Las ilusiones perdidas


Por: Ignacio Navarro / Tomado de Radar Libros / Pagina 12


A partir de la fábula de Edipo, pero indagando también en una larga tradición de literatura y metafísica de Occidente, el filósofo francés Clement Rosset plantea la hipótesis de una vida solo soportable a partir de las figuras del doble.

Ante una realidad que se volvió insoportable (acaba de confirmar la profecía: mató a su padre, se casó con su madre), Edipo se arranca los ojos, incurre voluntariamente en la ceguera. Pero, en verdad, al mismo tiempo se está enfrentando con algo que ya sabía a través del oráculo. En ese sentido, el funcionamiento es extraño: la sorpresa al cumplirse la predicción encierra también la confirmación de una realidad que ya estaba presente.

El filósofo francés Clément Rosset encuentra en esta paradoja, la de una profecía que es a la vez sorpresa y confirmación de una expectativa, el funcionamiento por excelencia de la ilusión del doble: “La profundidad y la verdad del mensaje oracular consiste menos en predecir el futuro que en decir la necesidad asfixiante del presente, el carácter ineluctable de lo que sucede ahora”. Edipo cree que hay una segunda realidad, trata de zafarse de su destino, pero a través de esos esfuerzos no hace más que confirmar lo que ya estaba escrito y sabía, lo que le había dicho el oráculo: “Matarás a tu padre, te casarás con tu madre”. Irónicos, los dioses logran de esa manera que la responsabilidad humana se haga cargo de cumplir sus decretos, que la precaución sea el instrumento de realización del destino que justamente se quiere evitar.

Rosset explica que al cumplirse la profecía, que reviste a la vez un hecho “sorprendente pero de alguna manera esperable”, se elimina el doble, es decir aquella percepción de ilusión que imaginó Edipo. El autor expresa así el vínculo entre el funcionamiento del pensamiento oracular y el fantasma de la duplicación. Va más lejos: intuye que “la realidad tiene fatalmente una estructura oracular” y que la obcecación de Edipo tratando de evadir su destino es una constante hermenéutica que atraviesa la cultura. Un astuto sistema de ilusionismo que expulsa lo real fuera de su horizonte y pone en su lugar una duplicación más o menos asimilable a las expectativas del yo. “Un eterno elemento suplementario con respecto a la cosa”.

“El disgusto por lo simple designa un pavor frente a lo único, un alejamiento frente a la cosa misma: el gusto de la complicación expresa primero que nada una necesidad de la duplicación, necesaria para la asunción evasiva de un real del que la unicidad cruda es instintivamente presentida como indigesta”. Tal actitud de “protección contra la ineluctabilidad de lo único”, en donde “la cosa sólo es tolerada mediatizada, desdoblada”, se encuentra en el arte y el pensamiento desde antaño. El autor francés ve en Edipo la radiografía perfecta de un procedimiento ancestral que consiste en establecer un vínculo elíptico con lo inmediato, un mecanismo de defensa, atávico e imaginativo, que tiende a crear un doble de sí mismo y la realidad, que es, muchas veces, tan insoportable como persistente. La vida es sueño, una fábula mentirosa. Como dice Hamlet: “Un cuento contado por un idiota, lleno de ruido y de furia, y que no significa nada”.

El hombre, quejumbroso e imaginativo, recurre al doble para apaciguarse. De Sófocles y Platón hasta Marx y Lacan, pasando por Rimbaud, Hegel, Poe, Dostoievski y Shakespeare, Rosset detecta que este “rechazo instintivo de lo inmediato” y la duplicación de lo real constituyen “la estructura fundamental del discurso metafísico, desde Platón hasta nuestros días”.

Rosset encuentra un oasis en la obra de Johannes Vermeer. Analizando la imposibilidad del artista holandés de autorrepresentarse en sus pinturas, de crearse un doble, observa una indiferencia con respecto a su propio ego y, como efecto (o causa) una despreocupada alegría frente a la vitalidad de los hechos triviales, a veces insignificantes, que decide pintar en sus cuadros. Ese alejamiento del yo (y por lo tanto del doble), y el procedimiento tautológico que tiende a igualar la cosa con la cosa misma, sin elipsis ni habladurías, es para Rosset la llave de una búsqueda filosófica olvidada y aplastada por la metafísica de la duplicación inaugurada por Platón.

Frente a la insuficiencia de la realidad para dar cuenta de sí misma, la evasión a través del doble es entonces la fuerza anestésica que encontraron los hombres para hacer más llevadera esta verdadera caída en lo único. El ensayo de Rosset denuncia como esos esfuerzos de la imaginación por evadir la realidad no hacen más que confirmarla y, de paso, confirmar la fragilidad del dispositivo; al cumplirse la profecía, el doble es anulado y ya no hay más que lo real, como desierto; o, como sentencia el doble en el desenlace de “William Wilson” de Poe , al ser asesinado por el protagonista: “Tu has vencido y yo sucumbo, sin embargo, a partir de ahora, tú también estás muerto.”



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