El mar noruego


Por Carolina Pineda González / Bogotá.


Durante un largo viaje como piloto mi abuelo José Segundo Romero Morales encontró en un antiguo hotel un casete. El sonido hipnotizador que emitía la cinta transmitía la magia de un tiempo inmemorable, el agua del mar noruego chocaba con la tierra y crujía. Antes de morir, mi abuelo José le regaló a su esposa, mi abuela Rosalvina Romero Torres, el casete antiguo. Después de la muerte de mi abuelo, mi abuela se marchó a otro país.

Fue en la costa sur de Noruega, frente al océano Atlántico donde mi abuela Rosalvina decidió subir los 604 metros de la roca Preikestolen. Fue la única mujer entre los turistas que desapareció. Hasta ahora nadie había desaparecido o caído de la cima. Allí arriba, fue el último lugar donde la vieron. Un día el personal del hotel, una antigua mansión noruega, me llamó para reportarme la ausencia de mi abuela. Sin pensarlo, a los pocos días me subí a un avión y llegué a la península con la esperanza de encontrarla.

Sentado en su habitación sobre una robusta silla de madera y vigilado por los animales disecados, escuché por primera vez el mar noruego. El sonido del casete disipó mi angustia, tuve la impresión de sentir por primera vez la calma, quedé embebido por el sonido; sin sentir sueño, mis ojos se hicieron pesados y se cerraron. Seguí escuchando, mis músculos no respondían. La alucinante melodía terminó. De repente trate de despertar pero todo era negro, no podía moverme. No sé cómo pero desperté y sentí por un breve instante desconocerlo todo. Rebobiné el casete y el primer rumor del mar aquietó mi temerosa alma de nuevo.

Hice el recorrido hacia la cima Preokestolén. En la parte más baja del camino el guía y yo encontramos a la abuela Rosalvina. Se escondía sobre una piedra, con varias capas de ropa, soportando las bajas temperaturas. La hipotermia la consumía. La levantamos y la llevamos al hotel. No me reconoció, mi abuela parecía haber olvidado quién era, en donde estaba, por qué había llegado ahí.

Para que se recuperara, tuvimos que quedarnos un mes en el hotel. En las noches sufría de insomnio, se levantaba gritando asustada sin saber en dónde estaba. Me senté con ella en sus estados de sosiego profundo, cuando se veía cansada y desorientada. Para consolarla repetimos una y otra vez las viejas grabaciones del mar noruego. El sonido del agua bajo el casco del barco, el hielo que crujía, el agua fría sobre la costa nos dejaba dormidos todas las noches.

...Bajo los fuertes y helados vientos detuvieron la movilidad y llegué a media noche al hotel. Estaba cansado y sentía frío en los huesos. La luz de la habitación de la abuela ya estaba apagada así que seguí hacia mi habitación para recoger el casete, le puse play mientras calentaba mis pies en la chimenea y me quedé dormido. Después de aquella vez la abuela me olvido definitivamente. Aun así, como un centinela, cada noche reproduje el casete para aplacar sus perturbaciones. Unas semanas más tarde, como el abuelo, ella dejó este mundo.


*** 

Regresé de Noruega con la extraña sensación de haber habitado un sueño. El casete fue el único recuerdo que tuve de mis abuelos. Al principio, este fue mi consuelo. En mi fin, escuchar el mar fue mi muerte… Nunca había estado tan solo. Me invadió un estado de perturbación desbordante. Llegaron las lluvias. Me aferré al casete en las noches. Me despertaba con el sol, me internaba en el estudio de la galería, atendía las llamadas, almorzaba, y los clientes me visitaban en la tarde.

En las noches me resultaba difícil dormir pero bajo el sonido del mar noruego mi cuerpo se tumbaba sobre la cama y descansaba, aunque la tensión crecía sobre mi cabeza. Poco a poco comprendí que había llegado a una especie de adicción por su sonido y necesitaba dejarlo. Aferrado a esta idea, patee el casete, intente olvidarlo. Y por fin, después de tanto tiempo, logré dormir toda la noche.


*** 

Hace unos días desperté en un lugar ajeno. ¿En dónde estaba? Salí a la calle en calzoncillos, asustado... Me obligué a recuperar la calma y regresé. Al llegar y mirar la entrada reconocí la puerta de mi casa, entre a la habitación, estaba en desorden. Entonces, lo recordé. Recordé a mi abuelo José y sus delirios, recordé a la abuela Rosalvina gritando como loca por el hotel.

Ese día lo supe y tuve miedo. Me tumbé en la cama y pensé en cómo poco a poco los clientes comenzarían a ser extraños, los recuerdos de mi niñez parecerían ajenos, los objetos se perderían, las personas me asustarían. Busqué con frenesí el único objeto que me alejaría de mi terrible destino y lo encontré debajo del armario. Oprimí play en la vieja grabadora antes de dormirme; el sonido del mar volvió. Fui consciente de cómo todo comenzó a ser negro, me hundí en un profundo negro. No sentía ninguna parte de mi cuerpo. Me sacudí, intenté abrir los ojos, respiré con fuerza y nada. Todo lo que había pensado hace un momento se confundía, se perdía. Todo fue inútil.

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