El misterio del artista soviético


Por: Sergio Kiernan / Tomado de Pagina12


En su nueva novela, El ruido del tiempo, Julian Barnes abordó la figura del compositor ruso Dmitri Shostakovich más atento al personaje y los dilemas morales que le plantearon los enfrentamientos y purgas del stalinismo a los artistas soviéticos, que al rigor histórico. Una novela con atractivas y duras escenas y también algunos baches compositivos.

Si fuera por la industria editorial y por las obsesiones de los escritores, se podría caer en una teoría de los dos demonios de difícil pronóstico. Hasta contando a Harry Potter y sin olvidar fiebres como el centenario de la Primera Guerra Mundial, que nos taparon, los dos grandes monstruos de Hitler y Stalin siguen obsesionando de un modo tan duradero que ya parece eterno. Que dos personajes nacidos en el siglo 19 y muertos a mediados del 20 sigan provocando tanta tinta se explica por la inaudita crueldad de uno y por el duradero sentimiento de traición que genera el otro. Hitler fue demoníaco, pero Stalin era el heredero de Lenin, el que siempre hizo y dijo en nombre de la revolución, el que supuestamente movía la historia en una dirección mejor.

Para más tinta, está la dolorosa historia de los artistas de todo tipo bajo el stalinismo, las tragedias de Mandelstam, Akhmatova y tantos otros, el exilio de Nabokov, las agachadas obligatorias de Pasternak, la simple desaparición de cualquier idea de vanguardia en las artes. Todo esto ocurrió a lo largo de décadas, fue de la violencia del tiro en la nuca al desgaste de acomodarse, e implicó a mentes brillantes que dejaron obras brillantes, por no hablar del misterio de cómo hizo un país así tratado para seguir produciendo artistas.

Con lo que no extraña que la nueva novela de Julian Barnes se concentre en la vida del compositor Dmitri Dmitrovich Shostakovich, que era un nene durante la revolución y murió, según el creíble relato del inglés, cargado de honores, cagado de miedo y humillado en mucho más que su honor. Shostakovich es simplemente otro avatar del misterio moral del artista soviético, el que enfrenta a cualquiera que vea de cerca esta historia a la pregunta sobre qué hubiera hecho uno. Y a la sospecha de que uno, en fin, no se hubiera lucido tampoco.

Quien espere un libro sobre música o una biografía, aunque sea novelada, de un gran músico va a tener un problema con El ruido del tiempo. Barnes no se pierde en fugas y corcheas más de lo necesario, aunque saca bien el ambiente competitivo, chusma y sin perdones de la música clásica, donde un tempo mal mantenido te condena entre colegas, sin fecha de vencimiento. Novelista al fin, Barnes toma y deja el rigor histórico de acuerdo a sus conveniencias, alterando cronologías y saltando de un tema a otro. El mes pasado, el historiador Orlando Figes, un especialista en Rusia y un recontra erudito en la era estalinista, marcó bien la cancha en una reseña para el New York Review of Books en la que marcó las interminables imprecisiones técnicas del relato. Barnes hasta le contestó con una amable carta repitiendo que no era una biografía pero que se había basado en varios relatos autobiográficos de Shostakovich. Figes retrucó, con igual amabilidad, que Shostakovich contaba la misma anécdota con finales diferentes, de acuerdo al público, con lo que había que tomarlo con más que una pizca de sal. O sea, excelente material para la ficción.

Más allá de esto, El ruido del tiempo tiene imágenes poderosas, difíciles de borrar. Una es la de Shostakovich bajando de un tren parado en medio de la nada, con un amigo, una botella de vodka y tres vasos, para atajar a un mendigo que vuela por el andén en un carrito de rulemanes. Es el peor momento de la guerra, el mendigo perdió las piernas en combate y su manera de mendigar es cantar a los gritos canciones de una grosería cuartelera. Sin una palabra, Shostakovich sirve los tres vasos, le pasa uno al linyera, otro al amigo y brinda sin palabras. El mendigo saborea, traga, lo mira, se calma porque alguien lo trata como una persona completa. El compositor está pero no está presente, porque tiene una psiquis medio extraña: cuando ve algo fuerte, lo “escucha”, como traduciendo todo a una melodía.

Otra imagen fuerte es la de Shostakovich parado toda la noche en el hall de su departamento, de traje y sobretodo, con un maletín a los pies y en el maletín cigarrillos, un cepillo de dientes, una muda de ropa interior. Es 1937, el pico de las grandes purgas, y ni siquiera la enorme fama del compositor puede protegerlo de los desastres que lo rodean. El problema había empezado dos años antes, cuando Stalin en persona fue a ver el éxito del momento, su ópera Lady Macbeth de Mtsensk. Al gran líder no le gustó en absoluto lo que vio y lo que escuchó, y unos días después pasó lo que nunca: Pravda tronó desde un editorial que la pieza era “formalista”, un “ruido” ajeno a la vida obrera. Barnes, de boca de su personaje, explica que en la Rusia de la época a los escritores se los condenaba en la tapa y a los músicos en la página tres, una suerte de jerarquía de las artes. Que te criticaran en un editorial significaba la pluma de Stalin en persona, señal que todo el mundo entendía.

Como la Unión Soviética era absolutamente estatista, todo el mundo trabajaba literalmente para el estado, con lo que una condena en Pravda significaba que te echaran de todos lados. Shostakovich pierde sus cátedras, ve que todos los teatros retiran sus piezas del repertorio, pasa a malvivir de los discos que todavía se vendían y de los royalties de alguna banda de sonido de películas que se pasaban igual. Son dos años de invierno moral, bancándose que lo usaran de ejemplo de “formalismo” en todas las publicaciones del país. Shostakovich se compra un album y empieza a pegar los recortes de las críticas.



Finalmente, le llega la citación ante “el Poder”, aunque no de noche y con un arresto. Amablemente, lo invitan un viernes a un interrogatorio en un cuartel y ahí entiende por qué no lo encarcelaban. El truco es que lo quieren como testigo en el juicio contra el mariscal Tukhachevski, el Héroe con mayúsculas de la Guerra Civil, que ahora paga su popularidad. El mariscal fue un personaje peculiar, cultísimo, amigo de artistas, protector de talentos como el de Shostakovich. Al caer, el músico cae también, a menos que acepte ser testigo de que el militar complotaba para asesinar a Stalin. Shostakovich niega, se hace el artista distraído, el que no entiende. Le dan hasta el lunes al mediodía para pensarlo y venir listo a firmar una declaración que, serviciales, le tendrán preparada.

Y ahí pasa algo inesperable, que ese lunes al mediodía el interrogador no está porque en el fin de semana lo arrestaron a él también... un milagrito que salva al músico. Poco después llega la guerra, el olvido de tanta purga, el trabajo a destajo para todos, hasta para los compositores. En 1948 suena el teléfono y es Stalin, la rehabilitación total, el confort material, la humillación de venderse, de aceptar viajes y medallas, la venta del alma a personas como Khruschev que implica cosas como criticar al adorado, adorado Igor Stravinsky.

En fin, un gran material que no termina, sin embargo, de ser una gran novela. Barnes elige una técnica de relato muy curiosa, bastante inexplicable, la de crear una suerte de discurso interno, un flujo de la memoria y el pensamiento de su personaje, pero contado en tercera persona. Al comienzo resulta desconcertante, porque no se sabe si se está escuchando a Shostakovich pensando, o se están leyendo las minutas de Barnes escuchando al ruso. Para peor, la estructura es de fragmentos que raramente superan una página, con un constante ir y venir de épocas y lugares. Como para terminar de complicar las cosas, hay parates didácticos en los que se hace un esfuerzo para explicar cosas a un lector tal vez inocente de qué es una purga política, qué es un Kremlin. Es una preocupación lícita, pero en este caso manejada con literalidad, sin mucha cintura.

Y es un problema curioso viniendo de un novelista muy aficionado a crear personalísimas fantasías históricas con Flaubert, con Conan Doyle, perfectamente creíbles, literarias y fluidas. Hay que suponer que, como dicen, nadie es perfecto.

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