Gozar Leyendo: El renacimiento del siglo XII


Apuntes, d.j.a. / Tomado de Luna Libros


Redactor: Darío Jaramillo Agudelo


El renacimiento del siglo XII (Ático de los Libros), de Charles Homer Haskins.-

Charles Homer Haskins (1870-1937), legendario profesor de Harvard, sigue siendo considerado como un clásico de la historiografía norteamericana y el más notable de sus medievalistas. A su vez este libro, El renacimiento del siglo XII, es ya un clásico, apenas ahora traducido al castellano. En general, la tradición liberal ve a la Edad Media como un largo período de diez siglos durante los cuales no pasó nada, salvo una monótona vida oscura y oscurantista, nada de avance científico, con un todo de dogmatismo y represión. Mil años de lo mismo. Al contrario de eso, Haskins consideraba que hubo, al menos, tres renacimientos durante ese milenio: uno primero alrededor del siglo VIII, el renacimiento carolingio; otro al final, el más conocido, el renacimiento del siglo XV, con Petrarca y luego Dante a la cabeza. Y, en la mitad, durante el siglo XII –sumándole años antes y años después de ese siglo– un renacimiento que Haskins se encarga de explicar en este libro.

El propio profesor Haskins hace un resumen del contenido de ese renacimiento: “el siglo empieza con la edad floreciente de las escuelas catedralicias y se cierra con las primeras universidades establecidas en Salerno, Bolonia, París, Montpellier y Oxford. Empieza con apenas el esbozo de las siete artes liberales y termina con la sabiduría del derecho romano y canónico, los nuevos textos de Aristóteles, Euclides y Ptolomeo; la sabiduría médica griega y árabe, que a su vez dan lugar a una nueva filosofía y ciencia”. También es “el gran momento idiomático en que divergen el latín y las lenguas vernáculas” y es también el momento “de nuevas creaciones en la literatura y el arte más allá de la mera imitación de antiguos modelos”.

El siglo XII es cuando, por fuerza de la cantidad de traducciones, se consolidan las grandes bibliotecas. Una gran biblioteca podía tener no más de quinientos libros. Una biblioteca importante podía llegar a doscientos: “Cuando se habla de bibliotecas en la Edad Media, no hay que pensar en una estancia especial, ni mucho menos de un edificio. Un sinónimo equivalente era el armarium que designa un armario o cajón y eso era la ‘biblioteca’. (…) Estas bibliotecas crecían gracias a los regalos, las compras o las elaboraciones propias de manuscritos en el mismo monasterio. En el siglo XII, la compra de volúmenes aún no era habitual, pues no existía un gremio de escribas profesionales y ningún mercado general del libro, aunque en Bolonia y París sí se encontraban lugares concretos donde adquirir manuscritos. Eran naturalmente objetos caros, especialmente los grandes libros de misa para el coro, y nos llegan noticias de una gran Biblia comprada por diez talentos, y un misal cambiado por un viñedo. En 1043, el obispo de Barcelona compró dos volúmenes de Prisciano a un judío a cambio de una casa y un terreno”. Eran tiempos en que no había llegado el papel a Europa y la materia prima de los libros era el pergamino.

Semejante objeto tan costoso, que podía leer sólo una minoría letrada, terminó por volverse objeto sagrado. Lo que decían los libros era verdad y punto. Esto atentaba contra la curiosidad y el espíritu de experimentación; pero también durante el siglo XII aparecieron las primeras manifestaciones contra ese conformismo y en ese momento están datados algunos experimentos que usaban ya el método de la inducción.



Todo un abismo nos separa de la mentalidad del siglo XII. Donde ellos decían “blanco”, la mentalidad de nuestro tiempo dice “negro”. Ahí radica la dificultad para entenderlos y de ahí también este libro que nos acerca a esos parientes lejanos, a esos marcianos un poco torpes y rezanderos: “la visión que en la Edad Media se tenía de lo natural y lo sobrenatural (…) era precisamente la contraria de lo que los hombres inteligentes sostendrían en los tiempos modernos”. Hoy en día se ha construido un sistema de certezas sobre el mundo material, el llamado conocimiento científico; “incluso a veces, algunas ramas de la ciencia corren el peligro de caer en un dogmatismo parecido [al] que prevalecía en la Edad Media acerca de lo sobrenatural. Por otra parte, la certidumbre que una vez existió con respecto al mundo de lo sobrenatural hoy se ha esfumado. No hay manera de investigarlo con garantías de que los resultados sean verificables, y cualquier idea que se apunte parece falsa, si no es consistente con las conclusiones que la ciencia ha alcanzado”. En todo esto, la actitud del pensamiento medieval “es exactamente opuesta a la nuestra”. El mundo sobrenatural se aceptaba a priori como válido “mientras que no se atribuía la menor importancia a la evidencia que los sentidos ofrecían respecto al mundo material. Hasta podría afirmarse que el universo sobrenatural era mucho más importante, en la mente medieval, de lo que el mundo natural en el del pensador moderno”.

Aunque Haskins no lo cuenta, este es el punto para recordar que fue en el siglo XII cuando supimos por primera vez del purgatorio. El historiador francés Jacques Le Goff dice que “el verdadero nacimiento del Purgatorio se produce durante una mutación de la mentalidad y de la sensibilidad en el paso del siglo XII al siglo XIII, especialmente durante una modificación profunda de la geografía del Más Allá y de las relaciones entre las sociedades de los vivos y la sociedad de los muertos”.

Hasta el siglo XII, lo que se sabía sin lugar a dudas, como verdad comprobada, era que al morir unas almas entraban por toda la eternidad en la visión beatífica, en el cielo lleno de perfección; y las otras almas estaban condenadas para siempre a permanecer en el infierno y los que entraban en él, como diría Dante poco después, perdían toda esperanza.

Ahora los únicos destinos de la flota de la muerte no eran esos inexorables cielo o infierno de los que ya no se salía por toda la eternidad. Ahora había una estación intermedia, el purgatorio, de donde se puede salir. Imagínense, entonces, la relación directa que tiene esa libre circulación de las almas con la proliferación de los fantasmas, las almas sueltas.

Jacques Le Goff ubica cronológicamente la aparición del purgatorio en el último tercio del siglo XII; y considera que fue el tratado de un monje cisterciense inglés –titulado El Purgatorio de San Patricio, escrito en 1190– el texto más importante a la hora de explicar la exitosa difusión del concepto.

Frases de El renacimiento del siglo XII.-

-“Alrededor de 1155, un poeta de Samarcanda llamado Nizami declaró que una corte debía poseer cuatro clases de hombres sabios: secretarios de estado, poetas, astrólogos y médicos”.

-“La poesía latina de esa época rebosa sátira. Estaba parcialmente dirigida hacia los habituales destinatarios de la vituperación medieval: las mujeres y los villanos, o una orden monacal en concreto; pero los ataques más virulentos siempre los recibe la jerarquía eclesiástica”.

-“La visión que en la Edad Media se tenía de lo natural y lo sobrenatural y de sus proporciones relativas con respecto a la vida, era precisamente la contraria de lo que los hombres inteligentes sostendrían en los tiempos modernos. Para nosotros, el universo material adopta un aspecto ordenado; dentro de sus límites, los fenómenos parecen seguir modelos de comportamiento definidos, y en su existencia se ha construido un acervo de conocimiento científico. Incluso a veces, algunas ramas de la ciencia corren el peligro de caer en un dogmatismo parecido, en el sentido contrario, del que prevalecía en la Edad Media acerca de lo sobrenatural. Por otra parte, la certidumbre que una vez existió con respecto al mundo de lo sobrenatural hoy se ha esfumado. No hay manera de investigarlo con garantías de que los resultados sean verificables, y cualquier idea que se apunte parece falsa, si no es consistente con las conclusiones que la ciencia ha alcanzado. En todos estos aspectos, la actitud de Isidoro y de su tiempo es exactamente opuesta a la nuestra. Los fenómenos, o los que suponían que existían, se aceptaban como válidos, mientras que no se atribuía la menor importancia a la evidencia que los sentidos ofrecían respecto al mundo material. Hasta podría afirmarse que el universo sobrenatural era mucho más importante, en la mente medieval, de lo que el mundo natural en el del pensador moderno; esta actitud se veía reforzada por un dogmatismo acrítico y desmedidamente más fuerte” (Brehaut en Enciclopedia de la Edad Media).

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