Preguntas de muchachos a un escritor

No. 7515 Bogotá, Sábado 27 de Agosto de 2016 


Mientras unos dan plomo, nosotros damos pluma
Jorge Consuegra



Por: Reinaldo Spitaletta


(Sobre comidas, helados y qué quería ser cuando era niño, entre otras)

Hace algunos años, no muchos por cierto, la organización Juego Literario (unida a la Fundación Taller de Letras) me envió unas preguntas formuladas por pelaos que después iban a escucharme una charla sobre vida cotidiana y literatura en un colegio del barrio San Benito, en Medellín. A continuación, el cuestionario y sus breves respuestas. Algunas de estas, los chicos las ilustraron a su manera.

—¿Qué te gusta hacer en tu tiempo libre?

—En mi caso, el tiempo libre está conectado con mirar el cielo, unas veces en el patio de mi casa, otras desde las ventanas, y las más de las veces cuando voy por la calle. Por eso, suelo tropezar o estar a punto de chocar con otro, que grita: “¡hey, ponga cuidado!” o cosas parecidas. El tiempo libre es aquel en el que se goza a plenitud, sin estar pendiente del reloj ni del trabajo ni de nada que te aleje de lo gozoso. Así que tomar vino con amigos me gusta mucho, conversar con alguien en un parque, ir al estadio a ver al DIM, jugar con mi perrita Dana, una foxterrier a la que la gente llama la vaquita, por sus manchas vacunas. Me gusta mucho caminar, recorrer las calles de la ciudad, ver fachadas, leer (o imaginar) lo que pudo haber antes en las casas viejas; cuando llueve, me gusta andar bajo la lluvia, pero con paraguas (en la infancia era una exposición completa a las gotas, los chorros, los charcos callejeros) y zapatos impermeables. En los tiempos libres escucho música, unas veces Beethoven, Bach, Mozart, Ravel, Tchaikovski y otros de los denominados compositores de “música culta”, pero también escucho tango, jazz, música cubana, baladas italianas. Cada vez parece ser menos el tiempo libre, quizá porque ya uno lo ha gastado casi todo, pero aún quedan horas para ver pasar gente por mi calle, sobre todo a las muchachas bonitas, que son casi todas.

La lectura, la escritura, ir a cine, dar clases, orientar talleres literarios, hacen parte no solo de mi tiempo libre sino de mi vida cotidiana, de mi “trabajo”.

—¿Qué te hace enojar?

—Un alumno que no pone cuidado y mientras yo hablo, él se ríe con sus amigotes o está disperso en otras actividades. Me enojo con todo lo que tiene que ver con la injusticia social, la inequidad, la mentira. Con ciertos funcionarios que no son servidores públicos, sino parásitos; con la política oficial colombiana. Todo eso me enoja, así como el maltrato a los niños, a los perros, a los ancianos. Me enojan la gente impuntual y el periodismo mediocre y vulgar que se hace en el país. Ah, también que haya tanto envidioso. Debían reducirse a sus “justas proporciones”.

—¿Cuál es tu comida favorita?

—Había comidas en la infancia, como el dulce de mango, que me gustaban mucho. También los confites de mandarina que llevaba papá y que eran ingleses. En la niñez me moría por la leche condensada y una carne dulce, postas y solomos, que preparaba mamá. Creo que una de las comidas que más me entusiasma es el arroz con coco.

—¿Qué querías ser cuando chico?

—No recuerdo bien si quería ser, en un momento, un aviador (me gustaban los super-costellation) o un conductor de camiones. Quise ser un maquinista (manejar trenes) y luego alguien que pudiera volar hasta la luna. Cuando aprendí a jugar fútbol, quise ser un gran delantero y en otro momento aspiré a ser un velocista de cien metros planos. A veces, creo que quise ser médico, pero esa aspiración me duró poco. También, cuando leía cuentos del mar, quería ser marinero y recuerdo que papá me regaló una gorra de la marina. En otros días quise ser un héroe como Tarzán o como Hércules, tal vez por la influencia de revistas de aventuras y del cine. En los días de infancia nunca quise ser ni cura, ni policía, ni presidente de la república. Ah, tampoco periodista.

—Si vas caminando por ahí y te dan ganas de helado, ¿de qué sabor lo pides?

—De chico, siempre me gustaron los conos de vainilla con pasas y de nata. Pero también unos helados domésticos, de coco, de frutas, de esos que vendían en casi todas las casas del barrio. Ahora, hay tantas variedades y sabores que es tan difícil la escogencia. En todo caso, qué rico un helado.

—¿Qué es lo que más recuerdas de tu infancia?

—Son tantos los recuerdos de infancia, que por eso digo que la única patria de uno es ese período de la vida. Allí está todo: los sueños, las pesadillas, los juegos, las palabras de mamá, el fútbol, las sorpresas de diciembre, ir a robar mangos y naranjas a las fincas de Bello, hacer barquitos de papel, escuchar las narraciones fantásticas de mamá, cantar en la calle con otros muchachos, tirar piedras a los entejados, las peleas a la salida de la escuela, las vacaciones escolares, las cometas… Había también cosas horribles, como ir a la finca del abuelo, en Rionegro, porque había que cargar leña, ir por agua lejos, y sufrir las picaduras de pulgas y mosquitos, además de tener que rezar rosarios y otras oraciones. Aquí en este punto, junto con mis hermanos, nos cogía un ataque de risa. Y el abuelo estallaba en rabietas que más risas nos daban.

—¿Cuál es tu cuento favorito?

—Mi cuento favorito de chico era uno que contaba mamá sobre ogros y niños que estaban a punto de ser devorados por el monstruo, ella siempre le hacía variaciones y los prolongaba hasta el infinito. Me gustaban muchos las historias sobre batallas, piratas, aparecidos y brujas. Un cuento que me gustó mucho en la juventud, en la adolescencia, fue uno de H.G. Wells: La puerta en el muro.

—¿Cuál es tu lugar preferido para leer o ilustrar?

—Leo en muchas partes: en la sala, en el inodoro, en el metro, en la oficina, en el estudio, en las bibliotecas, en un parque, pero me gusta mucho leer acostado en mi cama.

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