¿Los escritores van perdiendo sus huellas digitales?


Por: Dixon Acosta Medellín*


A la paciente y amable Marisol.

He ido dejando mi huella –literalmente- sobre los teclados de las máquinas que ha inventado el hombre para escribir, por lo cual en ocasiones tengo problemas –o al menos me demoro más que los demás usuarios- en diferentes trámites de documentación y de procesos migratorios, pues mis impresiones dactilares no son muy legibles.

Hace unos días tuve que renovar mi pasaporte y afortunadamente me atendió la funcionaria a quien dedico esta nota, con paciencia a toda prueba y revestida de amabilidad, pues parodiando al Santo Job esperó todo el tiempo del mundo hasta que la máquina registró mis huellas, luego de múltiples intentos en vano y probar diferentes técnicas. Ella decía que era raro que alguien tan joven (otra prueba de su inmensa generosidad, pues de joven ya me queda poco), tuviera problemas de borrado de huellas en los dedos.

Entonces le expliqué a Marisol que en mi caso, es explicable el fenómeno, pues desde adolescente he venido escribiendo en las diferentes máquinas que han inventado para ello. Todo comenzó con la vieja Remington (cuya fotografía ilustra esta columna), que resulta tan entrañable como pesada. Recuerdo cuando en el colegio en clase de mecanografía, nos pidieron llevar una máquina portátil y como la única máquina que yo tenía era aquella contundente mole, decidí llevarla, a ella y sus tantos kilos de peso.



El colegio quedaba a tres cuadras de distancia y realmente no tengo idea cómo hice para cargarla. Quizás fue el momento cuando adquirí una lesión en la espalda que de tiempo en tiempo me aqueja. Recuerdo la expresión de la profesora al ver la máquina. Aparte de cansado y lesionado, terminé regañado por haber llevado semejante armatoste. Fue uno de los eventos más vergonzosos de mi vida escolar, todo por querer cumplir con lo encomendado.

De todas formas, quiero mucho a esa máquina, comprada en los Almacenes Mogollón de Bogotá, según reza en la inscripción metálica (una señal de lo que me esperaba en el futuro, pues mi esposa Patricia es de apellido Mogollón). Luego llegarían máquinas portátiles (esas sí ligeras de peso) de fabricación japonesa, e incluso alguna eléctrica. Aunque las teclas de la vieja Remington eran pesadas, duras para las yemas de los dedos, allí no solo realicé los trabajos del colegio, sino los primeros escarceos literarios.

Ha sido un camino largo, hasta llegar a las teclas suaves y ligeras del computador en donde escribo estas palabras. Espero que Marisol y el gentil lector que ocasionalmente lea esta columna entiendan que literalmente he dejado mis huellas digitales y por ello si el lector es un oficial de migración del mundo, sea comprensivo y no me clasifique como sospechoso automático de algún mal pensamiento. No puedo negar, que también me gustaría dejar huella en las letras -en sentido pleno-, pero esa es otra historia.

*Nota enviada por el autor.

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