Un café en Buenos Aires con Maritza Buendía

No. 7459 Bogotá, Sábado 2 de Julio de 2016 


Mientras unos dan plomo, nosotros damos pluma
Jorge Consuegra

Maritza Buendía
Maritza Buendía

Por: Pablo Hernán Di Marco / Argentina / Especial para Libros & Letras.


El pasado jueves 23 de junio la escritora mexicana Maritza Buendía presentó Tangos para Barbie y Ken en la Biblioteca Nacional de la ciudad de Buenos Aires. En compañía de Carolina Urbano y Cecilia Noriega, Buendía no solo repasó su obra y leyó uno de los cuentos de su libro más reciente, también respondió preguntas y tendió lazos con sus lectores porteños en una noche en la que ni siquiera faltó una incendiaria botella de típico mezcal mexicano.

Cuenta la leyenda que los libros conversan entre ellos más allá de toda época y geografía. De ser verdad, los cuentos y ensayos de Buendía se sientan a la misma mesa que ciertos escritos de Octavio Paz y Marguerite Duras. Los une no solo el cuidado obsesivo por la sonoridad de la palabra sino también el deseo de abordar una temática siempre delicada: el erotismo en sus múltiples formas.

Una vez terminada la presentación, nos sentamos a conversar con Buendía sobre sus rituales de escritura y corrección, perversiones e influencias literarias.


—Ya hace semanas que terminé de leer Tangos para Barbie y Ken, sin embargo hay una frase que me sigue dando vueltas: “Enseñar es pervertir”. ¿Cómo llegaste a esa idea tan lúcida como oscuramente juguetona?

M: Ecos, ecos, ecos. Creo que todo lo que escribo se compone de voces, de resonancias, de otras lecturas. Esa frase aparece en mi libro en el relato titulado “Collar de marcas rojas”, la piensa Rodrigo, desea sugerir esa frase como epígrafe para el texto que está escribiendo Alondra; desea sugerirla, pero se contiene, ya otros lo han dicho. Esos otros son Juan García Ponce y Robert Musil. Estoy completamente de acuerdo con esa frase. Todo aquel que se propone enseñar algo a alguien debería de partir de ese principio: per-vertir es cambiar el rumbo, volcar, ofrecer otra versión de las cosas.

—¿Te interesa la literatura infantil? Te lo pregunto porque, a mi entender, Tangos para Barbie y Ken, pese estar claramente dirigido a un lector adulto, tiene elementos propios de esa literatura infantil siempre tan cargada de metamensajes y simbología sexual.

M: Sí, porque es la etapa de asombro por excelencia, esa capacidad que conforme crecemos vamos perdiendo de manera irremediable. Me atrevería a decir que la literatura es esfuerzo por recuperar ese asombro perdido. En el caso de la literatura infantil se proyecta la ilusión de que ese asombro se encuentra más a lo mano, es más accesible. Como todo ahí sucede por primera vez las palabras y las acciones adquieren un tono mágico, fundacional. Es un rito de iniciación dulce y perverso a la vez que me interesa recuperar para mis personajes.

—Me gusta imaginar que los buenos libros conversan con otros buenos libros. Tangos para Barbie y Ken, pese a ser un libro de narrativa, creo que conversa no solo con parte de la obra de Octavio Paz y Marguerite Duras, sino también con los libros de Derrida, Foucault y Leví- Strauss. ¿Te sentís influenciada por estos autores?

M: Sobre todo por Foucault, su propuesta en torno a un ars erótica concebida en Oriente y una scienciasexualis concebida en Occidente, me ha ayudado a entender muchas cosas: ese placer por el discurso, ese deleitarse en las palabras y crear con ello una dinámica del deseo que dice y calla al mismo tiempo, esa preferencia por la elipsis, no sólo por una cuestión moral, sino para resaltar el poder del secreto, de lo vedado. Aunque puede pensarse que su Historia de la sexualidad está ya rebasada, para mí sigue siendo un libro con alto valor pedagógico.

—Creo que la principal característica de tu libro es que no solo está muy bien escrito sino que desprende una cierta musicalidad, o sea: suena bien en el oído del lector, cuestión infrecuente en los libros de narrativa contemporáneos. Hablame sobre tus procesos de corrección, Maritza.

M: Yo escribo para borrar. Reescribo mucho más de lo que escribo. Cada línea la pienso de un lado y de otro, altero sintaxis, la escucho, si me gusta, la dejo. No puedo seguir el consejo que dan varios escritores de novelas: “escribir todo de una tirada, sin detenerse, y corregir al final”. Para mí el corregir es inseparable de la escritura, se dan al mismo tiempo. Tuve la fortuna de trabajar durante años con un poeta mexicano, José de Jesús Sampedro, quien además es un excelente editor. De él aprendí tanto bondades como manías en cuanto a corrección de estilo.

—Vas a quedarte dos meses en Buenos Aires, ¿cuáles son tus planes?

M: Pienso disfrutar este tiempo leyendo libros de puro placer, que no sean libros que “tengo que leer” para mi trabajo. Hay varios autores nuevos de por acá que me interesa conocer. También quisiera arrancar algún otro proyecto de narrativa.

—Vamos con la última, Maritza: te regalo la posibilidad de invitar a tomar un café a cualquier artista de cualquier época. Contame quién sería, a qué bar lo llevarías, y qué pregunta le harías.

M: Esa pregunta es genial… y difícil. Le voy a dar un pequeño giro: no invitaría a un artista, invitaría a un personaje de una novela, a O, la protagonista de Historia de O, de Pauline Rèage. No la llevaría a ningún café, creo que el encanto y la sensibilidad poética de ese personaje no podrían transitar de manera libre en la calle sin echar a andar fuerzas desconocidas, incluso peligrosas. Egoístamente la llevaría a mi casa y la metería en mi cama. De pie, frente a ella, sé que me quedaría sin palabras, sólo podría contemplar su belleza.


*Mi agradecimiento a la poeta Carolina Urbano por permitirme ser parte de la presentación de Tangos para Barbie y Ken en la Biblioteca Nacional de Buenos Aires.

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