Jorge Consuegra. La mirada de un maestro

No. 7435 Bogotá, Miércoles 8 de Junio de 2016 


Mientras unos dan plomo, nosotros damos pluma
Jorge Consuegra



Por: Jaime Arturo Barahona Caicedo / Bogotá.


—¿La mirada inteligente existe? Sí existe —le dije a la persona que me lo preguntó—. ¿Pero cómo es esa mirada inteligente, cómo sabes que está ahí? Eso, mi querida amiga, es algo que tú debes aprender a descifrar con el paso del tiempo y con un vicio que no se te quitará nunca, si es que lo tienes. El vicio de observar y observar. Solo observa, que el cerebro hará el resto. Nuestro cerebro está entrenado para interpretar, pero el insumo es lo que observas, insisto, con obstinación. —¿Y cómo es la mirada inteligente? —insistió. Tiene brillo, respondí inmediatamente. Sí, brillo, vida.

Fue ahí, justo en ese momento, cuando me acordé del mejor ejemplo de mirada inteligente que yo he visto en mi vida. Sin entrar a explicarle de quién le iba a hablar, se asomó a mi memoria la mirada de mi profe Jorge. No me acuerdo qué materias me dio; fue profesor mío dos veces, primero en INPAHU y después en la profesionalización, en la Universidad Central, con unos ocho años de diferencia entre instituciones. Pero, sí, ahí estaba, intacta, incólume, su mirada inteligente, era lo que más recordaba de él. No me acuerdo nunca de las materias que me dictan, no me interesa, siempre voy por lo que la persona me puede dejar a mí. El resto es carreta, ahora la puedes encontrar en Google, si es por información por lo que vas.

Jorge Consuegra
Jorge Consuegra


Ahí, detrás de sus gafas —que creo que siempre tendieron a ser cuadradas, si no estoy mal—, se escondían sus penetrantes ojos azules. Eran penetrantes no por lo azules, sino porque siempre te sentías observado, escrutado, pero con una mirada asertiva, bonachona, para nada invasiva. Parecía que siempre estaba buscando el lado bueno tuyo. Con bueno no me refiero al juicio de valor de si eres bueno o malo, me refiero a que siempre trataba de ver en ti qué es lo que tienes para ofrecer en cualquier escenario. De ahí el secreto de que tú siempre tratabas de darle honestamente lo mejor. Esa habilidad es difícil de encontrar, pero yo siempre he creído que los resultados de las personas en tu entorno derivan de la forma en que las mires. La mirada del maestro Jorge, para hacerme entender mejor, era la mirada que tiene un padre cuando le está enseñando a caminar a su hijo o hija. Es decir, el padre sabe que se puede caer, pero sabe también que desde muy dentro de su corazón, quiere que el niño aprenda a caminar lo más rápido posible. Esa mirada la percibe el niño y por eso trata de no caerse y de llegar a los brazos de su padre lo más pronto posible. Eso era lo que lograba Jorge, por eso las personas le copiaban todo lo que él quería de ellas. Siempre eran cosas loables, meritorias, justas.

Otra característica de la mirada inteligente se desprende de la capacidad que la persona tenga de hacer buen humor. De encontrar gracia, deleite en todas las situaciones que ve. Ese era otro rasgo que admiraba del maestro Jorge. Sus clases constantemente desprendían una risa de su auditorio. Para lograr esto, la persona debe tener su cerebro en constante movimiento, continuamente relacionando situaciones y esperar el momento adecuado para el comentario mordaz, astuto, inesperado, que deriva en la risa de su interlocutor. Por esto siempre parecía que sus ojos bailaban al mirarte, sus pupilas se contraían y se expandían de una forma casi imperceptible, casi imaginaria.

La mirada inteligente existe, querida amiga, tienes que aprender a verla, puntualicé.

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