Capítulos de una autobiografía profesional

Por Sonia Budassi / Tomado de http://www.revistaenie.clarin.com/


Periodismo. En “Lacrónica”, Caparrós reúne piezas publicadas entre 1991 y 2014 y veintitrés ensayos inéditos sobre un género en el que ha descollado.

Martín Caparrós ha sido de los pocos escritores que logró ser reconocido como intelectual público. Esta visibilidad, claro, tiene que ver con la construcción de su vasta obra, desde la mítica La voluntad, escrita junto a Eduardo Anguita –curiosamente, el título no aparece en las solapas de sus últimos libros– y otras de no ficción que van de lo local a lo global, como El interior , El hambre , Larga distancia, y novelas, a veces no tan celebradas por la crítica, como A quien corresponda y Los living.

En Lacrónica reúne piezas publicadas en distintos medios, entre 1991 y 2014, fragmentos de los libros citados y 23 ensayos breves, inéditos. Aunque sus ideas aparecen en entrevistas y algunos textos previos, éste es el más acabado intento de sistematización de su método e ideología de trabajo: el propio autor lo llama “autobiografía profesional”. En sus piezas narrativas suele reflexionar sobre la escritura. En uno de los ensayos, por ejemplo, cita un fragmento de Larga distancia: para los franceses, estadounidenses e ingleses, el mundo ya está contado; al ir a cualquier lugar existe un consenso, un discurso previo ya narrado, dice. Al ser argentino, en cambio –y aunque se confiese en contra de la idea de patria– “hay que inventar las maneras de la mirada”. O armarse todo el tiempo “la propia tradición”. Y menciona una que, para él, no continuó: la mirada hacia lo ajeno practicada por Sarmiento, Mansilla y Cané. En este sentido, y aunque es posible disentir con algunas de sus máximas, la autoconciencia del lugar del narrador fortalece una envolvente construcción de la primera persona; nunca resulta superficial o forzada, como sucede en obras actuales que conducen el relato desde un yo superficial, forzado a fuerza de pronombre.

Las crónicas son variadas en su extensión y tema y permiten, en algunos casos, ver una evolución del estilo y hasta descubrir subgéneros. Es notable la diferencia, por ejemplo, entre la más visceral “Videla boca debajo” de principios de los 90, y la mucho más compleja “Lima, perfume de final”. ¿El cronista se sentó en la cama de un ñiño a quien prostituyen? ¿Cómo consiguió entrevistar al esquivo Kapuscinsky? La edición combina narrativa y ensayo y marca un ritmo fluido. El ensayo comenta la crónica que le sigue, y en algunos casos, como el fragmento de La voluntad, o la excelente “Sri Lanka, el sí de los niños”, se encadenan con la anterior y posterior. Muestran la “cocina” y generan suspenso.

¿Cómo podría categorizarse la prolija hibridez de este libro? Por un lado, hay una operación de legitimación propia de los textos estilo “consejos del maestro”, al tiempo que se despliega un canon. Caparrós cita a sus referentes, históricos y contemporáneos con gracia; y termina proponiendo una breve historia social del periodismo. El intento por pensar la crónica se da, podríamos decir, sólo con fines analíticos, en varias fases. Por un lado, la filosófica. Allí el ensayista repite ciertos lugares comunes en la definición del género, como que “la objetividad no existe”, “la crónica es el periodismo que sí dice yo (...) estoy, yo no te engaño” –frase ya publicada en algún estudio preliminar– en contraposición al pretendido lenguaje neutral de los medios. La intención parece ser casi didáctica, divulgadora.

Según su editora Paula Pérez Alonso el neologismo Lacrónica alberga un gesto de vanguardia propio del autor. Y es cierto en varios pasajes de sus textos. Caparrós arma juegos de palabras, aliteraciones, sucesiones de sustantivos sin comas, nombres compuestos, como “La Máquina Periódico”, etc. Sin embargo, sus definiciones son clásicas y deudoras de la epistemología de la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano, esa que ha sido debatida, por su carácter de fórmula, entre otros, por María Cristoff en prólogo a la reedición de Falsa calma y otras intervenciones. Y es necesario hacer una salvedad: dicha institución, lejos de ser unívoca, alberga a cronistas y profesores de matrices intelectuales y obras disímiles. Desde el mexicano Juan Villoro al estadounidense Jon Lee Anderson y el colombiano Alberto Salcedo Ramos o el argentino Cristian Alarcón. Entre dicha diversidad, sí, las definiciones más extendidas son las originadas por aquel eslogan de Gabriel García Márquez, “una crónica es un cuento que es verdad”, y una concepción de la cuestión formal y empírica cuasi positivista. En la búsqueda de la definición de su objeto, problema central de la crítica desde los 60, la intención quizá no sea la de ahondar en ese tema, como lo hace María Moreno, por ejemplo, en el prólogo a la edición deEnrique Raab. Periodismo todo terreno. Allí se sigue la idea de que el relato es de un orden diferente a la mentira. Y se refiere a la sospecha de Ricardo Piglia sobre si el soldado de la Carta a mis amigos de Rodolfo Walsh es un “artificio retórico”. “No era una falsificación sino una verdad no meramente fáctica”, dice Moreno. Hacia el final, Caparrós sí va a exponer los debates en torno al género en un Congreso en esa Fundación, centrado en lo temático.

Pero en estos pasajes no parece hablarles a sus colegas más refinados sino al gran público, con una retórica eficaz: pone ejemplos, explica, tira frases combativas. Citando a Rimbaud y su “yo es otro” también advierte y matiza un tema vigente en las escrituras de autoficción pero referidas a la crónica: el narrador puede parecerse, a veces para bien, a veces para mal, a su autor o no. Se trata, desde luego, de una construcción. En ese sentido, el texto se vuelve metatextual.

En el ensayo 5, en cambio, sí parece interpelar a sus pares: “El libro sigue teniendo un prestigio desmesurado en nuestras sociedades”, dice, sin presentar más evidencia que lo deseado por los cronistas: tener el tiempo para alejarse de la inmediatez de la prensa diaria para trabajar en un texto en profundidad. ¿Y qué pasará entonces con el público lector? ¿Es consistente esta afirmación en estos tiempos, a juzgar por los vaivenes de la industria editorial? El texto habilita la pregunta.

Lacrónica se mueve con soltura entre el análisis estético –cómo lograr un tono propio–, las condiciones de producción y una sociología divulgadora –a veces más centrada en el individuo– de la profesión. Y despliega sus postulados: las crónicas que deberían ser, y en este libro suelen lograrlo, más que una buena historia.

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