Sobre la violencia que nos identifica

No. 7492 Bogotá, Jueves 4 de Agosto de 2016 


Mientras unos dan plomo, nosotros damos pluma
Jorge Consuegra


Por: Juan Camilo Rincón*


Más de 200 años han pasado desde nuestro grito de independencia, y pocos años faltan para celebrar las dos centurias de aquella batalla que sacó del gobierno a la España conquistadora. Entonces un puñado de hombres decidió llamar a esta tierra Colombia, y al asumirla como un país, soberano e independiente, empezó a gestarse el pensamiento del ser nacional. Así nacieron la bandera, el escudo, el himno nacional y otros símbolos que se fueron vinculando a una identidad que, de una u otra manera nos describe y nos representa.

Al ver en retrospectiva los siglos que han pasado desde nuestra independencia, encontramos cómo gran parte del territorio ha ido siendo cedido paulatinamente a otras naciones y de qué manera fuimos desmembrados por nuestros propios errores. En todos los acontecimientos el común denominador es, sin lugar a dudas, la violencia. El ser colombiano siempre ha estado relacionado con la solución de gran parte de nuestros conflictos a través del derramamiento de sangre. Lo poco que recordamos de nuestra historia, lejos de los grandes logros, se vincula a las guerras que nos marcaron. Aunque desde la concepción occidental de creación de país solo tenemos dos siglos de existencia, si miramos aún más atrás, no podríamos olvidar que este suelo se erigió tras la persecución de los indígenas por parte de la Corona española y la esclavización de los pueblos negros. Desde aquel entonces el desarraigo, el desplazamiento y la barbarie han sido una constante en los relatos que dan cuenta de nuestra historia.

Si tomamos, por ejemplo, a los grandes pensadores del siglo XIX, encontramos a Julio Garavito y sus logros en la astronomía, o al sabio Caldas, cuya obra es menos conocida que su nombre. Fácilmente podemos detenernos ahí, aunque el listado sea extenso. ¿Por qué? Es difícil para un ciudadano del común hacer un inventario de los personajes colombianos sobresalientes de hace dos siglos recientes sin acudir a Wikipedia o, en el mejor de los casos, a una enciclopedia. La historia nos fue contada a partir de las hazañas de los próceres que ganaron la guerra, pero otros han sido prácticamente olvidados. Los nombres que lideran los encabezados son pocas veces los de quienes, a veces al margen y en voz baja, realmente han hecho patria.

Llevamos décadas criando niños en medio de guerras, entre federalistas y centralistas, liberales y conservadores, derecha e izquierda, guerrilleros y paramilitares, y un etcétera que no termina. En el exterior Pablo Escobar se ha convertido en un ícono casi tan reconocido como el Che Guevara, y en muchas producciones cinematográficas es común oír sobre la corbata colombiana (práctica nacida en la guerra bipartidista en la que al enemigo se le sacaba la lengua por la garganta). Son, aunque nos pese, fuertes referentes de nuestra identidad. Así, una sociedad que se ha cimentado en la violencia produce sujetos convencidos de que la única forma de lograr lo que se proponen es a partir de la ley del más fuerte. Aunque no utilicemos un arma para atacar a alguien o cometamos un gran desfalco, hechos como colarnos en la fila, robarnos cien pesos o callar frente a una injusticia también constituyen formas de agredir y desconocer al otro.

El arte colombiano, gran espejo, nos deja ver en sus múltiples manifestaciones la violencia en todo su furor. Los escritores Jorge Isaacs y José María Vargas Vila combatieron en su juventud en las guerras de finales del siglo XIX. Álvaro Cepeda Samudio cuenta en su obra La casa grande sobre la infausta masacre de las bananeras. Nuestro nobel Gabriel García Márquez nos recuerda la violencia en medio del calor tropical en El amor en los tiempos del cólera y hace también referencias al 9 de abril de 1948 en Cien años de soledad. En obras como Cóndores no entierran todos los días, El Cristo de espaldas y La rebelión de las ratas, la sangre siempre se dejó entrever en las letras. En décadas recientes las novelas se vieron permeadas por otras violencias; desde Rosario Tijeras hasta El olvido que seremos, pasando por Satanás, los escritores nos recuerdan quiénes somos, desde el relato común de un país que se agrede y se exorciza, que no puede huir de sí mismo. En los museos, las balas casi caricaturizadas de Fernando Botero nos muestran el fusil siempre alerta; la Violencia y los estudiantes asesinados de Obregón nos dejan sin más respuesta que el silencio; y Débora Arango y Doris Salcedo nos hacen una invitación permanente a hacer memoria desde nuevas representaciones del dolor y la vida.

Ahora, cuando sentimos que estamos tan cerca del inicio de la paz (algo que jamás creí llegar a ver mientras viviera), se nos otorga la posibilidad para que, como ciudadanos libres, decidamos conjuntamente si damos luz verde o no a este proceso. Es irrebatible que la firma del acuerdo no asegura el fin de la violencia, pero se constituye, sí, en un voto de confianza para romper esa relación innata que ha tenido nuestro país con la sangre y el miedo. Votar por el “no” es decirnos a nosotros mismos que la violencia es y seguirá siendo parte del ser colombiano, y que por eso no queremos dejarla ir. A pesar del “sí” muchos de nuestros males seguirán haciendo parte de lo que nos constituye, pero tenemos el derecho a que las nuevas generaciones puedan leerse, narrarse, cantarse y celebrarse como el país que le dijo no a la guerra.

JUAN CAMILO RINCÓN

*JUAN CAMILO RINCÓN.

Periodista y escritor. Publicó Manuales, métodos y regresos (2007, Arango Editores). Ser colombiano es un acto de fe. Historias de Jorge Luis Borges y Colombia (2014, Libros & Letras), Viaje al corazón de Cortázar. El cronopio, sus amigos y otras pachangas espasmódicas (2015, Libros & Letras). Leer más AQUÍ
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