O la pasión de escribir*


Por: Joaquín Bretón Fajardo / Escritor santandereano


Queridos amigos y amigas de las letras, no de las letras cambiarias, que ellas son harinas de otros costales, muy onerosos por cierto. Estamos hoy aquí en este cálido recinto reunidos para departir en general del oficio de escribir y en particular para hablar del poeta Antonio Acevedo Linares. Hay quienes se creen poetas, aferrados al vaivén de la casquivana iluminación momentánea y al frío calor de sus sentimientos, casi siempre municipales y no universales, pero en mi opinión, que puede estar errada sin hache, no hay tal. Quienes son poetas de verdad verdad y no de mentirosa verdad no dependen de la inspiración ni de sus sentimientos. No. Ellos son poetas a todas horas, aún dormidos beatíficos en jergones o sentados estípticos en sanitarios, pues la poesía vive en ebullición dentro de ellos, en sus dendritas y neuronas, en sus ventrículos y aurículas, en el tacto de sus manos y sus dedos y sus uñas, en su respirar y sus pestañas. Tal sucede con el caballero aquí sentado a mi derecha, respira poesía, así muchos no lo detecten o presientan. En términos generales no me agrada la buena poesía, me mueve a envidia: un buen poeta es capaz de con un párrafo asir el universo con manos de seda, con una palabra como hacha derribar un árbol y con otra como abono levantarlo intacto. Yo no puedo. Y, créanme o no, lo he intentado. Me placen los poetas que generan beldades abstractas en silencio y sin esperar zalemas o pleitesías. El poeta genuino ha de maniobrar con su pluma todos los días y todas las noches, bien o mal, bello o feo, caso contrario se intoxica, se ahoga en la hermosura que genera y al mundo le importa poco. Me atraen los poetas malditos, esquizofrénicos, como Verlaine y Baudelaire, los extravagantes, pintorescos, musicales e innovadores como León de Greiff, los caseros y profundos como el tuerto de la Cartagena de Indias, quienes bordean el precipicio del suicidio, el alcoholismo y el crimen como Poe, discriminados y enjaulados por su sexualidad errónea pero válida como Oscar Wilde, drogadictos a la manera Thomas De Quincey, místicas como las monjitas aquellas y para no aburrirlos más, apesadumbrados y certeros como el peruano César Vallejo, a quien venero, en cuya presencia me quitaría el sombrero, gran parte de la ropa y en cuyo honor un equipo de balompié con buen suceso participa en la liga profesional de su país. Antonio no cabe dentro de ellos, es de carne y hueso, es real, puedo hablarle, hacerlo sonreír e intuirlo. Los otros no, para mí tan solo existen en sus páginas y en las biografías que otros escribieron y así ¡¿qué gracia?! Una buena vez hube terminado de leer, en dos frenéticas sentadas, La pasión de escribir, una idea casi sólida se enquistó de repente en mis neuronas y dendritas: erudición. Erudición sin pedantería. Erudición natural y profunda, como el agua esbelta que corría por los ríos de antaño. Me di a la tarea estadística de contar uno por uno a los autores que Antonio menciona en este su último libro y debo confesar que cuando llegué a trescientos veintidós me dije basta o me ahogaré en la complicidad que por él siento. Conozco en persona a Antonio desde hace pocos años, tres o dos a lo sumo, y he de afirmar que la calma liviana con que desgrana sus palabras debería ser aplaudida de pie. Pero no es así: nuestra característica y malsana envidia genética se levanta como talanquera. Y para muestra de este botón que carece de ojal, lo cito: "No hago parte de ninguna generación, de ningún grupo, me considero un poeta marginal en el sentido de que no tengo ni hago parte de ninguna escuela ni grupo, ni siquiera alrededor de una revista, he sido muy solitario porque no hemos logrado aquí en Santander asociarnos alrededor de una revista ni de un proyecto editorial, nada, cada uno por su lado haciendo lo suyo". Tiene la dignidad del solitario que se siente vencedor sin haber sido llamado a la batalla.

Agréguese a lo anterior la generosidad académica de que ha hecho gala perpetua en diferentes aulas universitarias para lograr cerrar la cuadratura del círculo de su trasegar por el a veces -muchas- árido campo de la literatura. Sin importar si su semilla germinará o no, él continúa como el Ingenioso Hidalgo en su batallar contra los molinos de viento de la indiferencia. Y su caballo, su Rocinante, es el alfabeto trocado en música.

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