El sueño de la razón produce monstruos. Apuntes sobre la literatura latinoamericana

Los gatos que maravillaron a Borges y Cortázar


Por: Juan Camilo Rincón* / Bogotá



Durante siglos los gatos han fascinado al ser humano, y los grandes escritores de nuestro Continente no son una excepción, tanto que dentro de sus obras se encuentran huellas de estos animalitos, furtivas como ellos; entre las páginas se sugieren sus ronroneos, y caricias sigilosas emergen en cada palabra. Quienes amamos a estos felinos nos sabemos esclavos de sus deseos, sirviéndoles con eficiencia y sumo placer.

Entre los escritores latinoamericanos, el esclavo humano más conocido es Julio Cortázar, quien en sus libros hizo varias referencias a los ágiles mamíferos. Una de ellas nace en una tarde en la década de los sesenta en Saignon, pequeña comuna francesa donde el argentino y su esposa Aurora tenían una casita de descanso. Por esos días el autor estaba creando los textos de La vuelta al día en ochenta mundos cuando, ya cansado de una larga jornada de escritura, vio un gato que lo cautivó. Aquel animal “negro y canalla” le permitió disfrutar de su presencia cada vez que visitaba la estancia buscando un plato de leche tibia. Constantemente referenciado en el libro, fue bautizado Teodoro W. Adorno -como el filósofo alemán-, nombre que surgió tras una airada discusión entre varios de los personajes. Adorno amaba revolcarse en el pasto, “actividad que los dos valoramos por encima de cualquier cosa”, como lo recuerda Cortázar. Fue su compañero de escritura, evitando en numerosas ocasione 67s con sus uñas que el argentino cometiera terribles errores.

Este célebre acompañante fue de nuevo reseñado dos años después en su libro Último round, introduciendo a los lectores a la religión de Teodoro W. Adorno: “Nada de eso, mi mujer y yo vimos llegar a Teodoro por el sendero que baja al ranchito y era un gato sucio y canalla, negro debajo de la ceniza polvorienta que mal le tapaba las mataduras, porque Teodoro con otros diez gatos de Saignon vivía del vaciadero de basuras como cirujas de la quema, y cada esqueleto de arenque era Austerlitz, los Campos Cataláunicos o Cancha Rayada, pedazos de orejas arrancadas, colas sangrantes, la vida de un gato libre. Ahora que este animal era más inteligente, se vio en seguida cuando nos maulló desde la entrada, sin dejar que nos acercáramos pero dando a entender que si le poníamos leche en una aceptable no cat’s land condescendería a bebérsela. Nosotros cumplimos y él entendió que no éramos despreciables; salvamos por mutuo acuerdo tácito la zona neutralizada, sin tanta Cruz Roja y Naciones Unidas, una puerta quedó entornada con dignidad para no ofender orgullos, y un rato después la mancha negra empezó a dibujar su espiral cautelosa sobre las baldosas rojas del living, buscó una alfombrita cerca de la chimenea, y yo que leía a Paco Urondo escuché por ahí el primer mensaje de la alianza, un ronroneo confianzudo, entrega de cola estirada y sueño entre amigos. A los dos días me dejó que lo cepillara, a la semana le curé las mataduras con azufre y aceite; todo ese verano vino de mañana y de noche, jamás aceptó quedarse a dormir en casa, qué te creés, y nosotros no insistimos porque pronto nos volveríamos a París y no podíamos llevarlo con nosotros”.

En algún momento Cortázar consideró que no debía tener gatos pues su trabajo como traductor le exigía viajar con frecuencia, pero cuando regresó el verano siguiente a su lugar de descanso, la ausencia de su amigo le hizo pensar en todo el sufrimiento, hambre y frío que podía haber pasado en las calle. “A los cinco o seis días, cenando en la cocina, lo vimos sentado detrás del vidrio de la ventana, fantasma lunar y Mizoguchi. Su boca dibujó un maullido que el vidrio volvía cine mudo; a mí se me mojaron los ojos como a un imbécil, abrí la ventana y le tendí prudentemente la mano, sabiendo lo que ocho meses de ausencia liman y destruyen en una relación. Se dejó tomar en brazos, sucio y enfermo, aunque ya en el suelo se vio que estaba huraño y distante, que reclamaba su comida como un mero derecho; se fue casi en seguida con esa manera suya de acercarse a la puerta y maullar como si le estuvieran aplastando el alma. A la mañana siguiente ya jugaba por ahí, manso y alegre, pronto al cepillo y al azufre. Al otro año fue lo mismo pero entonces tardó casi un mes en reaparecer, castigándonos, haciéndonos sentir su muerte, remordiéndonos; pero vino, más flaco y enfermo que nunca, y ése fue el tercero y último año de la vida pagana y alegre de Teodoro W. Adorno”. Una tarde después de mucho tiempo volvió a verlo; Teodoro no lo reconoció y siguió siendo libre sin importar el corazón del gran cronopio.



Sin embargo, la relación del argentino con los gatos no terminó ahí. En sus últimos tiempos en París junto a Carol Dunlop al comienzo de la década de los ochenta, el gran cronopio vivió en un acogedor apartamento que todas las mañanas recibía la calidez del sol. Un día, al llegar a su casa encontró una gatita en las escaleras. Cortázar cuenta en una carta a su mamá que aquella “naturalmente se instaló en casa como todos los gatos cuando se les da de comer y un poco de cariño. (…) La hemos bautizado Flanelle (Franela) y que nos divierte verla jugar en el departamento; por suerte ahora hay lugar suficiente para todo el mundo”. Días después, Julio envía a su madre otra carta junto con unas fotos de Carol y la nueva integrante de la familia: “Por cierto que el otro personaje que aparece en nuestros retratos es Flanelle, nuestra gatita, que como verás es muy fotogénica. Nos divertimos mucho con ella, y pues es juguetona y completamente loca”. Es esta -no Adorno- quien aparece con frecuencia en las fotografías de Julio Cortázar, lo que corrobora su gran amor por los felinos. Carol muere en 1982 y Cortázar dos años después, gozando de la compañía de Flanelle en el periodo final de su vida.

Su cariño por los mininos no termina ahí. Entre los objetos que guardaba su primera esposa y heredera, Aurora Bernárdez, se encontraron veinte años después de su fallecimiento algunos textos inéditos que fueron posteriormente publicados. Uno de ellos data de enero de 1948; es un cuento titulado “Los gatos”, incluido en el libro Papeles inesperados (2009).

Otro amante de los felinos era Jorge Luis Borges; el argentino universal afirma que desde pequeño adoró de forma ferviente al hermano mayor del gato: el tigre. En sus entrevistas, al recordar su infancia hay una imagen recurrente caminando por el zoológico hasta llegar a la jaula donde se encontraba con la belleza majestuosa del animal. El escritor amaba leer enciclopedias y buscar entre sus hojas aquella bestia dorada; el felino fue tema de varios de sus libros e incluso parte de títulos como El oro de los tigres. En uno de sus viajes finales con María Kodama conoció al último tigre de su existencia, momento que fue fotografiado para el libro Atlas. Al respecto, afirma Borges: “Este último tigre es de carne y hueso. Con evidente y aterrada felicidad llegué a ese tigre, cuya lengua lamió mi cara, cuya garra indiferente o cariñosa se demoró en mi cabeza, y que, a diferencia de sus precursores, olía y pesaba”.



Como metáfora de sus deseos, estuvo rodeado de gatos tanto como le fue posible. En la ausencia física del tigre que estaba en sus libros o en sus poemas, trajo a su casa un acompañante más pequeño pero igual de fascinante. Tenía claro que un gato no es fácilmente educable –si es que acaso eso es posible-, que no es noble como un perro y que su amor es un regalo que aquel decide dar a su antojo; por ello escribió en uno de sus poemas: “Tu lomo condesciende a la morosa caricia de mi mano”. Su minino más conocido, con quien aparece en varias fotografías fue Beppo, un blanco ejemplar que amaba jugar con los cordones de sus zapatos y lo acompañó durante 15 años. De un hermoso color blanco, fue llamado inicialmente Peppo, pero Borges pensaba “que era un nombre horrible, entonces se lo cambié enseguida por Beppo, un personaje de Byron. El gato no se dio cuenta y siguió su vida". Su amor por él era tan grande que incluso hizo un poema dedicado al felino, publicado en el libro La cifra: “El gato blanco y célibe se mira / en la lucida luna del espejo / y no puede saber que esa blancura / y esos ojos de oro que no ha visto / nunca en la casa son su propia imagen”, inspirado por las peleas de Beppo contra su propio reflejo, que la mucama de Borges tuvo la astucia de contarle. Cuando su peludo acompañante murió, el argentino sumergido en la tristeza dijo: "Quisiera morirme hoy mismo y no tengo la suerte que tuvo Beppo. Aunque a lo mejor sí, ahora que estoy con gripe tal vez muera"; meses después Borges deja este mundo, sin haber podido superar su desconsuelo.

Otro latinoamericano que se inspiró en este animal fue Pablo Neruda, quien le dedicó una oda publicada en Navegaciones y regresos: “El gato, / sólo el gato / apareció completo / y orgulloso: / nació completamente terminado, / camina solo y sabe lo que quiere”. Este pequeño emperador sin orbe, como lo llamaba el nobel chileno, es portador de una magia que atrae y fascina a quienes admiramos la perfección, generando veneración cuando se le ve caminar, dormir o simplemente estar. Admito que también padezco un amor profundo por estos animales y deseo morir como lo hizo el escritor mexicano Carlos Monsivais, entre 13 gatos y 200000 libros… creo que ese será mi paraíso.

JUAN CAMILO RINCÓN

*JUAN CAMILO RINCÓN.

Periodista y escritor. Publicó Manuales, métodos y regresos (2007, Arango Editores). Ser colombiano es un acto de fe. Historias de Jorge Luis Borges y Colombia (2014, Libros & Letras), Viaje al corazón de Cortázar. El cronopio, sus amigos y otras pachangas espasmódicas (2015, Libros & Letras). Leer más AQUÍ
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