Cuentos de Lobito. ¡Cuidado con el ego!


Por: Alfonso Lobo Amaya (Lobito)


Cuando trepes a un puesto de poder: presidente, gerente, rector, ministro, jefe, o pases por una envidiable situación de cualquier índole: económica, académica, en arte, deportes… ¡Ten cuidado con el ego que crece como espuma!

El ego, crecido por el éxito material o espiritual anula la razón, obnubila el discernimiento, nubla la visión, distorsiona los argumentos y degrada las opiniones, pero lo más grave: cree que siempre tiene la razón y que los demás están equivocados. Es la soberbia del ego académico, la arrogancia del ego del conocimiento, del ego de los títulos universitarios. Creerse más que los demás, por estar en una buena situación, es un síntoma típico del ego enfermizo, contaminado con el virus de la soberbia, la arrogancia del poder, la altivez del dinero, la vanidad de la belleza física, la prepotencia de los apellidos de nobleza y títulos honoríficos.

Estar bien en un momento de la vida, es tan ilusorio como estar mal. El ego de quien está bien cree que siempre va ser así; lo mismo va con el ego de quien pasa por un mal momento. ¡Ambas situaciones son totalmente ilusorias! Estar bien en un momento dado es tan ilusorio como estar mal, porque ambos estados no se pueden mantener por siempre, todo buen momento o todo mal momento, ¡también pasarán! Cuando estés viviendo alguna de estas dos situaciones nunca olvides repetirte: ¡Esto también pasará!… ¡Esto también pasará!… ¡Esto también pasará!…

La única constante en la vida, además de la velocidad de la luz, ¡es el cambio! Todo en esta vida está en permanente cambio en todo el universo, ya que el proceso evolutivo es permanente e irreversible. Desde una minúscula célula hasta una estrella en el cielo están cambiando segundo a segundo. Todo en esta vida es sólo la vanidad del momento, entonces ¡A qué tanta arrogancia con el éxito!

El ego codicioso y avaro nunca está contento con lo que tiene, siempre quiere tener más y más, y entre más tiene más quiere, es un experto en la multiplicación, no de los peces, sino de los deseos. Es este ego el que ha llevado al ser humano a las guerras, a la explotación inmisericorde de los pobres, a la ruina espiritual del ser humano, a la desigualdad social, a la muerte de millones de personas inocentes, a la destrucción del medio ambiente y al estancamiento del desarrollo interno hacia una conciencia superior.

Este ego codicioso es el autor del apego enfermizo, el autor de “mío” y “tuyo”, posesivos que esclavizan, dividen y limitan al ser humano, engañándolo al hacerle creer que la felicidad se consigue por la posesión de bienes materiales y riquezas en dinero. Así como la belleza en las mujeres es una falsa promesa de felicidad, igualmente el éxito profesional es falsa promesas de felicidad, ya que la verdadera felicidad es un estado de Ser, un estado de conciencia superior, que no se puede adquirir comprándola ni estudiando veinte años en un pupitre.

Aún cerca de la muerte este ego codicioso sigue aferrado a los bienes terrenales porque le duele soltarlos después de toda una vida de apego. Le pasa lo del sapo que atrapado entre los colmillos de una serpiente, todavía estira la lengua para atrapar un insecto por aquí o una mosca por allá.

Los gobiernos, las multinacionales de las drogas, las universidades y la ONU, diseñan costosísimos programas para enfrentar y acabar el virus del ébola, pero para combatir el virus del ego de la codicia no invierten ni un solo peso.

La mayor plaga que ha contaminado este planeta tierra, en sus más de doscientos países, es el virus de la corrupción, que es el mismo ego codicioso, camuflado de político, empresario, altruista, filántropo, comerciante, religioso, contaminando con su fragancia pestilente de los deseos insatisfechos a todos los estratos sociales en todo lugar del planeta tierra donde quiera haya “egos humanos modernos” que nunca están contentos con lo que tienen ni con lo que son.

1 comentario:

  1. No entiendo, alguien que tiene el ego tan grande escribe sobre el peligro de dejar crecer el ego. Qué tristeza.

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