

—¿Quién eres tú? —preguntó el principito—. ¡Qué bonito eres!

—Soy un zorro —dijo el zorro.

—Ven a jugar conmigo —le propuso el principito—, ¡estoy tan triste!

—No puedo jugar contigo —dijo el zorro—, no estoy domesticado.

—¡Ah, perdón! —dijo el principito.

Así, como el zorrito ese, andaba yo por entonces en Tunja: sin domesticar. Te conté que ni siquiera iba a Bogotá, que no iba a ningún lado. Soltaste la risa: Eso dices, pero seguro mañana mismo nos encontramos allá. Tú, que acababas de llegar de algún viaje por el mundo, no creías que ese encierro mío fuera posible.

Continúo con la lectura:

Pero después de una breve reflexión, añadió:

—¿Qué significa "domesticar"?

—Tú no eres de aquí —dijo el zorro— ¿qué buscas?

—Busco a los hombres —le respondió el principito—. ¿Qué significa "domesticar"?

—Los hombres —dijo el zorro— tienen escopetas y cazan. ¡Es muy molesto! Pero también crían gallinas. Es lo único que les interesa. ¿Tú buscas gallinas?

—No —dijo el principito—. Busco amigos. ¿Qué significa "domesticar"? —volvió a preguntar el principito.

—Es una cosa ya olvidada —dijo el zorro—, significa "crear vínculos..."

—¿Crear vínculos?

—Efectivamente, verás —dijo el zorro—. Tú no eres para mí todavía más que un muchachito igual a otros cien mil muchachitos y no te necesito para nada. Tampoco tú tienes necesidad de mí y no soy para ti más que un zorro entre otros cien mil zorros semejantes. Pero si tú me domesticas, entonces tendremos necesidad el uno del otro. Tú serás para mí único en el mundo, yo seré para ti único en el mundo...

Ni siquiera es necesario añadir que tú, Gonzalo, eres para mí único en el mundo. Eres mi amigo y te amo. Me haces mucha falta.

Dices en el último libro de poemas que has publicado: Sólo agua y viento: amigos transparentes / Me acompañan.

Sólo agua y viento, Gonzalo, mientras nos encontramos. Mientras tanto va el pedazo de mi corazón que te pertenece, el mismo que torpe y asustado palpita en estas letras.

Termino con esta lectura:

De esta manera el principito domesticó al zorro. Y cuando se fue acercando el día de la partida:

—¡Ah! —dijo el zorro—, lloraré.

—Tuya es la culpa —le dijo el principito—, yo no quería hacerte daño, pero tú has querido que te domestique...

—Ciertamente —dijo el zorro.

— ¡Y vas a llorar!, —dijo él principito.

—¡Seguro!

—No ganas nada.

—Gano —dijo el zorro— he ganado a causa del color del trigo.

Antoine de Saint-Exupéry sigue con su principito y el relato de sus viajes. Yo sólo quiero recordarte, Gonzalo, que: Eres responsable para siempre de lo que has domesticado.

¿Cómo, después de tu amistad, volver a ser salvaje? ¿Cómo regresar a la caverna?

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