La defensa del peatón*


Por: Germán Arciniegas


Únicamente que a nadie se le ha ocurrido tenderle la mano a los peatones.

El peatón está demasiado abajo. Es el último de los seres indefensos. Por doquier les aparecen protectores a las jirafas, a los tigres, a las mujeres, no obstante que todos ellos tienen, no solamente sus defensas, sino poderosas armas de ataque. El peatón ya es lo ínfimo. Es el desamparo, la desolación, la víctima desconocida.

Es curioso el caso del automovilismo. El monstruo de las cuatro llantas de goma hizo su aparición independiente de la voluntad del hombre de la calle, del pobre diablo que se sirve de los remos inferiores como Dios manda.

Y ahora es este hombre de la calle quien debe sufrir las consecuencias del invento. Mientras el automovilista reclama todos los derechos: el ser dueño de la vía pública, el de atropellarnos, etc., el peatón sufre íntegras las cargas. Él es quien debe aprender a caminar de otro modo, saber los reglamentos del tránsito, soportar los ruidos de las bocinas, tragar polvo, sufrir salpiques de lodo, y poner una cara de mártir para que el automovilista tenga cómo divertirse.

Según los automovilistas, son siempre los peatones los responsables de los accidentes y aún he oído con insistencia sostener la tesis de que las multas de tránsito deberían pagarlas los peatones. Como el mundo va, esto no tendría nada de particular. Como digo, nosotros estamos por debajo del perro, del niño, de la mujer, de la jirafa, en la escala de la consideración social.

Por lo que a mí se refiere, ya estoy acostumbrado a sufrir los vejámenes propios de mi infeliz estado. De pronto oigo que me gritan: - Indio bruto! No se atraviese! No sea animal! Es una linda jovencita, una muñequita de carne, que, desde el trono de un Packard, se torna en auténtica fiera porque no camino como ella quisiera que yo caminase. Otras veces me increpan: - Oiga, no sea idiota! Para qué es la bocina? Esto sí es el colmo. ¿Quién va saber para qué es la bocina? De mí sé decir que lo ignoro en absoluto. A veces veo una fila de diez automóviles parados que descargan sus acumuladores por entre las bocinas. Muchas veces he creído que la bocina no pertenece a la máquina sino que es el órgano por donde se manifiesta la irritabilidad del chofer. O el juguete que el destino le ha puesto entre las manos.

El chofer aprieta el botón de alarma como quien prende un cigarrillo. Por distracción. Para saludar a un amigo. Para asustar a una vieja. Para llamar a la novia. Los jovenzuelos barbilimpios y jazzbandistas que andan aprendiendo modales en el cinematógrafo o que quieren, por recién llegados, decirnos de la desenvoltura que aprendieron en Nueva York, pierden el seso por sacar la mano al volver de una esquina, dejar libre el timón o tocar dianas de cornetines eléctricos.

El otro día, mientras caminaba distraído por la acera, un taxi que volaba ceñido a la cuenta me tiró de bruces contra las baldosas. Yo me levanté muy magullado y le presenté mis excusas al chofer. El debió seguir bramando contra mi estupidez. Los peatones -dirán los choferes- deberían andar contra las paredes. Y seguramente están en lo cierto.

*Este texto fue escrito por el maestro Germán Arciniegas en 1936 (¡Sí, 1936; es decir, hace 80 años!), y figura en El Diario de un Peatón, publicado por Editorial Norma.

Texto enviado por León Gil.

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