Oswaldo Reynoso. Declarado inocente

Oswaldo Reynoso
Oswaldo Reynoso


Por Enrique Planas / Tomado de http://www.pagina12.com.ar/


La semana pasada murió Oswaldo Reynoso, uno de los escritores más celebrados de Perú y al mismo tiempo casi un desconocido para el resto de América latina. Nacido en Arequipa, docente tanto en la universidad como en talleres que marcaron a varias generaciones de escritores, cambió el panorama de la literatura de su país con Los inocentes, publicado en 1961, un libro que no sólo incorporó el lenguaje de los jóvenes callejeros de Lima, sino que hizo irrumpir el deseo y la ambigüedad sexual, texto fundante que fuera celebrado por José María Arguedas. Hombre de izquierda, incorrecto y polémico –de los pocos que no se sumaron a la condena generalizada a Sendero Luminoso– vivió en China, escribió sobre esa experiencia en la extraordinaria novela Los eunucos inmortales, hizo retratos arriesgados de Lima y sus contrastes en novelas como En octubre no hay milagros. Fue un disidente, un escritor que intencionalmente se corría del centro de la escena literaria y justamente por eso atraía a los más jóvenes. Esta entrevista está tomada de El tesoro de la juventud, libro que acompañó una muestra homenaje a 50 años de la edición del emblemático Los Inocentes. Su autor, Enrique Planas, periodista y novelista, fue amigo y alumno de Reynoso y uno de los más entusiastas difusores de su obra.

¿Dónde estabas en 1961?

–Enseñando en La Cantuta. A comienzos del sesenta en el Perú había tres escuelas superiores: la Escuela de Ingeniería, la Escuela Agraria y la Escuela de Educación La Cantuta. Pero el Parlamento aprueba una ley por la cual a las escuelas agrarias y de ingeniería las convierte en la Universidad Agraria y en la UNI. Mientras que rebaja de categoría a la Escuela de La Cantuta y la pone al nivel de cualquier instituto a órdenes del ministerio de Educación. En ese entonces, dirigida por Walter Peñaloza, La Cantuta había introducido en el Perú los cursos semestrales, el currículum flexible, las actividades extracurriculares, entre otros tipos de reformas que algunos años después replicarían el resto de las universidades peruanas. En lo que se refiere a la enseñanza del lenguaje, Peñaloza había llevado a La Cantuta a Luis Jaime Cisneros, a José María Arguedas, a Washington Delgado, a Javier Sologuren, a Luis Alberto Ratto. Por primera vez en el Perú se hizo una verdadera reforma en la enseñanza de la lengua. Se postulaba que el principio fundamental del profesor en el lenguaje y, por lo tanto, sea cual fuere su especialidad, un profesor debía llevar cuatro semestres de lengua. Sin embargo, por razones de carácter político, el Congreso y el gobierno de Prado aprueban la Ley Universitaria, y los profesores, los estudiantes y los empleados tomamos La Cantuta. El ejército rodeó el campus para hacer un cerco de hambre. Como no había solución, se realizó la primera marcha de sacrificio de La Cantuta a Lima. A mí me encomendaron que fuera al sur a exponer a los profesores el problema. Estuve en Arequipa, en Puno, en Abancay, en Huamanga. Mientras, el gobierno decidió cesar a sesenta profesores, entre ellos a mí, acusándonos de comunistas.

¿En ese momento ya habías terminado Los inocentes?

–Había escrito los tres primeros relatos. Se los había mandado a Manuel Moreno, a quien le gustaron, y me pidió permiso para dárselos a leer a Arguedas. Yo admiraba a Arguedas pero creía que él no iba a entender relatos sobre jóvenes. Un día que yo estaba en el bar Palermo vinieron a decirme que Arguedas me estaba buscando. Que me esperaba en la Casona, donde trabajaba. Así que fui, y cuando me vio me abrazó. Me dijo que había escrito un libro estupendo. Y me animó a publicarlo.

Entonces Arguedas tenía 50 años y tú 30. ¿Cómo era la influencia de Arguedas entre los escritores jóvenes?

–La verdad poca. Muchos estaban interesados en hablar de Lima. Eran provincianos que estaban asombrados con la capital. Por ejemplo, en mi caso, yo no tenía idea sobre Lima. No había películas, no había televisión, lo que yo conocía de Lima eran los edificios públicos que aparecían en las estampillas. Los diarios llegaban a Arequipa cada tres o cuatro días. Viajar a Lima era una odisea de tres días. Todos los jóvenes escritores estábamos preocupados por dar una visión de Lima.

¿A qué edad llegaste a Lima?

–A los 20 años, en 1951.

¿Cómo fue tu contacto con los jóvenes limeños que te llevaría a escribir Los inocentes?

–Yo llegué a Lima a estudiar en el Pedagógico Nacional de Varones que quedaba en Jesús María, en la avenida Mariátegui. En Arequipa ya tenía hechos dos años de estudios universitarios, pero mi padre murió y hubo una verdadera crisis en mi hogar. Una vecina me dijo que podía presentarme a un concurso y venir a estudiar a Lima. Obtuve una beca completa, que incluía alimentación y alojamiento. En el pedagógico tuve dos experiencias importantes. Allí me encontré con jóvenes venidos de todo el Perú. Fue un descubrimiento.

Como el Leoncio Prada para Vargas Llosa.

–Sí, y además empecé a conocer los billares y las cantinas. Luego entré en contacto con los escritores que se reunían en el bar Zeta y en el Palermo. Yo en Arequipa había conocido a Eleodoro Vargas Vicuña. En Lima conocí a Washington Delgado, a Alejandro Romualdo, a todos los de la generación del cincuenta.


Fidelidad a la belleza


Los cinco protagonistas de Los inocentes podrían representar, cada uno, un concepto. En el caso de Cara de Angel, la belleza.

–Cuando fui a China, me llamó la atención la sonrisa de los jóvenes chinos. No era una sonrisa forzada como puede serlo la de las azafatas. Era una sonrisa con trasfondo y que se mantenía, con matices, en los ancianos. En el fondo de nosotros hay una llama que luego explota en una sonrisa. No son las costumbres ni la comida lo que dan la identidad a un país, sino la mirada y la sonrisa de los jóvenes. Por otro lado, intento destruir el patrón de la belleza occidental que nos han impuesto. Recuerdo que en mi colegio en Arequipa, a uno de mis compañeros le habían puesto de apodo “cara de huaco” para burlarse de sus rasgos mestizos. Yo pienso que los huacos fueron retratos de gente muy bella. Es el verdadero patrón de belleza peruana.

En Los Inocentes, golpearse es la única forma lícita de tocarse.

–El tocamiento a veces confunde, pero en el fondo hay ternura. Y sus comportamientos obedecen al abandono, a la soledad.

Una soledad con la que te identificas.

–Es un tema personal: en todos mis relatos encuentro soledad y abandono. Yo, a veces, me encuentro muy solo, abandonado. Para mí, vivir, llegar a los 80 años en Lima, en el Perú, ha sido una lucha constante. Siempre recuerdo cuando en la presentación de Los inocentes en el Palermo encontré a Martín Adán en una de las mesas y lo invité a la nuestra. Él me dijo: “te agradezco mucho pero desde acá voy a verlo”. Terminada la presentación, le entregué el libro con una dedicatoria al maestro. Pasó una semana, volví de La Cantuta y lo encontré en su mesa en el Palermo. Pasé varias veces cerca suyo para ver si me miraba pero después de varios intentos me acerqué. Le dije: “disculpe que rompa su soledad”. De pronto, me miró y me dijo: “He leído con mucha atención su libro, y con mucho miedo. Un escritor como usted va a sufrir mucho”. Volví entonces a la mesa donde estaban mis amigos y me preguntaron qué me había dicho. Luego de contarles, me paré y dije: “Yo no voy a sufrir como él. A mí nadie me va a doblegar”.

¿Por qué mantuviste en secreto tu opción sexual?

–No tengo secretos. Pero yo no voy preguntando a la gente si es homosexual. Sería ridículo. De la misma manera, cuando me presento, no tengo por qué estar diciendo que mi orientación sexual es una u otra. No tengo por qué estar promulgándolo.

En su primera edición el libro llevaba como título Los inocentes, en la segunda, Lima en rock. ¿Por qué el cambio?

–La primera edición de Sologuren, de 500 ejemplares con una hermosa portada de Ruiz Durand, inmediatamente se agotó. Entonces recibí una llamada de Manuel Scorza que quería publicarme en su sello Populibros. Fui a su oficina en el centro de Lima, por la plaza San Martín, y allí me presentó su propuesta. Pero me puso una condición: cambiar el título. “Los inocentes es un libro de edición pequeña, con nosotros tiene que llegar a la gran masa de lectores”, me dijo. Me propuso una lista de diez nombres para escoger. Ninguno me convenció. “Si no se cambia el título, no hay trato” me aclaró Scorza. “Aquí hay una inversión y el título Los inocentes no va a jalar gente. Así que convoqué a los sabios de bar Palermo y les propuse el tema. Creo que era la primera vez en el Perú que se planteaba el problema de la creación y el mercado. Había que decidir entre la autonomía del escritor para poner el título de su obra o adecuarse a la exigencia del mercado representado por el editor. Conservar la autoría o pensar en una mayor difusión. Entre cerveza y cerveza se discutió bastante. Unos estaban en contra de que se cambiara el título, otros a favor. Dos amigos que se exaltaron salieron a trompearse. El bar cerró y nosotros seguimos discutiendo dentro. Eran las ocho de la mañana y algunos se habían ido, otros dormían apoyados en la mesa. Salí de allí, me fui caminando por La Colmena, llegué a la Plaza San Martín y me refresqué el rostro con el agua de la pileta. Luego fui a buscar a Scorza. Al llegar me preguntó qué había decidido. “No se cambia”, le dije. “Entonces no se publica” me respondió. En el momento que salía de su oficina, recordé que en la discusión del Palermo un título había circulado: Lima en rock. A Scorza le gustó, y aceptó la condición de poner, entre paréntesis, Los inocentes.

¿Cuánto hubo de defensa de la autoría artística y cuánto de testarudez arequipeña?

–Creo que los escritores de entonces no se habían planteado el problema fundamental de vivir de lo que producían. Los que publicaban lo hacían gracias a un concurso o porque se pagaban su edición. Todavía no entraba en el Perú la gran industria. Posiblemente, con sus Populibros, Scorza fue el primero en introducir la masificación de la literatura.

¿Crees que Scorza tenía razón?

–Creo que en el fondo sí. Abrió un gran mercado.

El único que pronuncia la palabra rock en Los inocentes es el peluquero Manos Voladoras para hablar del Príncipe. “Es el más roc” dice. Pero en el libro el rock no suena por ninguna parte.

–Así es. Eso se debe a que el rock llega a Lima a través de películas. Como “Al ritmo del reloj” o “Rebelde sin causa”. Pero no había conjuntos de rock. La gente inmediatamente calificó como “rocanrolero” al joven que se parece a los personajes de esas películas. Yo recuerdo que mis hermanos mayores habían captado la imagen de Carlos Gardel tras ver sus películas, y salían a la calle todos engominados. No se trataba de la música sino de la actitud.


Siempre un sospechoso


A inicios de los ochenta te detuvieron injustamente y Mario Vargas Llosa ayudó en tu liberación. ¿Qué sucedió?

–Después de dos años en China volví de vacaciones. Recuerdo un viernes por la noche saliendo del Palermo, me detuvieron y me llevaron a la Prefectura. No me dijeron por qué. Me llevaron al último piso donde había una gran cantidad de dirigentes presos porque se anunciaba un paro general. Como yo había sido rector interino de La Cantuta, había trabajado en Huamanga y vivía en China, era un tipo sospechoso. Un dirigente del Sutep comenzó a quemar colchones y las autoridades se asustaron. Abrieron las rejas y nos hicieron salir para trasladarnos. Yo no tenía comunicación con mi familia y tenía que volver el lunes siguiente a China. Entonces se acercó a la reja un policía y me dijo: “¡Don Oswaldo, usted ha sido mi profesor en La Cantuta?”. A través suyo pude comunicarme con mi hermana. Ella sabía que a Vargas Llosa lo habían nombrado presidente del Pen Club y que estaba en Lima. Entonces lo llamó por teléfono y le pidió ayuda. Vargas Llosa llamó entonces al ministro del Interior Richter Prada para defenderme y sin cargos en mi contra tuvieron que dejarme en libertad. Yo quería ir donde Vargas Llosa para agradecerle pero mi familia me pidió que me quedara en casa. Hablaron con el embajador de China y me consiguieron otro vuelo. Pero llamé a Mario Vargas Llosa por teléfono para agradecerle. Me dijo: “Yo te tengo en gran estima. Tú eres un escritor de izquierda y te vas a trabajar a China. No como otros que se van a vivir a París”. Siempre le estoy agradecido.

¿Llevar el apellido Reynoso te ha traído problemas?

–Sí. No sé si contarlo aunque ya es tiempo que se conozca esta historia. Yo volví de China para radicar en el Perú en 1989. Cuatro años después estaba con un grupo de amigos con los que juego poker desde hace cuarenta años, y uno de ellos, antes de despedirse, nos dice que tenía que acompañar a su mamá porque la iban a operar en Miami. Días después, nosotros ya lo creíamos fuera del país cuando, de pronto, la hija de mi amigo viene a mi casa y me dice que habían tomado preso a su padre en el aeropuerto por estar requisitoriado por terrorismo. Nosotros tenemos una asociación de profesores cesantes de La Cantuta y allí, el abogado nos dijo que iba a investigar el caso. A poco tiempo, se aparece en mi casa asustado. Me dice que yo también estaba en la lista y que si me movía de Lima me tomarían preso por delito de terrorismo. Yo quise contar con un abogado que me defendiera, pues en ese entonces, un abogado podía defender sólo a un acusado de terrorismo. Mi cuñado fue al Instituto de Defensa Legal para ver mi caso, y uno de sus abogados fue a mi casa a someterme a un interrogatorio. Me dijo: “Nosotros sólo podemos defender a inocentes. Por eso estamos investigando si usted ha tenido alguna conexión con Sendero”. Me preguntó si era familiar de Abimail Guzmán Reynoso. Y le dije que no. Mi familia era de Tacna, de otro origen. Me preguntó si lo conocía y le respondí que por supuesto, siendo arequipeño, profesor y de clase media, cómo no iba a conocerlo. Luego el abogado me dijo: “Usted habló en el entierro de Vilma Aguilar, la esposa de Miguel Gutiérrez, cuando la mataron en el penal Lurigancho”, Y por supuesto, eran los funerales de amiga. Además, nunca se le probó que fuera terrorista. Entonces se fue diciéndome que iban a estudiar el caso. Poco después respondieron que los abogados del IDL estaban todos ocupados.

No te creyeron.

–No tenían personal para defenderme. Pero me pasaron con una institución católica. Mientras el abogado del IDL fue a verme con terno y maletín, el nuevo llegó en jeans y casaca. Me dijo que iba a asumir mi defensa. Él no podía explicarme por qué había una lista de quince incriminados en un juicio abierto a fines de julio, y estando en noviembre no habíamos tenido ninguna comunicación de la instructiva. No me enviaron ningún aviso, ni solicitaron mi presencia. No se sabía absolutamente nada. Pero un día aparece en el diario El Peruano una notificación donde me daban un plazo para ponerme a Derecho. Mi defensa me decía que tenía tres salidas. La primera era esconderme. Refugiarme en cualquier parte hasta que pasara la tormenta. La segunda era agenciarme documentos falsos para salir del país y pedir asilo. Y la última, permanecer en mi domicilio. Yo decidí quedarme en mi casa. ¡Era inocente, no tenía por qué fugarme! Pasé un año encerrado. Abría la puerta y veía a los policías. Vivía en estado de tensión con mi comadre y mis sobrinos. Me daba miedo pensar en la posibilidad de ir a la cárcel, no soy ningún héroe pero como había traído algo de plata de mis años en China decidí que, si me tomaban preso, me llevarían bien comido y bien bebido. Mandaba traer buena comida y tenía una excelente provisión de licor en casa. Eran muy pocos los que iban a verme, entre ellos Eleodoro Vargas Vicuña, que me visitaba cada semana. Mi casa se convirtió en un sitio apestado. Entonces, cuando me puse a Derecho, mi abogado me decía que en cualquier momento determinarían mi ingreso en la carceleta, donde iban a decidir si ingresaría a El Frontón o a Lurigancho. “Prepara una maleta con lo que puedas llevar”, me avisó.

Y ni siquiera sabías de qué te acusaban.

–Preparé la maleta. A los dos días volvió mi abogado y me dijo: “Qué raro. No hay citación”. Luego pasaron los meses, y yo seguía encerrado con un proceso detenido. Finalmente mi abogado me anuncia: “Te han declarado inocente...”

¿Inocente de qué?

–¡No lo sabía! Entonces empecé a investigar qué había pasado. Tenía que haber pasado algo grave. Con datos recogidos aquí y allá, determiné lo siguiente: yo tenía que ir a La Cantuta a arreglar unos papeles de mi jubilación. Una vez allí me encuentro con Hugo Muñoz, profesor del que fui padrino de matrimonio, y con varios amigos profesores y estudiantes. Con ellos nos fuimos a jugar cachito y a tomar cerveza en un bonito bar en 28 de julio. A los cuatro días, Muñoz y dos alumnos de los que estaban con nosotros, fueron desaparecidos por el grupo Colina. En ese momento no se sabía nada. Hubo protestas. Había la intención, como me dijo después un jefe policial, de “hacer pampa”, es decir, enredar el asunto. A fines de julio sabían que los habían matado y que había que enredar a La Cantuta como un centro de terroristas. Entonces agarran a un joven de La Cantuta y en la comisaría de Chosica le encuentran dinamita y una lista de tres o cuatro nombres, pero que en el Poder judicial aparece con quince nombres de personas que habíamos estado en Huamanga, en La Cantuta y, algunos de ellos, en China. Para ellos, teníamos todo el perfil de terroristas. Pero como el escándalo de los desaparecidos de La Cantuta empieza a crecer, cuando comienza a descubrirse el accionar del grupo Colina prefieren no mover ese asunto. Eso explica por qué los jueces no actuaron de inmediato ni fueron a mi casa. Tiempo después, me encontré en un bar de Chiclayo a un amigo abogado que había sido mi alumno en La Cantuta. “Yo estuve al tanto de lo que pasó” me dijo. Y riéndose me preguntó: “¿Tú sabes de qué te acusaban? Pues de ser especialista en la colocación de dinamita y bombas en ríos de altura”. Por ello me hicieron pasar un año sin salir de casa. Fue terrible.

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