Elegía a Jorge Consuegra

No. 7481 Bogotá, Domingo 24 de Julio de 2016 


Mientras unos dan plomo, nosotros damos pluma
Jorge Consuegra



Por: Camilo Eduardo Ángel Urazán.



Lanzado al mundo como una flecha,
diste en el blanco:
el corazón…
tierra donde hoy la sangre
pregunta por tus latidos,
noche donde el dolor
tiene nombre y apellido.

Jorge se llama el silencio,
que nos deja sin palabras;
Jorge la limpia cumbre
que nuestra frente no alcanza;
Jorge también esa voz,
¡Qué tanta falta!, ¡tanta falta!

¡Jorge!, bosque transparente,
jardín de libros y letras
donde el amor y la luz
crecían como una hierba,
quisiera hacer un templo
de palabras macizas,
para decirle al mundo
tu blanca humanidad,
para tallar en piedra
los dones que te llevas
y sentir que algo queda
cuando tanto se da.

Ah, jovial y alegre Jorge,
que fuiste sin esfuerzo
agua de ilusión y sueño,
yo pido para ti todos los cielos juntos,
todos los ríos y mares,
pues eras para muchos la hora más redonda,
el rato más amable, la luz que consentía,
la suavidad del aire.

Sin necesidad de honores o venias señoriales
te entregaste al mundo como el cuerpo de sol
de los enamorados,
como la tierra humilde de los fértiles valles,
como las frutas dulces que los pájaros muerden,
como la vida en flor que conceden las madres.
Bosque de madera intacta,
selva de humor y bondad,
niño de bigote y barba
que hidalgo se hizo
cabalgando páginas
y sembrando tinta en todo lugar,
yo pido para ti la paz de las piedras salvajes
y las tardes sin tiempo,
para que leas por siempre
esa novela eterna que bautizaron Hombre
y ese poema urgente llamado Humanidad.

Jorge amigo, cómplice y maestro,
pájaro de plumas rojas
que sus alas dio al pueblo,
te digo adiós herido,
te digo adiós quemado
por tu último aliento
y pido a los ángeles
promuevan tu delirio
y te den música y libros
sin límite o cordura.

Jorge, nuevo lector del paraíso,
fuego de Adán entre las páginas,
espero que las letras y el trigo de las artes
sean tu pan sagrado y tu vestido más fino,
para ir por el cielo haciendo periodismo
con el mismo fervor que Dios hace a sus hijos,
con la misma pasión que ruegan nuestras manos.

Para el maestro Jorge Consuegra, a sesenta días de su muerte, el 20 de mayo de 2016.



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