Opinión: El mundo de afuera, de Jorge Franco

Jorge Franco
Jorge Franco

Por: Laura Olmos*


Un boletín informativo remitido por las fuerzas militares de Colombia anuncia el secuestro de Diego Echavarría Misas en las inmediaciones de su residencia “El Castillo”, ubicado en el barrio “El Poblado” de Medellín. El inicio de esta trama es así de crudo y universal. Una atmósfera policiaca y de suspenso es la génesis que Jorge Franco, autor de El mundo de afuera, propone para escudriñar una historia de contrastes que mezclan el cautiverio y la libertad, los deseos y el cosmos real.

Dos mundos se entrelazan en el Medellín de los años 70: el de la pobreza y el de la aristocracia. Los olores del río, la corriente que arrastra la basura, excrementos y espumas contrastan con el otro lado de la cordillera en donde aparecen un castillo, sus jardines y una princesa que saluda con la mano a los aviones que vuelan sobre ella. Franco utiliza magistralmente la narrativa y sus personajes para pintarnos un cuento de hadas y luego sumirnos en la realidad cotidiana. Isolda y el Mono; Diego y Dita; la nana (Hedda) y el jardinero (Guzmán), son algunos de los curiosos y complejos protagonistas que revelan lo que hay dentro y fuera.

Al jefe de la banda de secuestradores le apodan El Mono, un personaje sumido en el deseo de poseer a Isolda, la hija de Don Diego, y quien –a pesar de ya no estar en este mundo terrenal– sirve de vaso comunicante entre la víctima y el victimario. “Esa tarde Isolda cambió para mí. Se convirtió en mujercita, en una muchacha común y corriente. No hubo noche que no pensara en ella con su faldita roja, mostrando los muslos, dándose vuelta para menear las nalgas. ¿Usted sabe lo que significa eso para alguien como yo? ¿Que Isolda empezara a estar más cerca de mí que de usted? –¡Ya!– lo interrumpió don Diego”. Esos comentarios eran la mayor tortura a la que el Mono y sus secuaces sometían al viejo.

A través de él, Diego se entera de cosas que Isolda hacía –o que el Mono se imaginaba que hacía– cotidianamente y de las cuales no estaba enterado. El mayor cautiverio de Diego comienza a revelarse en su mente, recluido en la culpa –aunque él siempre creyó que hacía lo correcto–. Durante años mantuvo a Isolda resguardada en el Castillo para blindarla de el mundo de afuera; es por eso que la niña escapaba al bosque, en busca de una libertad negada por cautela.

En esta historia el tiempo es un concepto relevante; el que se escapa y el que se queda. Isolda “le echa un vistazo al reloj del péndulo a un costado del salón. Todavía le queda media hora de clase y faltan dos para que oscurezca… No deja de mirar de reojo a la ventana, pendiente del revuelo entre los matorrales”. Un día Isolda se revela y hurta una faldita roja de una tienda, se escapa y baila provocadoramente ante la vista de sus vecinos; a causa de esto, sus padres la envían a estudiar al extranjero sin saber que no la volverían a ver.

La narración de Franco permite retroceder a los años 50 para contarnos cómo fue que el Diego culto, amante de la ópera y aficionado por María Callas, conoció a Dita, la madre de Isolda, durante la época de la posguerra en Alemania. Una mujer de corte liberal que dejó Herscheid para vivir al lado del conservador Diego en el Castillo que éste construyó en Medellín. Una vez que llega a vivir con él, el tiempo también aparece como un punto de tensión para Dita. “Mira el reloj en su muñeca. Lo mira con tanta frecuencia que da la impresión de estar siempre a punto de salir para algún lado. Dice que es para saber qué horas son en Herscheid, porque ella vive seis o siete horas más temprano”.

A partir de entonces, y hasta el secuestro de Diego, la espera se convierte para ella en algo ineludible y agobiante. A Dita se le había escapado ya el tiempo de convivencia con su hija y el secuestro de Diego la pone otra vez a prueba; ella acude a todo tipo de ayuda (policial y esotérica) para lograr su rescate con vida. “Los primeros días ni siquiera estaba segura de que fuera cierto lo que sucedía. Era como si a su rutina le impusieran fragmentos de esa realidad de la que don Diego siempre había tratado de blindarlas”. Conforme transcurre la trama el plagio comienza a frustrarse por la incompetencia de los mismos secuestradores y la tensión aumenta. Los perpetradores cometen errores y acuden a la violencia. El tiempo ya no es de espera sino apremiante. De esta manera, Franco recurre a su maravillosa técnica y creatividad literaria para lograr un final tan ensordecedor como mágico.

Por El mundo de afuera, Jorge Franco obtuvo el Premio Alfaguara de Novela 2014. La novela está basada en la historia de un secuestro real que sucedió en el Medellín de los años 70 y tuvo un desenlace fatal. Franco ha escrito Mala noche (1997), Rosario Tijeras (1999), Paraíso Travel (2001), Melodrama (2006), Santa suerte (2010) y El mundo de afuera (2014). Ha publicado cuentos y artículos en diversas revistas nacionales e internacionales y fue invitado por Gabriel García Márquez a dictar con él su taller Cómo se cuenta un cuento en la Escuela Internacional de Cine y Televisión de San Antonio de los Baños, en Cuba.

*Publicado originalmente en La libreta de Irma, https://lalibretadeirmagallo.com

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