La Risa del ahorcado

No. 7464 Bogotá, Jueves 7 de Julio de 2016 


Mientras unos dan plomo, nosotros damos pluma
Jorge Consuegra


Por: Gabriel Arturo Castro / Tomado de Con-Fabulación.


La aventura del viaje por el tiempo

En la obra poética de Henry Luque Muñoz (1944-2005), compilada en un libro vital que lleva por título La risa del ahorcado (Editorial Universidad Javeriana), domina la expresión de una poesía meditada, trascendente, llena de vigor, color, tono y calidez. Poesía que es comunicada desde un movimiento elocuente e intenso, junto a la musicalidad de la palabra y la luminosidad de las imágenes.

Luque asume la poesía como provocación, libre de toda atadura retórica; nos invita a recorrer mundos insospechados mediante la aventura del viaje por el tiempo y la palabra sostenida, como diría Fredy Yezzed, compilador y prologuista de la antología: “La herramienta más trabajada por Luque Muñoz, aparte de la imagen, la metáfora, el símil y la alegoría, se manifiesta en el manejo hábil, sereno y calculador de los contrastes. Algunos de los contrapuntos más visibles de su poesía se dan entre el dolor y el placer, el bien y el mal, lo divino y lo profano, la luz y la sombra, el tirano y el oprimido, el conquistador y el indígena, lo bello y lo monstruoso, lo moderno y lo clásico”.

Luque Muñoz le infunde a la realidad la carga de una animosa actitud emocional, los sueños del pasado despiertan para actualizarlos en una clara vigilia. Allí siempre el símbolo juega parte importante en la comunicación; el animal es un poderoso medio para expresar afectos, debilidades, temores o ansiedades; y el drama atraviesa la obra para definir su profundidad interior.

Advertimos siempre en La risa del ahorcado un decir vehemente, una intensidad expresiva, sostenida, un espíritu rítmico logrado por la agrupación de imágenes y la tendencia a recurrir al pasado para hacer una lectura contemporánea de hechos históricos o episodios sublimados por la lírica personal. Lírica que podemos definir como una mezcla de universos extraños, de dureza en los motivos y presencia de lo fantástico, de lo espléndido, lo maravilloso y lo raro. Lo fantástico hace que las reglas de causalidad propias del mundo real se rompan en virtud de efectos sobrenaturales. Construcciones imaginarias que fácilmente se condensan en nuestra realidad diaria.

Siempre esta palabra posee un afán de interpretación y reconstrucción, donde el florecimiento de los motivos caen en tierra propicia para la imaginación del espíritu.

La poesía vista desde este enfoque posee cohesión orgánica, pues cada vocablo tiene una parte precisa, una función por desempeñar: arquitectura con fervor, alejada de la frialdad, impetuosa artesanía del lenguaje, fantástico juego de imágenes, atmósferas equilibradas para que los sueños y pesadillas tomen forma, virtud de una escritura que hace de un universo algo compacto, semejante a la unidad espiritual que tanto deseamos, así sus páginas estén llenas de metamorfosis, evoluciones, mutaciones y secuencias dramáticas.

Es que el lector puede asociar símbolos e imágenes para darle al texto una continuidad necesaria de significación, en medio de aquellos aires singulares e infrecuentes, antiguos y radicalmente distintos, como una melodía litúrgica que intenta conjurar a través de la ironía y el amor los aspectos terroríficos de la realidad.

Henry Luque Muñoz, en otras palabras, sugiere y concibe que es posible desde la poesía trazar imágenes imperecederas, resistentes al tiempo y al espacio. Pero todo parte de la imaginación del autor, del juego de su palabra escrita, de su tiempo auténtico, mediante el cual nos podemos remontar a cualquier época, pasada, presente o futura; recrearla y convertirla en un mundo tangible.

Luego de un recorrido entusiasta por libros como Sol cuello cortado; Lo que puede la mirada; Libro de los caminos; Polen de lejanía; Arqueología del silencio y el volumen inédito Antología apócrifa, tenemos la sensación de haber asistido “a un banquete de magia, intensidad y deseo”, según la justa afirmación de Fredy Yezzed.

La edición de La risa del ahorcado es un merecido homenaje para un gran poeta, ensayista, crítico literario y profesor universitario.



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