La persona virtuosa


Por: Alfonso “Lobito” Amaya.


En espacios de trabajo como empresas, universidades, colegios, ministerios, alcaldías, gobernaciones, etc., es sorprendente observarlo extremadamente humildes que aparentan ser las personas ante sus superiores y dueños de empresas, pero es también igualmente sorprendente ver cómo esa misma persona, ese mismo ego humilde se transforma en el ego arrogante ante sus subordinados, a los cuales grita, degrada y humilla. Es la mitosis del ego ignorante, el ego hacedor, el ego que se camufla de humilde, obediente, engreído o soberbio ante los demás, que se mimetiza, como camaleón, de acuerdo a sus intereses.

La persona que en realidad ha alcanzado un profundo desarrollo interno, que ha trepado a la cima de la sabiduría espiritual, lo cual no es otra cosa que la comprensión total y profunda de lo efímero de esta existencia y la vanidad de la vida misma, es la verdadera persona virtuosa. La persona virtuosa no se siente ni superior ni inferior a nadie porque sabe sabiamente que todos somos iguales en la tríada: cuerpo—mente–conciencia. Todos estamos hechos de los mismos tres principios inherentes a todo ser humano sobre la tierra. Nacemos con ellos y morimos con ellos.

La persona virtuosa hace su trabajo con actitud de servicio espontáneo, sin poses artificiales, con actitud de permanente colaboración con sus compañeros de trabajo, sin la intención egoísta de humillar ni dañar a nadie. Se mueve con un sentimiento sincero de amar y servir a todos sin ningún tipo de discriminación, porque sabe perfectamente que lo más importante de la vida es lo que se hace por los demás. Estamos aquí para los demás.

En lo que usted hace por los demás y en lo que los demás hacen por usted, ¿hay equilibrio? ¿Hay gratitud?, ¿hay retribución?

Este camino de actuar en el día a día sin esperar ningún tipo de retribución ni divina ni humana, en las filosofías orientales se conoce como “Karma Yoga” (Acción sin retribución). Así que, si a usted, le asignan cualquier tipo de trabajo en su casa o en la oficina o en la empresa, ¡hágalo con alegría!, ¡hágalo con entusiasmo!, ¡hágalo con energía!, dando lo mejor de usted y dedicando esa actividad a Dios sin esperar el aplauso o la medalla como reconocimiento de un trabajo bien ejecutado, porque si se actúa esperando que se dé el resultado de la acción cómo se planeó y no se llega a dar, se cae en frustración y de allí se baja a la depresión.

Hacer el trabajo, cualquier tipo de trabajo, como una ofrenda a Dios: “Señor, por amor a ti hago este trabajo, el cual ejecutaré con total alegría, sin esperar nada de nadie”.

Si usted no espera nada de nadie, si no desea nada, pues nada ni nadie lo puede afectar. Esta condición psicológica se conoce como ¡cero estrés!

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