Jorge Consuegra visto por su hija, Natalia

No. 7434 Bogotá, Martes 7 de Junio de 2016 


Mientras unos dan plomo, nosotros damos pluma
Jorge Consuegra


Bogotá*


Estoy en el escritorio donde mi papá se sentó todos los días, con disciplina inigualable y durante años, a hacer los boletines de prensa de la Agencia Cultural Libros & Letras, a enviar y recibir decenas de mensajes –siempre con palabras afectuosas, de ánimo o de reproche, cuando fuera el caso-, mientras oía la emisora de jazz que le encantaba. Hay dos banderas pequeñas en sus pabellones: una de Brasil y una de Cuba, dos de los países que más amó y llevó siempre en su alma; un mug lleno de lápices y esferos, sus herramientas favoritas, extensiones de la habilidad con la que dibujaba; dos réplicas chiquitas de Renault 4, su primer carro, el que nos llevó a fines de semana maravillosos en un hotel de Colsubsidio en Girardot; un búfalo, su animal en el horóscopo chino, el único en el que creía; un pequeño John Lennon comprado en Buenos Aires; otras réplicas, una de una escultura que no reconozco, y otra del Moisés de Miguel Ángel –la escultura, la pintura, la literatura, la música eran las formas del arte que más apreciaba y disfrutaba. Era un “cositero”; guardaba y atesoraba muchas bobaditas, recuerditos, cosas lindas que le regalaban o compraba en los muchos viajes que hizo. Él mismo era un baúl de cosas extraordinarias.

Con mi papá aprendí a amar a este maravilloso pedazo de América, tan nuestra, tan vejada, tan única... América Latina era su gran pasión. Viajó por sus caminos desde muy joven, aventurándose con su barba y su rebeldía en la boca del lobo que constituían las espantosas dictaduras de Argentina, Brasil, Uruguay. La recorrió a dedo con un gran amigo, Carlos Bohórquez, pasando hambre, frío y miedo; aprendiendo que el verdadero periodismo se construye sintiendo la vida y sus realidades hasta la médula. Era una especie de “Che” Guevara, y disculpen que me atreva a compararlos. Se dolió siempre ante las injusticias, ante la miseria de unos y la exagerada riqueza de otros, ante la mediocridad y la falta de corazón. Buscó, desde los espacios que colmaba con su rigor y su ternura, cambiar el orden de las cosas y aquello que se asume como inmodificable.

Alguna vez cometí una falta disciplinaria grave cuando estaba en el colegio, en grado 6; me volé para ir al cumpleaños de una amiga, sin avisarle a nadie. Al enterarse mi papá, sumamente molesto pero, sobre todo, sentido por mi falta –de consideración, de respeto, de todo-, me recogió en la casa de mi amiga y no me dirigió la palabra en todo el recorrido. Al día siguiente me llevó a la oficina de la rectora y le pidió que me diera una sanción ejemplar. No me habló durante una semana, cosa que me dolió hasta el fondo del alma. Hizo bien. Jamás escondió ni acolitó mis faltas; me corrigió cuando lo consideró necesario, educándome como bien debe hacerse. Aquella vez le escribí una carta pidiéndole perdón; él, derretido de amor, aceptó mis disculpas. Jamás volví a hacer algo igual. Él me educó, siempre con ternura, para ser un excelente ser humano. Se lo agradeceré toda la vida.

*Originalmente publicado en www.caracol.com.co

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