Alberto Salcedo Ramos: El mundo está lleno de malas metáforas


Por: Milton López Tarabochia / Tomado de La República / Perú.


LaRepublica.pe tuvo la oportunidad de conversar con el periodista Alberto Salcedo Ramos, invitado especial desde Colombia al Festival Internacional del Libro de Lima.



Es ganador de diversos reconocimientos internacionales como el Premio Ortega y Gasset de Periodismo y obtuvo hasta 5 veces el Premio Nacional de Periodismo Simón Bolívar, entre otros galardones, por cultivar el género de la crónica.

Alberto Salcedo Ramos cree en la crónica como instrumento de memoria contra la violencia; aboga por una actitud Caribe frente a la vida; revalora el canto privado en el baño y cada día pide auxilio a la poesía para no olvidarse que está vivo.

Si le preguntas quién es, te responde con una historia. “Existe un cuento en que a un enfermo hospitalizado le toca estar en un una cama al lado de la ventana, pero al otro lado del salón hay otro enfermo que está echado en una cama al lado de la pared donde no se ve nada. El paciente al lado de la ventana cada día le cuenta a su compañero las bellezas que observa a través de la ventana: un riachuelo, los colibríes. Pasan los días y el enfermo con la pared al lado siente envidia debido a tanta belleza disfrutada por el ojo ajeno y por eso una mañana decide matar a su compañero cuenta-historias. Hace un esfuerzo sobrenatural y estrangula al compañero de cuarto para apoderarse de su espacio privilegiado. Sin embargo, cuando observa por la ventana no había nada. Su compañero solo quería hacerle el mundo más amable relatándoles cuentos. El compañero describía cosas que no existían solo para alegrarlo”. Alberto Salcedo Ramos es el enfermo asesinado.

El cronista se describe como el enfermo de la ventana que usa la alegría para engañar a los moribundos que lo acompañan de vez en cuando. “No me he dado cuenta si me han estrangulado, pero de pronto que sí”, ríe mientras recuerda dónde nació, germen de su devoción por ‘echar el cuento’. “Yo nací en Barranquilla, pero me crié a dos horas de esa ciudad en un pueblo muy atrasado llamado San Estanislao; pero es conocido por la gente como Arenal porque es muy terroso”. Así como donde vivió, en un lugar con un nombre oficial y otro usado por los campesinos, es lo que ha practicado en toda su vida de periodista: develar con sus crónicas aquello que no es contado, pero siempre revelándolo con su forma tan característica, tan Caribe. Salcedo Ramos no recuerda, tararea sus recuerdos.

“García Márquez decía que en Barranquilla no hay prestigio que dure 3 días porque es una ciudad de chismes; tampoco secreto que dure 10 segundos, eso lo digo yo”. El lugar donde nació Salcedo Ramos tienen un nivel súper desarrollado para el chisme. “Allí no se chismosea respecto a lo que ya pasó, sino a lo que pasará. Son tan virtuosos que se adelantan”, dice. Y por supuesto, para ejemplificar lo que dice, nos cuenta otra historia. Durante la época en que el Gobierno de Colombia se enfrentó contra el narcotraficante Pablo Escobar y no había espacio público sin una bomba, así como en el Perú, se implantó el sistema de los jueces sin rostro para que no puedan ser reconocidos por narcotraficantes a los que sentencien. “Yo me acuerdo que estaba haciendo cola en Barranquilla en el supermercado para comprar un producto y un señor circunspecto, pese a estar con el calor encima, usaba traje y corbata, y en eso la cajera lo reconoce y le dice, ‘señor Martínez, felicidades, supe que lo nombraron juez sin rostro’”.

La risa de Salcedo Ramos no es opacada por el cielo gris limeño, su humor ya está acostumbrando a que las condiciones climatológicas le den la contra. En Bogotá también tienen un cielo sin chiste. Sin embargo, lo que no le causa gracia es que no le traigan aún el café que ha pedido desde hace un par de horas.



“La metáfora que no da vida, destruye”


“Para ser buen reportero tienes que zapatear y leer mucho, a los maestros porque así oyes sus voces para que aprendas a contar y puedas resolver problemas cuando uno escribe, aprendes a enfocar y explorar la condición humana y desarrollar los conflictos narrativos”, explica Alberto Salcedo y trae a su memoria una serie de nombres poderosos… Albert Camus; Dostoievski, Rulfo, García Márquez, Borges, Tolstoi; de la no ficción, Guy Talese, Joan Didion, Truman Capote, Jimmy Breslin, Norman Mailer, Joseph Mitchell.

Sin embargo, advierte, las metáforas no reemplazan la información son posteriores. “Si hago lo contrario hago trampa. La metáfora que no da vida destruye. El mundo está lleno de malas metáforas”. Y esto incluso con el amor. “El primer hombre que comparó a la mujer con una flor fue un gran poeta y el segundo que lo hizo fue un gran pendejo”, reconoce. La originalidad ante todo.



Hay que celebrar la vida


En las columnas de opinión de Alberto Salcedo Ramos existe un título repetitivo ‘elogio a…’. Sus pensamientos van de parranda en parranda y celebran la vida mientras piensa, pese a que Colombia ha tenido que dormir con el sufrimiento al lado durante muchos años, siempre procura despertarse con una sonrisa. “Tengo una tendencia a la alegría, pero no es altanera ni un espectáculo. Es una alegría que creció conmigo”. Su alegría es su madurez. Enseñanza que aprendió de la población caribe de su natal Barranquilla.

“Yo soy omnívoro en la música, yo oigo de todo, menos el reggaetón, me parece que promueve el embrutecimiento ilícito. No es el reggaetón, soy yo”, dice el periodista, quien escucha desde Los Beatles hasta Chabuca Granda; de Jean Manuel Serrat hasta Compay Segundo. “No escucho mucho la música por el género, sino por el músico que la hace. A mí no me gusta el vallenato, me gusta algunos cantantes de vallenato con los que me he conectado; igual con salsa, bolero, reggae. En Perú me gusta mucho la música afroperuana, la descubrí tarde, pero apenas la encontré, supe que se quedaría conmigo”, dice.



Para él la máxima prueba de la existencia de Dios es la música. “Si me quieren convencer de su existencia mostrándome el aire, el cielo o los gansos que nadan en un lago, no me convencen; pero sí cuando oigo un piano armonioso, un violín bien tocado”, dice mientras recita la famosa frase de Nietzsche: “Solo creo en un Dios que supiera bailar”. Alberto da vivas a Dios en el baño, en donde arma un concierto con un público monólogo que presencia su big bang musical. “En el baño soy una mezcla de John Travolta con Josephin Baker, en el baño bailo y canto solo. Ahí todos somos Pavarotti y cuando salgo de la ducha me enfrento a la triste realidad de no serlo”.



¡Auxilio, poesía!


“Perú es un país lírico, no hay otro país en que lo equipos de fútbol tengan nombres de poetas: César Vallejo, Garcilaso de la Vega y todavía tenían un jugador que lo llamaban el poeta de la zurda, César Cueto. El mundo se ha ido llenando de jugadores musculosos que entienden el fútbol como una disciplina prusiana, feroz, que consiste en correr los 90 minutos, pero el Perú parece no haberse enterado de eso y sigue jugando un fútbol lírico. Esa ingenuidad es digna de exaltar. Yo quiero para mí esa capacidad de defender la quimera”. Cada frase del periodista colombiano baila en la memoria de quien lo escucha, es cierto, somos un país que se esperanza hasta el hartazgo. Y al igual que Colombia esa ingenuidad nos castiga. “En mi país también conocemos el jugamos como nunca y perdimos como siempre”.

Por supuesto, aquí viene otra historia: “Nosotros en Colombia vivimos festejando un empate histórico contra la Unión Soviética en el mundial de Chile, como en esa época los rusos comunistas usaban en la camisa CCCP, los mayores decían que significaba Con Colombia Casi Perdemos (CCCP). Ríe el hotel entero.

El ‘llenarse de tierra los zapatos’ ha otorgado a Alberto Salcedo Ramos la capacidad de imitar esa rica fusión de significados dislocados que se reconoce en el hablar de la gente de América Latina. Desde la visita a una sobreviviente a una erupción volcánica hasta entrevistar a un hombre mutilado; o relatar la historia de una cola inhumana al hospital, todos estos escenarios han ido dejando en el cronista una huella indeleble, le han tatuado una “metáfora total, plenitud donde no existe el tiempo”, como diría uno de sus poetas favoritos, Darío Jaramillo Agudelo.

“La poesía afina la precisión en el uso del lenguaje para el periodista. El poeta llega a la belleza a través de la precisión. Un mal párrafo no arruina una buena novela, pero un mal verso destruye un poema. Todas las flechas del poeta deben hacer diana y dar en el blanco”. Alberto Salcedo Ramos siempre da en el blanco con sus historias.

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