Jorge Consuegra, el periodismo y el frío de la muerte

No. 7432 Bogotá, Domingo 5 de Junio de 2016 


Mientras unos dan plomo, nosotros damos pluma
Jorge Consuegra



Por Mario Henao Quevedo / Periódico Golpe de Opinión.


Ningún estudiante se perdía las magistrales cátedras de este ilustre hombre de letras, recientemente desaparecido. Estas eran una mezcla de ética, humor y pasión por el mejor oficio del mundo, como lo llamó Gabriel García Márquez. Su particular estilo de enseñar a escribir y ver la vida se evidencia en esta nota de Mario Henao Quevedo, uno de sus discípulos y amigos.

La morgue es un lugar al que probablemente no quisiéramos llegar nunca, ni vivos ni muertos. La sola palabra, morgue, nos produce escalofrío, repudio. Por lo general, al escucharla, cerramos los ojos y nos tapamos los oídos. Nos parece macabra, tétrica. La razón es clara. Es que, incluso, sin necesidad de haber puesto un pie en sus gélidos laberintos, todos lo sabemos: ese es uno de los recintos predilectos de la muerte para depositar sus trofeos de guerra, de su guerra cobarde contra la vida. Uno de sus altares más preciados, en el que danza sonriente, morbosa, complacida. Si lo haces por tus propios medios, entrar allí, resulta completamente estremecedor, tanto más lo debe ser de manera inerte.

La primera vez sientes que se te paralizan los sentidos, la sangre se te congela y ese último perfume que expelen los cadáveres –tan apropiado para la cita final– se te mete por la nariz, te atraviesa la garganta, te provoca náuseas y se deposita en tus pulmones como por dos o tres días, tiempo en el que no podrás dormir sin tener pesadillas, sensación que en ocasiones suele extenderse por semanas. Es ahí cuando percibes el frío de la muerte y sus dedos punzantes retorciéndote las entrañas. Sí, la muerte está viva, se alimenta de personas, las tritura con sus espantosos dientes, y quiere que lo sepas: en cualquier instante serás su víctima, lo seremos, nadie escapa. La segunda, será igual, y la tercera, y probablemente nunca te acostumbres, ¿o sí? A mí me cuesta todavía, aun cuando he repetido esa nada envidiable experiencia en varias ocasiones. Cuando visité la morgue por primera vez, si es que el término visitar cabe, llevaba veintiún años de edad encima. Llegué en un jean azul raído, mis viejos tenis franceses, una camiseta cualquiera, un abrigo negro de paño inglés apolillado y un sombrero de utilería, que era con lo que solía recorrer incansablemente La Candelaria, el barrio donde vivía, en aquellos tiempos de estudiante de periodismo. Antes de entrar, lo pensé largamente, de pie, en el marco de la puerta principal de aquella sombría edificación. Sí, lo pensé largamente y estuve a punto de darme vuelta y regresar a casa con mi ‘atuendo de loco’, como algunos me decían, pero recordé en ese momento las palabras de Jorge Consuegra, mi profesor de redacción: «Pelados, si quieren escribir sobre la realidad de este país, primero tienen que conocer el frío de la muerte».

Así terminé en Medicina Legal, haciendo ese sobrecogedor ejercicio, ejercicio que repetiría años más tarde como reportero y realizador de televisión. Siempre respirando profundo antes de entrar a la morgue y siempre saliendo de allí con una extraña palidez en el rostro, como impregnado del maquillaje mortuorio de sus fugaces habitantes.

Eran los desafíos a los que nos exhortaba en sus magistrales clases el maestro Jorge Consuegra para medirnos «la madera, el talante», desafíos que también nos llevaban al Cementerio Central con el propósito de descubrir los misterios ocultos en las tumbas de algunos insignes personajes de la patria, de unos cuantos mártires, de no pocos villanos con lápida de prócer y de ciertos parroquianos elevados por el fervor popular a la categoría de milagreros. Estas experiencias, aun cuando espeluznantes, se tornaban al mismo tiempo en algo fascinante y terminaban convertidas en crónicas que todos soñábamos con ver publicadas en algún medio, como en efecto ocurría a veces, por gestión de Jorge y para orgullo de sus autores. Era el estilo particular con el que este hombre, este inolvidable hombre, por aquella época todavía envuelto en el capullo de la juventud, de barba negra, anteojos que le daban ese aire de pensador que siempre fue, sonrisa y mirada bonachonas y palabras afables, pero en ocasiones cargadas de exigencias, nos entrenaba para enfrentar el verdadero mundo, no el de los comerciales, sino ese, real, habitado por seres de carne y hueso, como nosotros, con sus propias fantasías, con sus propias necesidades, «porque el periodismo se hace en la calle y no desde un escritorio», como nos machacaba a cada rato.

Estos mismos recuerdos y otros tantos por el estilo han de conservar mis compañeros de Inpahu, nuestro añorado Inpahu, que, como yo, pasaron por estas pruebas o terminaron descendiendo por los desfiladeros del Salto del Tequendama, en búsqueda del Lago de los Muertos, tras las huellas de aquellos desdichados que acabaron con su vida arrojándose desde sus rocas, en un dantesco ritual que se inició en los años 30 del siglo pasado y se prolongó por varias décadas, ritual del cual se han escrito centenares de historias a cargo de reconocidas plumas de todas las épocas.

Sospecho que Jorge presentía la Colombia que nos aguardaba, esa misma por la que siempre ha galopado despiadada la muerte, pero que a partir de la década de los 80 –en la que precisamente tuvimos la fortuna de encontrarnos con él en las aulas– parece haberse ensañado con mayor demencia contra la patria. Esa que se alió con la violencia, con el narcotráfico, con la corrupción, con los políticos deshonestos, esparciendo sus amargas semillas y sus venenosos frutos por toda la nación, arrasando apocalípticamente con la vida, con la inocencia. Esa que con sus secuaces, con sus tenebrosos secuaces, sembró el odio, el miedo, el terror. Esa que hizo del sicariato, de las bombas, de las minas antipersona, de la desaparición forzada, de la tortura, sus métodos favoritos. Esa que, con sus tétricos embajadores, ha aniquilado a no pocos candidatos a la Presidencia, ministros, jueces, magistrados, maestros, periodistas, defensores de derechos, estudiantes, sindicalistas, trabajadores, campesinos, policías, militares y a supuestos insurgentes que sin serlo terminaron con el pecho abierto y desangrado, sin importar si niños, jóvenes, mujeres o ancianos. Esa cuyos voceros se lavan las manos y ha dejado millares y millares de viudas, de huérfanos, de mutilados, y a millones más si tierra. Esa que, solapada en la sonrisa descarada de quienes mueven sus hilos, hizo de este país una pesadilla, nos robó las esperanzas y no nos ha permitido conocer ni disfrutar ni un solo día en paz en más de medio siglo.

Sospecho que Jorge lo presentía y se impuso la obligación, obedeciendo a su ética y profesionalismo, de preparar a cada nueva generación de aprendices, de discípulos que llegaban a sus exquisitas cátedras en distintas universidades, por años y años, no para la guerra sino para la esperanza, para que no perdiéramos nunca la sensibilidad ni nuestros objetivos y nos consolidáramos como estandartes de la paz, de la verdad, de la honestidad, de la justicia, seguro, como estaba él, de un rumbo posible y diferente para Colombia, pese a los enemigos de la paz, pese a los aliados de la muerte, ¿y quiénes si no los periodistas para defender ese rumbo en paz y sin violencia y con justicia social, y para gritarlo a los cuatro vientos? Sí, sospecho que Jorge presentía esa Colombia amarga que se avecinaba, pero también y fundamentalmente presentía la paz y la necesidad inaplazable de alcanzarla y por eso nunca se cansó de invitarnos a conocer el frío de la muerte, porque sólo –diría él– palpando el hielo que produce, inhalando su pestilencia, sintiendo el horror que significa, podremos conocer y valorar en su real dimensión el fuego de la vida.

En el quehacer profesional disfrutaría después de otras experiencias inolvidables con Jorge Consuegra, mi maestro, mi amigo. Siempre lo recordaré como el niño que nunca dejó de ser. Jamás pensé que terminaría ayudando a cargar su féretro, como me correspondió, sin esperarlo, triste y honrosamente, durante sus exequias. Entonces, no experimenté el frío de la muerte, sino la calidez de la vida, y recordé velozmente, en ese instante, las palabras de mi maestro de periodismo, sus enseñanzas, su luz. Shalom. Y que cuando la muerte toque a nuestra puerta, nos encuentre de la mano de Dios, verdaderamente, como sabemos que le ocurrió a Jorgito.

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